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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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—Me debes mucho más que cien créditos.

Pola se mordió el labio inferior.

—Es la única parte de mi enorme deuda que puedo saldar, señor —murmuró—. ¿Sus señas…?

—Casa del Estado —masculló Arvardan por encima del hombro, y se perdió en la noche.

¡Y de repente Pola descubrió que estaba llorando!

Shekt la recibió a la puerta de su despacho.

—Ha vuelto —dijo—. Un hombrecillo muy flaco le trajo al Instituto.

—¡Estupendo! —exclamó Pola.

Le resultaba muy difícil hablar.

—Me pidió doscientos créditos y se los di.

—Sólo tenía que pedirte cien, pero no tiene importancia.

Pola pasó junto a su padre.

—Estaba muy preocupado —dijo Shekt—. El disturbio en esos grandes almacenes… No me atreví a preguntar nada. Podría haberte puesto en peligro.

—No te preocupes. No ocurrió nada… Déjame dormir aquí esta noche, papá.

Pero ni tan siquiera su terrible agotamiento la ayudó a conciliar el sueño. Pola se preguntó por qué no podía dormir, y se dijo que porque había ocurrido algo. Había conocido a un hombre, y daba la casualidad de que aquel hombre era un espacial.

Pero sabía donde se alojaba… Sí, lo sabía.

10. UNA INTERPRETACIÓN DE LOS ACONTECIMIENTOS

Los dos terrestres presentaban el contraste más absoluto imaginable: uno era el mayor poder aparente en la Tierra, y el otro era el mayor poder real de la Tierra.

El Primer Ministro era el terrestre más importante de todo el planeta, el gobernante de la Tierra reconocido por decreto formal y directo del Emperador de toda la Galaxia…, sujeto, naturalmente, a las órdenes del Procurador del Emperador. Su secretario no parecía ser nadie, apenas un miembro de la Sociedad de Ancianos que, teóricamente, era designado por el Primer Ministro para ocuparse de ciertos detalles no especificados y que, teóricamente, podía ser destituido a voluntad por el Primer Ministro.

El Primer Ministro era conocido en toda la Tierra, y estaba considerado como el árbitro supremo en todo lo referente a las Costumbres. Era quien anunciaba las excepciones a la Costumbre de los Sesenta y quien juzgaba a los profanadores del ritual, a los que no cumplían con el racionamiento o las normas de producción, a los que entraban en las Zonas Vedadas y a otros culpables de delitos parecidos. Por su parte, el secretario no era conocido por nadie —ni tan siquiera de nombre—, como no fuese por la Sociedad de Ancianos y el Primer Ministro en persona.

El Primer Ministro tenía una gran facilidad de palabra y arengaba frecuentemente al pueblo terrestre con discursos de elevado contenido emocional que desbordaban pasión y sentimientos. Era rubio, llevaba el cabello bastante largo y poseía un semblante patricio de rasgos firmes y delicados. El secretario, un hombre de nariz rechoncha y facciones avinagradas, prefería una palabra corta a una larga, un gruñido a una palabra y el silencio a un gruñido…, por lo menos en público.

El Primer Ministro parecía tener todo el poder en sus manos, naturalmente, pero en realidad era el secretario quien lo ejercía; y la intimidad del despacho del Primer Ministro era el único sitio en el que aquello resultaba evidente.

Porque el Primer Ministro se mostraba infantilmente intrigado, en tanto que el secretario se comportaba con una indiferencia tan gélida que rozaba lo ostentoso.

—Lo que no comprendo es la relación existente entre todos esos informes que me ha traído —dijo el Primer Ministro—. ¡Informes, informes…! —Alzó un brazo sobre su cabeza y golpeó violentamente un montón imaginario de papeles—. No tengo tiempo para ocuparme de ellos.

—Exacto —respondió el secretario sin inmutarse—. Para eso me tiene a mí. Yo los leo, digiero su contenido y se lo transmito.

—Bien, mi querido Balkis, entonces vayamos directamente al grano…, y deprisa, porque está claro que se trata de asuntos secundarios.

