Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
Mi capitán, sin embargo, permanecía inalterable en el puente de mando, su rostro iluminado apenas por los relámpagos debilísimos y prolongados de las velas. Me apuntó por enésima vez con el helado cañón de la botella de vino.
– No acostumbro a beber tanto -protesté.
– Hoy quiero que hagas cosas que no acostumbras a hacer.
– Mira que después me pongo idiota…
– Seremos dos.
Bebimos. Hablamos de mis libros y de los suyos; de su vida bohemia en París y de su soledad en Roquedal; de sus teorías literarias (ya las conozco: mezclar la poesía con la prosa). También hablamos de mí- ¿Siempre había vivido sola?
– No. Antes compartía piso con mi hermana -dije.
Sonrió. La penumbra de las velas nos obligaba a murmurar.
– Es curioso, Carmen del Mar…
– ¿Qué?
– Que sepas tanto sobre mí, y yo apenas nada sobre ti.
No lo dijo con enfado, y eso me hizo sospechar que se había enfadado.
– Mi vida es muy aburrida -dije.
– No hay vidas aburridas sino tristes.
Pensé durante un instante. Entonces dije:
– Todas las vidas son tristes. La mía es aburrida.
Me miraba. Se aprovechaba de la longitud de la oscuridad para explorarme. El mar se removía en las ventanas como una jungla.
– Hablas muy poco -dijo al fin.
– Me gusta más escribir.
Volvió a sonreír. Se levantó para colocar una nueva cinta en el radiocasete. Subió el volumen. Era la grabación de algún disco antiguo. El crepitar de la aguja sonó a sartén con huevo frito,
– ¿Sabes bailar valses franceses?
Aquel desafío -«sabes»- me indujo a aceptar, como él sospechaba. Y el barco comenzó a escorarse al ritmo vertiginoso de los acordeones.
Instrucciones para bailar valses franceses
Girar, sometiéndose a la dictadura del mareo, pero no tanto como en los valses vieneses. El giro, además, ha de ser fugaz y cortante, viril como el del tango. No se puede dejar caer la sonrisa durante el giro. No se permite pensar, tampoco sentir. No hay libertad: alguien te lleva de la mano. Es necesario cometer torpezas: si eres mujer, muchas más que el hombre; si eres hombre, muchas más que la mujer.
No renunció a la copa mientras se movía. Había sacado ginebra, y quería condenarme a beberla pura. Como no lo logró, me condenó a beberla éclass="underline" se sirvió una cantidad ínfima en un vasito pequeño que sostenía con la mano izquierda a mi espalda -yo notaba, incluso en el mareo, la dureza inhumana del vidrio- al tiempo que con la derecha se encargaba de hacerme girar. De vez en cuando se detenía, elevaba los ojos y bebía un trago. Yo observaba sus dedos amarillos de nicotina.
El mar del anochecer rugía por las ventanas como un invitado brutal; su ímpetu parecía querer ahogar la luz de las velas y el ruido de los valses; su boca de abismo amenazaba con atraparnos a mil metros de pelágica profundidad en una fosa clausurada. Imaginé que seguíamos danzando, verdes e ingrávidos, en un mundo de silencio, soltando burbujas de lastre, perturbando a los peces con nuestros giros.
El mar
Las pilas del radiocasete empezaron a gastarse.
No hay sonido más espantoso que el de la música moribunda.
La velas agonizaban.
No hay luz más terrible que aquella que ya no ilumina, o que sólo se ilumina a sí misma mientras se extingue y los ojos que la contemplan la compadecen (la mirada de Amparo Mohe-dano).
La música murió; las velas retemblaron.
El Mediterráneo, o lo que fuera esa masa oscura que tronaba en las ventanas, continuó su obcecado ritmo. Yo bailé el Mediterráneo. Seguí moviéndome mientras -atada a mis brazos- Manolo sonreía. No percibí la desaparición de la música, o el asalto del mar, o ambas cosas. No me detuvo aquel salvaje fragor sino el sonido de mis zapatos contra la madera del
suelo -golpes bajo una penumbra convulsa y aullante: ¡ploc!-. Comprendí de repente por qué Manolo estaba descalzo: quería bailar pero no deseaba escuchar sus pasos.
Cuando dejé de moverme -por fin- recibí su beso: un toque cariñoso y gélido en la frente. Me aparté con suavidad y él aceptó. «Debo evitar la intimidad», pensé. Porque la intimidad aprovecha los silencios, los instantes de penumbra, el alegre desfallecimiento de un baile. Necesitaba ruidos inteligentes: palabras, conversaciones…