Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
La mujer enviada por el ejército les explicó las diversas fases del dolor. Y él respondió: «Métase sus fases por el culo», y se lo repitió cuando ella se apresuró a salir de la casa.
La cosa mejoró. Pasó el tiempo y el dolor fue yendo a menos. Dejó de beber whisky. Acabó cansándose de estar furioso. Escribió una carta al ejército contrito y pidiendo perdón. Tenía un negocio que dirigir, una esposa de la que cuidar. Deseaba ver a Johnny asentado en la vida. Deseaba tener un nieto.
Alex contempló la estantería de Gus, que albergaba pocos libros pero muchos trofeos, la mayoría de ellos pertenecientes a la época de la Pop Warner, los buenos años de Gus que también fueron los mejores para él. Llevar a los chavales a los partidos, oír sus conversaciones, sus fanfarronadas y sus predicciones mientras iban oyendo en el coche los temas de hip hop que más les gustaban. Tras el partido, ver a Gus agachado sobre una rodilla, unas veces contento y otras lloroso, escuchando atentamente a su entrenador, con la cabeza desprendiendo una nube de vaho y la cara llena de churretes de sudor, y pegotes de hierba adheridos al casco que llevaba apoyado en el pecho. En aquella época Gus dormía con un balón de fútbol. Su objetivo era llegar a jugar con los Hurricanes. Quería que su padre se mudase con la familia a Florida para que él pudiera entrenar durante todo el año.
Como estudiante no destacaba gran cosa. Perseguía objetivos sólo en el deporte y en el trabajo, cuando pasaba el verano ayudando a su padre en la cafetería, entregando pedidos. Su trayectoria como jugador de fútbol en el instituto fue una decepción, debido a lo limitado del talento y los mediocres esfuerzos de sus compañeros de equipo, y las calificaciones que obtuvo estaban por debajo de la media. Para cuando llegó al último curso ya estaba claro que no iba encaminado a la universidad. Un oficial de reclutamiento que merodeaba por la zona comercial cercana a su instituto empezó a conversar con él. Gus era el candidato perfecto, fuerte y en buena forma física, no muy dado a los estudios, descoso de probarse a sí mismo y a ligar su hombría al entrenamiento y el campo de batalla. Veía anuncios en la tele que pintaban el hacerse soldado como un cruce entre un caballero andante, una aventura en el mundo exterior y un videojuego, y lo llenaban de emoción. Gus deseaba escalar la montaña, extraer la espada de la piedra y enfrentarse al dragón. Se enroló a la edad de dieciocho años.
– No te preocupes, papá. Cuando vuelva, haremos crecer el negocio los dos juntos.
– Eso es lo que dice el letrero -repuso Alex al tiempo que atraía a su hijo hacia sí y lo abrazaba con fuerza-. Voy a conservarlo para ti, hijo.
Al poco de cumplir los diecinueve, Gus resultó muerto a causa de una bomba de fabricación casera que detonó debajo de su Humvee, al oeste de Bagdad.
Alex tomó un trofeo y leyó la placa: «Gus Pappas, MPV, 1998.» En el banquete del Boy's Club, Gus había subido al entarimado con paso tambaleante para recibir aquel premio y durante unos instantes había adoptado la pose del jugador Heisman, detalle que arrancó las carcajadas de sus compañeros de equipo.
– Hijo -dijo Alex en voz queda al tiempo que volvía a dejar el trofeo sobre el polvo de la estantería. Y después, tal como hacía a menudo en noches como ésta, pensó: «¿Por qué?»
Capítulo 1 1
Dominique Dixon había llamado a Deon Brown a su teléfono móvil desechable, y le había indicado el lugar y la hora. Sería en Madison Place, cerca de Kansas Avenue, junto al Fort Slocum Park.
Lo habitual era que Dixon pasara primero en coche por el lugar de encuentro, y si notaba que estaba caliente advirtiera a Deon que no debía acudir y que cambiara de planes. Rara vez había problemas, y nunca habían tenido sorpresas.
