Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
– Sufrió el bautismo de sangre -insistió el dominico fray Antonio. Hablaba con la confianza de un predicador-. ¿No nos dice el martirio del pequeño Hugo lo que son capaces de hacer los judíos, si se les permite hacerlo? Esta muchacha murió por su fe, murió por haber entrado en la iglesia en la Nochebuena. Y este hombre y esta mujer han de responder, no sólo del crimen innatural de matar a su propia carne y sangre, sino de la muerte de una cristiana, porque eso es lo que era Lea.
La multitud lanzó un gran rugido de aprobación, pero comprobé que muchos de los presentes no creían que fuera cierto lo que había dicho.
¿Cómo y qué se suponía que debía hacer yo? Me volví, llamé a la puerta y dije en voz suave:
– Meir y Fluria, estoy aquí para defenderos. Por favor, contestad.
Ni siquiera sabía si podían oírme.
Mientras, media ciudad parecía haberse sumado a la multitud, y de pronto empezó a sonar en una torre el toque de alarma de una campana. Más y más gente se apiñaba en la calle de las casas de piedra.
De pronto la multitud fue apartada a empujones por soldados que llegaban. Vi a un hombre a caballo, bien vestido, con la cabellera blanca flotando al viento y una espada colgando de la cadera. Detuvo su montura a pocos metros de la puerta de la casa, y allí se reunieron a su espalda por lo menos cinco o seis jinetes.
Algunas personas se marcharon al instante. Otras empezaron a gritar: «Arrestadlos. Arrestad a los judíos. Arrestadlos.» Otros volvieron a acercarse cuando el hombre desmontó y se acercó a quienes estábamos junto a la puerta; sus ojos pasaron sobre mi rostro sin que su expresión cambiara lo más mínimo.
Lady Margaret habló antes de que el hombre pudiera hacerlo.
– Señor sheriff, sabéis que los judíos son culpables -dijo-. Sabéis que les han visto en el bosque llevando un fardo pesado, y sin duda han enterrado a esa niña debajo del gran roble.
El sheriff, un hombre alto y fornido con una barba tan blanca como sus cabellos, miró a su alrededor disgustado.
– Que pare ya esa campana de alarma -gritó a uno de sus hombres.
Me dirigió otra mirada, pero yo no me aparté de su paso.
Se volvió para dirigirse a la multitud.
– Os recuerdo, buenas gentes, que estos judíos son propiedad de Su Majestad el rey Enrique, y que si causáis algún daño a ellos, a sus casas o a sus propiedades, estáis dañando al rey, y os tendré bajo arresto y os haré enteramente responsables de lo que ocurra. Éstos son judíos del rey. Son siervos de la Corona. Ahora marchaos de aquí. ¿Es que vamos a tener un mártir de los judíos en todas las ciudades del reino?
Aquello provocó un aluvión de protestas y de razones.
Lady Margaret le tomó del brazo.
– Tío -le imploró-. Aquí ha ocurrido una cosa horrible. No, no ha sido una profanación ruin como la del pequeño san Guillermo o la del pequeño san Hugo. Pero ha sido igual de malvada. Por el hecho de haber llevado a esa niña con nosotras a la iglesia por la Nochebuena…
– ¿Cuántas veces voy a tener que oír lo mismo? -le contestó él-. Día tras día hemos sido amigos de esos judíos, ¿y ahora hemos de volvernos contra ellos porque una muchacha se haya marchado sin despedirse de sus amigos gentiles?
La campana había enmudecido, pero la calle seguía abarrotada de gente, y me pareció ver que algunos incluso se habían subido a los tejados.
– Volved a vuestras casas -dijo el sheriff-. Ya ha sonado el toque de queda. ¡Cometéis un delito si os quedáis aquí!
Los soldados intentaron juntar un poco más sus monturas, pero no era fácil.
Lady Margaret hizo señas furiosas a determinadas personas para que se adelantaran, y al poco aparecieron dos individuos andrajosos que apestaban a vino. Vestían las sencillas túnicas de lana y las calzas de la mayoría de los hombres presentes, pero llevaban los pies envueltos en trapos y los dos parecían aturdidos por la luz de las antorchas y los muchos brazos que tiraban de ellos o les empujaban para verlos mejor.
