Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
– Sin duda habrá allí una comunidad judía…
– Oh, por supuesto -dijo-. Vinimos aquí de París, los tres, hace poco, porque yo heredé esta casa y otros bienes que me dejó mi tío al morir. Sí, hay una comunidad en París, y hay un dominico en esa ciudad que muy bien podría ayudarnos, y no tendría escrúpulos en escribir una carta simulando que la niña está viva. Lo haría porque es amigo nuestro, y se pondría de nuestro lado en este asunto, y nos creería, y abogaría por nosotros.
– Eso podría ser todo lo que necesitáramos. Ese dominico ¿es hombre de estudios?
– Brillante, y discípulo de los mayores maestros de allí. Doctor en leyes además de estudiante de teología. Y muy agradecido a nosotros por un favor muy poco corriente. -Se detuvo un instante-. Pero ¿y si me equivoco? ¿Y si me equivoco por completo y se vuelve contra nosotros? También tiene motivos para eso, el cielo lo sabe.
– ¿Puedes explicármelo?
– No, no puedo.
– ¿Cómo podrás decidir si va a ayudarte o va a volverse en tu contra?
– Fluria lo sabrá. Fluria sabrá a la perfección qué hemos de hacer, y sólo Fluria podrá explicároslo. Si Fluria dice que es conveniente que yo escriba a ese hombre…
De nuevo hizo una pausa. No confiaba en ninguna de sus propias decisiones. Ni siquiera se les podía llamar decisiones.
– Pero yo no puedo escribirle. Me vuelvo loco sólo de pensarlo. ¿Y si se presenta aquí y nos señala con el dedo?
– ¿Qué clase de hombre es? -pregunté-. ¿Cómo está relacionado contigo y con Fluria?
– Oh, ésa es precisamente la cuestión -dijo.
– ¿Y si voy yo a verle, si hablo con él en persona? ¿Cuánto se tarda en llegar a París? ¿Crees que podrás condonar suficientes deudas y reunir suficiente oro, todo con mi promesa de que volveré con cantidades mayores? Háblame de ese hombre. ¿Por qué piensas que podría ayudaros?
Se mordió el labio con tanta fuerza que pensé que se haría sangre. Se reclinó en su silla.
– Pero no tengo aquí a Fluria -murmuró-. Yo no puedo convencerle de que haga esto, aunque él podría muy bien salvarnos a todos. Si es que alguien puede hacerlo.
– ¿Hablas de la familia paterna de la niña? -pregunté-. ¿De un abuelo? ¿Piensas en él para que te proporcione los marcos de oro? He oído que hablabas de ti mismo como un padrastro.
Hizo un gesto como para apartar las preguntas.
– Tengo un montón de amigos. El dinero no es problema. Puedo conseguir esa cantidad. Puedo conseguirla en Londres, si es el caso. Mencioné París sólo para darnos un poco más de tiempo, y porque hemos dicho que Lea se ha ido allí, y que una carta de París lo probaría. Mentiras. ¡Mentiras! -Inclinó la cabeza-. Pero ese hombre…
De nuevo se detuvo.
– Meir, ese doctor en leyes puede ser un factor decisivo. Tienes que confiar en mí. Si ese poderoso dominico viene aquí, podrá controlar a esta pequeña comunidad y detener esa búsqueda loca de un nuevo santo, porque ése es el objetivo que está atizando el fuego, y sin duda un hombre de su educación y su talento lo comprenderá. Norwich no es París.
Su rostro estaba triste hasta un extremo indescriptible. No podía hablar. Era evidente que se sentía destrozado.
– Oh, nunca he sido más que un estudiante -dijo con un suspiro-. No tengo astucia. No sé lo que ese hombre hará o dejará de hacer. Puedo reunir mil marcos, pero ese hombre… Si por lo menos no se hubieran llevado a Fluria.
– Dame permiso para hablar con tu mujer, si eso es lo que quieres que haga -dije-. Escribe aquí mismo una nota para que el sheriff me permita ver a tu esposa a solas. Me admitirán en el castillo. Ese hombre ya se ha formado una opinión favorable de mí.
– ¿Guardaréis el secreto, sea lo que sea lo que ella os cuente, lo que os pregunte, lo que os revele?
– Sí, como si fuera un sacerdote, aunque no lo soy. Meir, confía en mí. Estoy aquí por ti y por Fluria, y por ninguna otra razón.
