Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
– «Insignificante».
Y esto es todo lo que se sabe sobre Francisca Cruz,
– Un asesino insignificante -murmuré.
– ¿Cómo dices?
– La muerte, en Roquedal, es un asesino como los que nos inventamos los escritores en las novelas, que sólo existe si tú te lo crees. Un personaje que sólo es capaz de dar miedo en tu fantasía, mientras lo lees en la oscuridad y la soledad de tu casa.
– Algo parecido al loco que le escribe cartas a la protagonista de tu novela…
– Sí. Algo parecido. La gente de Roquedal cree que los seres humanos hemos inventado la muerte, y puede que tengan razón.
Me levanté y contemplé la noche del mar a través de las ventanas; los redondeles negros de los cristales, en contraste con las paredes blancas, me hacían pensar que me hallaba encerrada en el interior de una calavera. Pero rne sentía mejor, mucho más estable dentro de mi eje.
– ¿Quieres tomar otra cosa? -me tentó Manolo-. Tengo whisky, si es que te gusta esa mierda…
– No, ya rebasé mi límite semanal.
Volvió a llenar su vaso y lo alzó como si fuera a brindar. De pie tras la luz de las velas, con el cabello blanco revuelto y el jersey negro, parecía una especie de extraño sacerdote sin fe en el momento de la consagración,
– ¿Sabes lo que creo? -dijo con voz átona-. Supongamos por un momento que la leyenda de la muerte que escribe cartas y enamora es cierta. Creo que habría que ser una
Paca Cruz para rechazarla. Yo, desde luego, no podría. Cuando llegue mi novia a pedirme la mano, me casaré. -Hizo el gesto del brindis y bebió un trago muy largo.
Lo contemplé mientras bebía. A mi memoria acudieron como perros dóciles, perros a los que ni siquiera es necesario llamar porque te olfatean y se acercan, varias frases extrañas: ¿ Quién soy? Soy tu consorte real. Ven, que visto mi desnudo blanco. Ven, que la boda es en el bosque.
No hubo más noche. Nos despedimos con escasas palabras, le agradecí la velada y rechacé su cortés ofrecimiento de acompañarme hasta casa por la playa negra. El alcohol, de alguna forma, te hace inmortal durante horas, y crucé en ese estado indestructible la oscuridad inmensa de la torre y las piedras sin percibir su presencia, señor mío. Sólo escuché el intento perenne de las olas, su batalla sísifa.
¿Qué debo deducir? ¿Se halla usted en el destino del pueblo -una carta anónima- y yo también -la sacerdotisa-, y nos hemos barajado? ¿Esta es la conclusión que debo extraer de la historia de Paca Cruz? Le dejó la última palabra.
Y a propósito de palabras, ¿qué oiré al final, cuando venga? ¿Su voz? ¿Y cómo es su voz?
La voz
Ahora que lo pienso, quizá sí sentí anoche, mientras regresaba a casa, un pequeño ruido entre las piedras de la torre, pero el mar lo disimuló: ¡ploc! ¿Esa es su voz? ¿Suena usted a piedra pequeña al caer? Lamento desilusionarlo: cualquier niño grita más.
La visitaré este sábado. He elegido el momento al azar, porque no importa realmente cuándo. La ventaja para usted es que ya tiene algo en qué pensar: le quedan tres días de vida. Mi ventaja es la misma, saber que usted lo sabe, pero habría dado igual de todas formas. Naturalmente que no se trata de una promesa: su muerte es un hecho cierto; mi visita, sólo un acontecimiento, y, como tal, fortuito, postergable, impredecible (pero existe una bala en la recámara, se lo aseguro: dispárese todas las veces posibles y la hallará). Sin embargo, ya posee la seguridad que buscaba: un plazo. ¿En qué lo empleará? Cualquiera se halla en peor situación que usted, aunque no lo perciba. La gente debería despertarse siempre pensando que puede morir hoy. Pero usted, con la certeza de mi crimen dentro, ¿acaso no se siente más inmortal? Reconozca que, gracias a este plazo arbitrario, le concedo tres días eternos. Durante ellos no morirá. Invierta, pues, los términos: comience cada mañana planeando lo que hará, no se anticipe al final. La seguridad de su muerte le ha otorgado la seguridad de su vida. Reconozca, no obstante, que adjudicarle límites estrictos a su existencia, señorita, ha extendido los de la mía: soy algo más real que antes. Por el contrario, ¿no se siente usted un poco más ficticia?