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La Hora Del Angel

Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:

Con La hora del ángel, primer volumen de su nueva serie, Anne Rice retoma su narrativa más oscura para convertir a los ángeles en protagonistas.
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
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De forma muy gradual, la música dio paso a otro sonido. Empezó en un tono muy bajo y fue haciéndose más urgente, un coro de susurros que venían de muy abajo. Muchas voces cuchicheadas, secretas, se unían en aquel susurro que se fundía con la música hasta el punto en que parecía que todo el mundo situado debajo de nosotros, o en torno a nosotros, estaba lleno de aquel cuchicheo. A pesar de que distinguí multitud de sílabas, todas parecían expresar un mismo ruego.

Miré abajo, asombrado de conservar algún sentido de orientación. La música se hizo más tenue al aparecer a la vista un gran planeta sólido. Añoré la música. Sentí que no podría soportar perderla. Pero nos sumergíamos en dirección a aquel planeta, y supe que aquello era justo y bueno, y no me resistí en forma alguna.

Por todas partes las estrellas fugaces seguían cruzando de un lado a otro, y en mi mente no tuve la menor duda de que todas eran ángeles que atendían plegarias. Eran los mensajeros activos de Dios, y me sentí un privilegiado por ver aquello, a pesar de que la música más etérea que jamás había oído ahora casi había desaparecido por completo.

El coro de susurros era muy vasto y a su manera su sonido era también perfecto, aunque más oscuro. «Son los cantos de la tierra -pensé con plena conciencia-, y están llenos de tristeza, y necesidad, y adoración, y reverencia, y respeto.»

Vi aparecer masas oscuras de tierra en las que espejeaban miríadas de luces, y la gran capa satinada de los mares. Las ciudades eran visibles para mí en la forma de grandes redes de iluminación que aparecían y desaparecían bajo una capa tras otra de nubes opacas. Luego distinguí formas más pequeñas, a medida que nos aproximábamos.

La música había desaparecido ahora casi por completo, y el coro de plegarias era el sonido que atronaba en mis oídos.

Durante una fracción de segundo me hice una multitud de preguntas, pero de inmediato quedaron contestadas. Nos acercábamos a la Tierra…, pero en una época distinta.

– Recuerda -dijo Malaquías en voz baja a mi oído- que el Creador conoce todas las cosas, todo lo pasado y lo presente, todo lo que ha sucedido y sucederá, y también lo que podría haber sucedido. Recuerda que no hay pasado ni futuro donde está el Creador, sino sólo un vasto presente de todos los seres vivos.

Yo estaba plenamente convencido de la verdad de sus palabras, y absorto en ello, y de nuevo me sentí henchido de una inmensa gratitud, una gratitud tan abrumadora que empequeñecía cualquier emoción que nunca hubiera experimentado de forma consciente. Estaba viajando con Malaquías a través del Tiempo del Ángel y de regreso al Tiempo Natural, y me sentía a salvo porque era él quien me sostenía.

La miríada de chispas de luz que se movían a gran velocidad iba ahora adelgazándose o desvaneciéndose ante mi vista. Debajo mismo de nosotros, en un borbotón de rezos susurrantes y frenéticos, vi un gran grupo de tejados cubiertos de nieve y de chimeneas que arrojaban al aire su humo enrojecido.

Llegó a mi olfato el delicioso olor de los fuegos de leña. Las oraciones tenían distintas palabras e intensidades variables, pero no conseguí comprender lo que decían.

Sentí que todo mi cuerpo adquiría forma de nuevo, cuando aquel susurro me envolvió, y también me di cuenta de que mis viejos vestidos habían desaparecido. Ahora llevaba algo que parecía ser de lana gruesa.

Pero no me preocupé de mí mismo ni de cómo iba vestido. Estaba demasiado intrigado por lo que veía abajo.

Creí ver un río que fluía entre las casas, una cinta de plata en la oscuridad, y la forma vaga de lo que debía de ser una catedral muy grande, con su inevitable forma de cruz. Sobre una altura se asentaba lo que debía de ser un castillo. Y todo el resto eran tejados apiñados, algunos completamente tapizados de blanco y otros tan empinados que la nieve había resbalado en algunas partes.

De hecho la nieve caía, con una blandura deliciosa que pude oír.

Más y más fuerte llegaba hasta mí el gran coro de susurros superpuestos unos a otros.