—¿Secundarios? Si no intenta pensar con más agudeza puede que algún día Su Excelencia tenga serios problemas… Veamos cuál es el significado de todos estos informes, y después le preguntaré si continúa considerando que se trata de asuntos secundarios. En primer lugar, tenemos la comunicación original del ayudante de Shekt, que ya tiene una semana de antigüedad y fue el primer factor que me impulsó a interesarme por el asunto.

—¿A qué asunto se refiere?

La sonrisa de Balkis reflejó una vaga amargura.

—Su Excelencia, ¿me permite que le recuerde que hay ciertos proyectos de gran importancia que se están desarrollando en la Tierra desde hace varios años?

—¡Sssst! —siseó el Primer Ministro.

No pudo reprimir el impulso de mirar alarmado a su alrededor, a pesar de que esa reacción le hizo perder toda la dignidad propia de su cargo.

—Su Excelencia, lo que nos dará la victoria es la confianza en nosotros mismos, no el nerviosismo… Bien, ya sabe que el éxito del proyecto dependía de que el sinapsificador, ese juguete inventado por Shekt, fuese utilizado de la manera acertada. Hasta ahora, y que sepamos, sólo ha sido utilizado bajo nuestro control e instrucciones y con finalidades muy concretas. ¡Y de repente nos enteramos de que Shekt ha sinapsificado a un desconocido violando todas nuestras órdenes!

—No veo que haya ninguna dificultad —dijo el Primer Ministro—. Castigaremos a Shekt, colocaremos bajo custodia al hombre que ha sido tratado con el sinapsificador y pondremos fin al asunto.

—No, no… Es usted demasiado ingenuo, Su Excelencia, y olvida lo realmente importante. No se trata de lo que Shekt ha hecho, sino del porqué lo ha hecho. Observe que en este asunto hay una coincidencia, una de las tantas de una serie de coincidencias consecutivas… El Procurador de la Tierra había visitado a Shekt ese mismo día, y Shekt en persona nos informó lealmente de todo el contenido de su conversación sin mentir en ningún momento. Ennius había solicitado el sinapsificador para uso imperial, y según parece le prometió toda clase de ayuda y un generoso apoyo del Emperador.

—Hum —murmuró el Primer Ministro.

—¿Se siente intrigado, Su Excelencia? ¿Acaso opina que este compromiso resulta atractivo cuando se lo compara con los peligros implícitos en nuestra labor actual? Bien, ¿se acuerda de las provisiones que nos prometieron durante la hambruna de hace cinco años? ¿Se acuerda de ellas? Bien, después nos negaron los cargamentos porque carecíamos de créditos imperiales con que pagarlos, y los productos manufacturados en la Tierra no podían ser aceptados porque estaban contaminados con radiactividad. ¿Nos enviaron provisiones gratis tal y como habían prometido? No. ¿Un préstamo, por lo menos? Ni tan siquiera eso. Cien mil personas murieron de hambre. No confíe en las promesas de los espaciales, Su Excelencia… Pero olvidemos todo eso. Lo importante es que Shekt dio una prueba ejemplar de lealtad. Después de eso no podíamos volver a dudar de él, ¿verdad? Todo hace pensar que no podríamos sospechar que nos traicionó precisamente ese mismo día y, sin embargo, eso fue lo que ocurrió.

—¿Se refiere al experimento clandestino, Balkis?

—Sí, Su Excelencia. ¿Quién era el hombre sometido al sinapsificador? Tenemos fotos de él, y la ayuda del técnico de Shekt nos permitió obtener sus impresiones retinianas. Su ficha no está en el Registro Planetario y, por lo tanto, la conclusión lógica es que no se trata de un terrestre sino de un espacial. Además, Shekt debía saberlo, porque si se hace la comprobación con las pautas retinianas una tarjeta de registro no puede ser falsificada ni transferida. Así pues, los hechos nos llevan a la deducción de que Shekt utilizó el sinapsificador en un espacial a sabiendas de que era un espacial. ¿Y por qué lo hizo? La respuesta puede ser terriblemente sencilla. Shekt no es el instrumento ideal para nuestros fines. En su juventud fue asimilacionista, y en una ocasión llegó a presentarse como candidato al Consejo de Washenn defendiendo un programa de conciliación con el Imperio. Fue derrotado, dicho sea de paso…

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