Sonrió con una inmensa tristeza.
– Recé porque viniera un ángel del Señor -dijo-. Yo escribo poemas, rezo. Imploro al Señor que derrote a mis enemigos. Soy un soñador y un poeta.
– Un poeta -dije pensativo, y le sonreí. Era tan elegante como su esposa, allí sentado en la silla, esbelto e idealista de una manera que yo encontraba conmovedora. Y ahora se había adjudicado a sí mismo aquella hermosa palabra, y se sentía avergonzado.
Y allá fuera, había gente que tramaba su muerte. Estaba seguro de eso.
– Eres un poeta y un hombre piadoso -dije-. Rezaste con fe, ¿no es cierto?
Él asintió. Dirigió una mirada a sus libros.
– Y he jurado sobre mi libro santo.
– Y has dicho la verdad -dije. Pero me di cuenta de que seguir hablando con él no me conduciría a ninguna parte.
– Sí, lo hice, y ahora el sheriff lo sabe.
Estaba a punto de desmoronarse bajo la presión.
– Meir, no tenemos tiempo en realidad de divagar sobre estas cosas -dije-. Escribe la nota ahora, Meir. Yo no soy un poeta ni un soñador. Pero puedo intentar ser un ángel del Señor. Hazlo.
8 Los infortunios de un pueblo
Sabía lo suficiente sobre ese período de la historia para darme cuenta de que en general la gente no salía a pasear en plena noche, y menos aún en medio de una tormenta de nieve, pero Meir había escrito para mí una carta elocuente y urgente en la que explicaba al sheriff y también al capitán de la guardia, al que Meir conocía por su nombre, de que yo debía ver a Fluria sin demora. También había escrito una carta a Fluria, que yo leí, urgiéndola a hablar conmigo y a confiar en mí.
Me encontré con que había de trepar una cuesta empinada para llegar al castillo, y, con gran decepción por mi parte, Malaquías sólo me dijo que estaba desempeñando mi misión de una forma magnífica. No hubo más informaciones ni consejos.
Y cuando finalmente fui admitido en los aposentos de Fluria en el castillo, estaba helado, empapado y exhausto.
Pero el entorno hizo que me recuperara de inmediato. En primer lugar la habitación misma, en lo alto de la torre más fuerte del castillo, era digna de un palacio, y aunque Fluria posiblemente no prestaba atención a las imágenes de los tapices, éstos cubrían por entero los muros de piedra, y también los suelos estaban revestidos de alfombras bellamente tejidas.
Había varios altos candelabros de hierro forjado en cada uno de los cuales ardían cinco o seis velas, y la habitación aparecía suavemente iluminada por ellas así como por el fuego que crepitaba en el hogar.
Era obvio que a Fluria se le había asignado únicamente aquella habitación, de modo que nos encontramos a la sombra de su enorme lecho provisto de pesadas colchas.
Frente al lecho estaba el hogar redondo de piedra, y el humo se evacuaba a través de un simple agujero abierto en el techo.
Colgaban sobre la cama cortinajes de color escarlata, y había también sillas de madera tallada en las que tomar asiento, un lujo poco habitual, y un escritorio que podíamos colocar entre los dos para una charla más íntima.
Fluria se sentó a la mesa y me indicó con un gesto que hiciera lo mismo en la silla del lado opuesto.
La habitación estaba caldeada, quizá demasiado caldeada, y yo puse mis zapatos a secar junto al fuego con permiso de la dama. Me ofreció vino especiado, como lo había hecho antes con el sheriff, pero sinceramente yo no sabía si me estaba permitido beber vino en caso de que deseara hacerlo, y lo cierto es que tampoco lo deseaba.
Fluria leyó la carta escrita por Meir en hebreo, en la que le pedía que me hablara y confiara en mí. Plegó rápidamente el rígido pergamino y guardó la carta en un libro de lomo de piel que había sobre la mesa, mucho más pequeño que los volúmenes que yo había visto en su casa.
Llevaba la misma cofia de antes, que cubría por completo su cabeza, pero se había quitado el velo y el brial de seda ceñido, y llevaba una túnica gruesa de lana con una hermosa esclavina forrada de piel sobre los hombros y la capucha echada hacia atrás. Un sencillo velo blanco con un adorno circular dorado le cubría los hombros y la espalda.