Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
Salí temprano, a eso de las diez, con el viento favorable para todo aquél interesado en contemplar mis piernas desde la altura de los muslos, tambaleándome por la novedad de los zapatos, incómoda por el besuqueo del vestido en mis zonas íntimas, perfumada como una novia y tan ciega que parecía un verdadero símbolo de la imbecilidad, y me dirigí a la Cuesta de la Trocha riéndome por dentro. ¿Qué dirían al verme con esta pinta? Pero también pensaba en usted. Ale imaginaba que sonreiría, lleno de burla, en la falsa creencia de que lo había hecho para su exclusivo deleite. Todo hombre piensa siempre que toda mujer se viste o se desnuda sólo para él, ya sabe.
El bar de Joaquín se hallaba vacío, exceptuando -porque nunca hay soledad en Roquedal- la presencia exacta de la peña de mus de pescadores jubilados, que, aprovechando el fresco matinal y el ligero insomnio que perturba la noche, se instalan muy temprano en una mesita de la terraza. A pesar de la miopía, percibí que adoptaban pose de retrato familiar. Sólo movieron ojos y cuellos, pero a la vez, como si yo fuera una jugadora más y ellos aguardasen mi turno.
– Buenos días -dije.
– Buenos días.
– Buenos días, señorita.
– Buenos días.
Me saludaron en diversos tonos, a diversos tiempos; algunos iniciaron el gesto cortés de levantarse. Las cartas que sostenían me parecieron -desde la distancia de mi artística ceguera- las del Tarot.
Entré en el bar taconeando con fuerza en las baldosas, las piernas temblonas y la dirección insegura, contemplando la Trocha habitual con ojos turbios y oyendo tan sólo el rumor de mis zapatos, que resonaban por encima del murmullo de voces del televisor; escogí una mesa apartada de la barra. Fue un verdadero alivio sentarme: me dolían los pies, desacostumbrados a tanta altura, me lloraban los ojos y me sentía frágil, poco duradera, como si todo a mi alrededor se hubiera vuelto afilado y pudiera dañarme.
Joaquín se acercó, solícito: fue como ver crecer una curiosa sombra polícroma.
– ¿Qué va a ser?
– Un café, Joaquín, como siempre.
– Ah, ¡es que viene usted hoy que cualquiera sabe! -sonrió con la boca muy abierta. Yo sólo distinguía bien aquella boca, la lengua como una mancha rosada, la dentadura del color de los huesos viejos.
– Para variar.
– Que conste que siempre está guapa.
– Muchas gracias.
Ya sólo me faltaba coincidir con Manolo Guerín, pero no había venido. «Qué lástima», pensé, «con lo que se reiría». La televisión, una mariposa parlanchina y enorme posada en la pared, ni siquiera se escuchaba bien. Por la música y los chillidos histéricos de los actores adultos supuse que se trataría de un programa infantil. Observé el interior del bar. Los bultos de las mesas eran como tumbas. La imagen de una imaginación, la lectura que en su día hice de La colmena, me invadió sin que pudiera evitarlo. Debido al estado indefenso de mis ojos me parecía que me hallaba más dentro de mi cuerpo que en el bar, explorando recuerdos de libros, de ideas, nunca de personas, o casi nunca. Un miope sin gafas vive una extraña experiencia. Era como si realmente estuviese a punto de morir: la visión borrosa es uno de los recursos más utilizados para describir al personaje que agoniza, que pierde sangre, que contempla a su amada hasta que ésta se transforma en una mancha sin rasgos y por fin se desvanece. Se desvanece.
Phantasmagoria
Me sorprendí a mí misma pensando qué sería lo que llegaría a ver el Gato de Cheshire durante sus desapariciones; quizá, desde su punto de vista, era el mundo lo que se alejaba, perdía nitidez y por tanto realidad, se diluía. «You'llsee me there», said the Cat, and vanished. Recordé la traducción que había hecho de aquella maravillosa fantasmagoría de la lógica. La editorial para la que trabajaba entonces me había pedido una versión «seria», ya que consideraban que las dos Alice eran obras para adultos.
Pensamiento prohibido