– Están rezando, y están asustados -dije en voz alta, y oí mi voz muy inmediata y próxima a mí mismo, como si yo no estuviera en el amplio espacio del cielo. Sentí un frío intenso. El aire me envolvió. Sentí la nieve en la cara y las manos. Quise con desesperación oír por última vez la música perdida, y para mi asombro la oí resonar como un eco poderoso, que enseguida se extinguió.

Quise llorar de gratitud por aquello, pero tenía que descubrir lo que había venido a hacer. Yo no merecía oír aquella música. Y me aferré a la idea de que podía hacer alguna cosa buena en este mundo, mientras me esforzaba por reprimir las lágrimas.

– Están rezando por Meir y Fluria -dijo Malaquías-. Ruegan por toda la judería de la ciudad. Tú serás la respuesta a sus rezos.

– Pero ¿cómo, qué haré?

Me costaba pronunciar las palabras, pero ahora estábamos muy cerca de los tejados y podía distinguir los callejones y las calles que rodeaban la plaza, y la nieve que cubría las torres del castillo, y la cubierta de la catedral que relucía como si la luz de las estrellas brillara a través de la nevada, y empequeñecía todo el resto de aquella pequeña ciudad.

– Anochece en la ciudad de Norwich -dijo Malaquías, y su voz íntima y perfecta no se vio alterada por nuestro descenso ni por los rezos que llegaban a mis oídos-. Las representaciones navideñas han concluido hace unos instantes, y empieza un tiempo de dificultades para la judería.

No tuve que pedirle más explicaciones. Conocía la voz «judería», que en este caso designaba a los habitantes judíos de Norwich y el pequeño barrio separado donde vivía la mayor parte de ellos.

Nuestro descenso se había hecho más rápido. Vi el río, y por un momento me pareció ver los rezos mismos que se elevaban, pero el cielo se oscurecía, los techos de las casas se alzaban como fantasmas debajo de mí, y de nuevo sentí la caricia húmeda de la nieve que caía.

Nos encontrábamos ahora en el interior de la ciudad misma, y mis pies entraron suavemente en contacto con tierra firme. Estábamos rodeados de casas construidas en parte de madera, peligrosamente inclinadas, que parecían a punto de derrumbarse sobre nosotros en cualquier momento. En algunas ventanas estrechas y gruesas se veía la débil claridad de una luz encendida.

Sólo pequeños copos de nieve revoloteaban en el aire frío.

Me miré a mí mismo a aquella luz mortecina y vi que iba vestido de monje, y reconocí el hábito de inmediato. Llevaba la túnica blanca, el largo escapulario también blanco y el manto negro con la capucha de un dominico. Ceñía mi cintura la familiar soga nudosa, pero la tira de tela blanca del escapulario la ocultaba. De mi hombro izquierdo colgaba una bolsa de piel para libros. Yo estaba atónito.

Me llevé las manos a la cabeza, inquieto, y descubrí que había sido tonsurada, y llevaba el área circular rasurada y el borde anular de cabellos cortos característicos de los monjes de aquella época.

– Has hecho de mí lo que siempre quise ser -dije-. Un fraile dominico.

Sentía tal excitación que apenas podía contenerme. Quise saber lo que llevaba en la bolsa de piel.

– Ahora escucha -dijo, y aunque no pude verlo, su voz despertó ecos en las paredes. Parecíamos perdidos entre las sombras. De hecho, él no era visible en absoluto. Yo estaba solo.

Pude oír voces airadas en la noche, no muy lejos. Y el coro de plegarias se había extinguido.

– Estoy a tu lado -dijo. Durante un instante el pánico me dominó, pero entonces sentí la presión de su mano en la mía-. Escúchame. Lo que oyes es un tumulto en la calle vecina, y el tiempo apremia. El rey Enrique de Winchester se sienta en el trono inglés -explicó-. Y tú mismo te darás cuenta de que estamos en el año 1257, pero ninguno de esos datos te será de interés aquí. Conoces la época como tal vez ningún humano de tu propio siglo, y la conoces como ella misma no puede conocerse. Meir y Fluria quedan a tu cargo, y toda la judería está rezando porque Meir y Fluria corren grave peligro, y como puedes comprender por ti mismo, ese peligro podría extenderse a toda la pequeña comunidad judía de esta ciudad. El peligro podría llegar incluso a Londres.

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