Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1981
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-0681-0
- Переводчик: Margarita Gonz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:
—¿Es demasiado tarde para que lleguemos a un acuerdo?
—¿De qué se trata?
—De un pacto de no agresión. Desde que llegué, nos hemos defendido con respuestas evasivas. Pongamos fin a las hostilidades. Yo te he ocultado cosas y tú también pero, ¿de qué sirve? ¿Por qué no podemos ayudarnos? Somos dos seres humanos que están en un planeta mucho más desconocido y peligroso de lo que la mayoría de las personas supone y si somos incapaces de proporcionarnos algo de ayuda y consuelo mutuos, ¿para qué sirven los lazos humanos?
Seena comenzó a recitar un poema:
—Amor, seamos sinceros entre nosotros: por el mundo, que parece abrirse ante nosotros como una tierra de ensueño, ¡ tan variopinto, tan hermoso, tan nuevo…
Las palabras del viejo poema surgieron del manantial de la memoria de Gundersen. Su voz resonó:
—… no tiene realmente encanto, ni amor, ni luz, ni certidumbre, ni paz, ni alivio para el dolor; y aquí estamos en una misteriosa llanura, barrida por confusas alarmas de combate y evasión donde… donde…
Seena concluyó el poema:
—… donde ejércitos ignorantes se baten por la noche. Sí, Edmund. Es muy típico de ti confundir los versos en el momento crucial, en el clímax final.
—¿Entonces celebramos el pacto de no agresión?
—Lo siento. No debí decirlo. —Se giró hacia él, le apartó la mano de su muslo, la apretó tiernamente entre sus pechos y la rozó con los labios—. De acuerdo, hemos estado jugando. Ahora los juegos han terminado y sólo diremos la verdad, pero tú serás el primero en hacerlo. ¿Te pidieron los nildores que trajeras a Ced Cullen de la región de las brumas?
—Sí —respondió Gundersen—. Fue la condición que me pusieron.
—¿Y prometiste hacerlo?
—Planteé algunas reservas y objeciones, Seena. Si no quiere venir por su voluntad, el honor no me obliga a traerlo por la fuerza. Pero al menos tengo que encontrarlo. A eso me he comprometido. Por eso vuelvo a pedirte que me digas dónde ha de buscarlo.
—Lo ignoro —dijo ella—. No tengo la menor idea. Podría estar en cualquier parte.
—¿Dices la verdad?
—La verdad —respondió, y durante unos instantes la aspereza desapareció de su mirada y su voz no fue la de un violonchelo sino la de una mujer.
—¿Podrías explicarme al menos por qué huyó y por qué le buscan con tanta vehemencia?
Seena demoró en responder. Finalmente dijo:
—Hace aproximadamente un año fue a la meseta central en uno de sus viajes de rutina como coleccionista. Dijo que pensaba traerme otra medusa. La mayoría de las veces le acompañaba, pero esta vez Kurtz estaba enfermo y tuve que quedarme. Ced llegó a una zona de la meseta que nunca había visitado y encontró un grupo de nildores consagrados a una especie de ceremonia religiosa. Se topó con ellos y, evidentemente, profanó el ritual.
—¿El renacimiento? —inquinó Gundersen.
—No, sólo practican el renacimiento en la región de las brumas. Al parecer, era otra cosa igualmente importante. Los nildores se enfurecieron. Ced apenas logró salir con vida. Regresó y me dijo que tenía un serio problema, que los nildores le buscaban, que había cometido algo así como un sacrilegio y que debía refugiarse. Después se fue al norte y un comando de nildores le persiguió hasta la frontera. Desde entonces no sé nada de Ced. Carezco de contactos con la región de las brumas. Es todo lo que puedo decirte.
—No me has explicado qué tipo de sacrilegio cometió —puntualizó Gundersen.
—Es que no lo sé. Ignoro de qué rito se trataba y de lo que él hizo para interrumpirlo. Te he contado todo lo que Ced me dijo. ¿Me crees?
—Te creo —replicó Gundersen y sonrió—. Juguemos ahora otro juego y yo llevaré la delantera. Anoche me dijiste que Kurtz estaba de viaje, que hacía mucho tiempo que no le veías y que no sabías cuándo regresaría. También dijiste que había estado enfermo, pero te apartaste rápidamente de ese tema. Esta mañana, el robot que me sirvió el desayuno explicó que tardarías en bajar pues Kurtz estaba enfermo y te encontrabas junto a él en su habitación, como haces todas las mañanas a esa hora. Normalmente los robots no mienten.
—El robot no mentía pero yo sí.
—¿Porqué?
—Para protegerlo de ti —repuso Seena—. Está muy mal y no quiero que sea perturbado. Sabía que si te decía que estaba aquí, querrías verlo. No se encuentra con fuerzas suficientes para recibir visitas. Edmund, fue una mentira inocente.
—¿Qué le ocurre?
—No lo sabemos con certeza. Ya sabes que no quedan muchos servicios médicos en este planeta. Conseguí un diagnostat, pero no me proporcionó datos útiles cuando sometí a Kurtz a un examen. Supongo que podría describir su enfermedad como un tipo de cáncer, pero no es cáncer lo que tiene.
—¿Puedes describir los síntomas?
—¿Para qué? Su cuerpo comenzó a cambiar. Él se convirtió en algo raro, horrible y aterrador y no hace falta que conozcas los detalles. Si pensaste que lo que le ocurrió a Dykstra y a Pauleen era horrible, ver a Kurtz te removería hasta las entrañas. Pero no permitiré que le veas. Lo hago tanto para protegerlo a él de ti como a la inversa. Será mejor que no le veas. —Seena se sentó en la losa con las piernas cruzadas y desenmarañó los mechones húmedos y enredados de su cabellera. Gundersen pensó que nunca la había visto tan bella como en ese momento, cubierta únicamente por la luz de un sol ajeno: su carne tensa, rosada y brillante y su cuerpo flexible, armonioso y perfecto. ¿Acaso la impetuosidad de sus ojos era la única discordancia? ¿Provenía de ver todas las mañanas el horror en que Kurtz se había convertido? Después de un prolongado silencio Seena agregó—:: Kurtz es castigado por sus pecados.
—¿Crees realmente en lo que acabas de decir?
—Sí —repuso—. Creo que los pecados existen y que hay un justo castigo para ellos.
—¿También crees que un viejecito de barba blanca está arriba, en el cielo, apuntando los tantos de todos, dirigiendo el espectáculo y anotando un adulterio aquí, una mentira allá, una actitud orgullosa?
—No tengo idea de quién dirige el espectáculo —afirmó Seena—. Ni siquiera estoy segura de que alguien lo haga. No te despistes, Edmund: no intento importar a Belzagor la teología medieval. No te hablaré del Padre, del Hijo ni del Espíritu Santo, aunque diré que algunos principios fundamentales se aplican a todo el Universo. Simplemente sostengo que aquí, en Belzagor, vivimos en presencia de algunos valores morales absolutos característicos del planeta y que si un extranjero viene a Belzagor y los transgrede, lo lamentará. Este mundo no es nuestro, nunca lo fue, nunca lo será y los que vivimos aquí nos encontramos en un estado constante de peligro porque no comprendemos las reglas básicas.
—¿Qué pecados cometió Kurtz?
—Nombrarlos me llevaría toda la mañana —respondió—. Algunos ofendían a los nildores y otros pecados se relacionaban con su propio espíritu.
—Todos cometimos pecados contra los nildores —sostuvo Gundersen.
—En cierto sentido, sí. Fuimos orgullosos y estúpidos, no logramos captar su auténtico valor y los usamos despiadadamente. Sí, obviamente ése es un pecado, un pecado que nuestros antepasados cometieron a lo largo y a lo ancho de la Tierra mucho antes de que saliéramos al espacio. Pero Kurtz poseía una mayor capacidad de pecado que los demás pues era un hombre superior. Una vez que caen, los ángeles tienen que recorrer una distancia mayor.
—¿Qué le hizo Kurtz a los nildores? ¿Los asesinó? ¿Los cortó en pedazos? ¿Los azotó?
—Ésos son pecados contra sus cuerpos —sostuvo Seena—. Hizo cosas peores.
—Cuéntame.