Dixon llevaba un par de años en el negocio de la marihuana. Actualmente suministraba a una media docena de camellos de la zona norte del código postal 20011 de Manor Park. Aunque no era ni un duro ni un tipo dado a las peleas, sí que poseía talento para conocer a la gente. Una vez que decidía entrar en un negocio con alguien, lo trataba con justicia. Su razonamiento consistía en que si trataba bien a las personas, éstas no tendrían motivos para traicionarlo. Hasta la fecha, su razonamiento había sido de lo más sólido.
Dixon se había criado en un hogar estable en Takoma, D.C. Sus padres le proveyeron de todo lo necesario, le prestaron atención y en general fueron unos progenitores correctos. Y así y todo, Dominique se había convertido en traficante. La culpa no era de los padres, sino de su hermano mayor, Calvin.
Calvin era atractivo, imprudente, arriesgado, inconsciente, encantador y muy irritable. Tenía un amigo que se llamaba Markos, de padre etíope y madre italiana, una pareja de triunfadores del barrio Adams Morgan que habían hecho fortuna con la propiedad inmobiliaria en los barrios de Shaw y Mount Pleasant. Calvin y Markos se conocieron en el salón VIP de un local situado junto a New York Avenue y descubrieron que ambos tenían interés por la marihuana potente, el champán caro, las mujeres con mezcla de razas y las motos Ducati. Por medio de un conocido de dicho local, Markos consiguió una cita con un contacto de Newark al que le gustaba su sentido del estilo. Ni Markos ni Calvin deseaban trabajar para vivir, de modo que echaron mano del inteligente hermano pequeño de Calvin para que les dirigiera el negocio. Dominique idolatraba a su hermano mayor, y vio la oportunidad de crecer en estatura a los ojos de él. Markos aportó una provisión de fondos para comprar el pedido inicial. Fue todo un éxito desde el principio.
Dominique se tropezó con Deon Brown, al que conocía de haber ido juntos al instituto, en una zapatería del centro comercial Westfield. El recuerdo que tenía de Deon era el de un chico inteligente y callado, un mediocre tal vez, pero recto, una persona de la que uno se podía fiar. También se acordó de que a Deon le gustaba aderezar los antidepresivos que tomaba con una buena dosis de marihuana. Deon le calzó a Dominique unas deportivas Van y se las ofreció a un precio que incluía su descuento de empleado. Ya en el aparcamiento, Deon le entregó la bolsa de las zapatillas, y Dominique le puso en la mano una minúscula bolsita de marihuana.
– Guárdame esto -dijo Dominique.
– ¿Qué es?
– Hidro de calidad. Si te gusta, dame un toque.
– ¿Todavía vives con tus padres en Takoma?
– Ahora vivo por mi cuenta. Pero si necesitas ponerte en contacto conmigo, llámame al móvil. -Dominique le dio el número-. No se te ocurra pasarle eso a nadie más, ¿oyes?
Aquella noche, Deon y su amigo Cody se fumaron la hierba hidropónica y se colocaron a base de bien.
Al día siguiente, Deon telefoneó a Dominique.
– Consígueme un poco más de lo de ayer, tío. Mi colega y yo queremos una onza.
– Yo no trabajo con esas cantidades.
– Pues entonces un cuarto.
Dominique se echó a reír.
– No me has entendido bien.
– Oh -dijo Deon.
– Mira, tío. Si quieres, puedo decirte cómo conseguir una onza gratis.
– ¿Cuándo?
– Vamos a vernos en persona. Y tráete también a tu colega.
Se reunieron en una cafetería que había en Georgia, justo al norte de Alaska Avenue, pasado el establecimiento de licores que tenía un letrero iluminado a medias. El local en cuestión estaba a punto de cerrar para siempre, herido de muerte por los restaurantes de comida rápida que estaban surgiendo a su alrededor. Toda la zona que se encontraba al alcance del oído de su mesa para cuatro estaba llena de mesas vacías.