– Vamos, estos testigos vieron a Meir y Fluria en el bosque con un saco -gritó lady Margaret-. Les vieron junto al gran roble. Señor sheriff, querido tío, de no haberse helado la tierra, ya habríamos sacado el cuerpo de la niña del lugar donde lo enterraron.
– Pero estos hombres son unos borrachos -dije, sin pensar-. Y si no tenéis el cuerpo, ¿cómo podéis probar que ha habido un crimen?
– Ésa es exactamente la cuestión -dijo el sheriff-. Y aquí tenemos un dominico que no está medio loco para pretender convertir en santa a una muchacha que a estas horas debe de estar acompañando a sus queridos parientes en la ciudad de París. -Se volvió hacia mí-. Son vuestros hermanos quienes han atizado este fuego. Haced que recobren la sensatez.
Los dominicos se enfurecieron al oír aquello, pero fue otro aspecto de su actitud el que me llamó la atención. Eran sinceros. Era evidente que estaban convencidos de tener razón.
Lady Margaret se puso frenética.
– Tío, ¿no entiendes mi responsabilidad en esto? He de perseguirlos. Fui yo, con Nell que está aquí, quien llevó a la niña a misa y a ver las representaciones de Navidad. Fuimos nosotras las que le explicamos los himnos, las que respondimos a sus inocentes preguntas…
– ¡Sus padres le perdonaron todo eso! -declaró el sheriff-. ¿Quién en la judería tiene mejor carácter que Meir, el maestro? Vamos, fray Antonio, vos habéis estudiado hebreo con él. ¿Cómo podéis acusarlo de esas cosas?
– Sí, yo estudié con él -dijo fray Antonio-, pero sé que es débil y que está dominado por su mujer. Ella es a fin de cuentas la madre de la apóstata…
La multitud aclamó ese término.
– ¿Apóstata? -gritó el sheriff-. ¡No sabéis si la niña apostató! Hay demasiadas cosas que sencillamente no sabemos.
Era obvio que la multitud estaba fuera de su control, y que él se daba cuenta.
– Pero ¿por qué estáis tan seguro de que la niña ha muerto? -pregunté a fray Antonio.
– Se puso enferma la mañana del día de Navidad -dijo-. Por eso. Fray Jerónimo lo sabe bien. Es físico además de monje. Él la atendió. Empezaron a envenenarla ya entonces. Y pasó todo el día en la cama con dolores cada vez más fuertes, mientras el veneno le mordía en el estómago, y ahora ha desaparecido sin dejar huella y esos judíos tienen el descaro de decir que sus primos se la han llevado a París. ¿Con este tiempo? ¿Haríais vos un viaje así?
Parecía como si todos los que escuchaban tuviesen algo que decir sobre el asunto, pero alcé la voz para hacerme oír.
– Bueno, yo he venido aquí con este tiempo, ¿no es cierto? -respondí-. No podéis acusar a nadie de un crimen sin pruebas. Así son las cosas. ¿No hubo un cuerpo del pequeño san Guillermo? ¿No hubo una víctima en el caso del pequeño san Hugo?
Lady Margaret volvió a recordar a todo el mundo que la tierra estaba helada alrededor del roble.
La muchacha gritó desesperada:
– Yo no pensé que hubiera nada malo. Ella sólo quería escuchar la música. Le gustaba la música. Le gustaba la procesión. Quería ver al Niño en el pesebre.
Aquello provocó nuevos gritos en la multitud que nos rodeaba.
– ¿Por qué no hemos visto a los primos que vinieron a llevársela a ese viaje inesperado? -nos preguntó fray Antonio, a mí y al sheriff.
El sheriff miró a su alrededor, inquieto. Alzó la mano e hizo una señal a sus hombres, y uno de ellos se alejó al trote. Entre dientes me dijo a mí:
– Le he enviado a traer más hombres para proteger toda la judería.
– Yo pido -intervino lady Margaret- que Meir y Fluria respondan. ¿Por qué se han encerrado esos malvados judíos en sus casas? Porque saben la verdad.
Fray Jerónimo intervino de inmediato: