Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
– ¿Malvados judíos? ¿Meir y Fluria, y el viejo Isaac, el médico? ¿No eran esas mismas personas nuestros amigos? ¿Y ahora son todos malvados?
Fray Antonio, el dominico, replicó de inmediato:
– Les debéis la mayor parte de vuestros vestidos, de vuestros cálices, del mismo priorato -dijo-. Pero no son amigos. Son prestamistas.
De nuevo empezaron los gritos, pero ahora la multitud se hizo a un lado y un anciano de cabello gris suelto y espalda encorvada se abrió paso a la luz de las antorchas. Su túnica y su manto aparecían salpicados por el barro que siguió a la nevada. Sus zapatos lucían finas hebillas de oro.
Enseguida vi el parche amarillo cosido al pecho que revelaba su condición de judío. El parche estaba recortado con la silueta de las tablas de los Diez Mandamientos, y me pregunté cómo alguien, en todo el mundo, podía haber considerado aquella imagen en particular como una señal vergonzosa. Y, sin embargo, así había sido, y los judíos de toda Europa fueron obligados a llevarla durante muchos años. Yo sabía y comprendía aquello.
Fray Jerónimo dijo en tono seco a todos que dejaran paso a Isaac, hijo de Salomón, y el anciano se colocó sin aparentar temor junto a lady Margaret, delante de la puerta.
– ¿Cuántos de nosotros -preguntó fray Jerónimo- hemos acudido a Isaac en busca de pociones, de vomitivos? ¿Cuántos hemos sanado por sus hierbas y sus conocimientos? Yo mismo he recurrido a la sabiduría y el juicio de este hombre. Sé que es un gran físico. ¿Cómo os atrevéis a desoír lo que dice ahora?
El anciano permaneció resuelto y en silencio hasta que todos los gritos se apagaron. Los canónigos de ropajes blancos de la catedral se habían aproximado a él, para defenderlo. Por fin el anciano habló, con una voz profunda y algo temblorosa.
– Yo atendí a la niña -dijo-. Es verdad que entró en la iglesia en la noche misma de Navidad, sí. Es verdad que quiso ver las hermosas funciones. Quiso escuchar la música. Sí que hizo todo eso, pero volvió a la casa de sus padres como una niña judía, tal como la había dejado. ¡Sólo era una niña, y olvidó con facilidad! Enfermó, como podía haberle ocurrido a cualquiera con este tiempo inclemente, y pronto la fiebre hizo que delirara.
Pareció que los gritos iban a reproducirse otra vez, pero tanto el sheriff como fray Jerónimo reclamaron silencio con sus gestos. El anciano miró a su alrededor con una dignidad marchita, y continuó:
– Supe lo que era. Era la pasión ilíaca. Sentía un fuerte dolor en un costado. Ardía de fiebre. Pero luego la fiebre cedió, el dolor desapareció, y antes de que abandonara estas tierras para marchar a Francia, era otra vez ella misma, y yo hablé con ella, y también fray Jerónimo, vuestro propio físico, aunque mal podéis decir que yo no haya sido el físico de la mayoría de vosotros.
Fray Jerónimo asintió con vigor a sus palabras.
– Os repito lo que os he dicho antes -dijo-. Yo la vi antes de que se fuera de viaje, y estaba curada.
Empecé a darme cuenta de lo que ocurría. La niña había padecido seguramente una apendicitis, y cuando el apéndice reventó, el dolor disminuyó naturalmente. Pero empecé a sospechar que el viaje a París era una invención desesperada.
El anciano no había terminado.
– Vos, pequeña dama Eleanor -dijo a la joven-, ¿no le llevasteis flores? ¿No la visteis tranquila y sosegada, antes de su viaje?
– Pero nunca he vuelto a verla -gritó la niña-, y nunca me dijo que iba a hacer un viaje.
– ¡Toda la ciudad estaba pendiente de las continuas funciones, de las representaciones en la plaza! -dijo el viejo médico-. Sabes que fuisteis, todos vosotros. Y nosotros no asistimos a esos espectáculos. No forman parte de nuestro modo de vida. Sus primos vinieron, se la llevaron y ella se fue, y vosotros no os enterasteis.
Supe al instante que no decía la verdad, pero parecía decidido a decir lo que fuera preciso para proteger, no sólo a Meir y Fluria, sino a toda su comunidad.
Algunos jóvenes que se habían colocado detrás de los dominicos se adelantaron ahora, y uno de ellos dio un empujón al anciano y le llamó «sucio judío». Los otros zarandearon al viejo médico de un lado para otro.
– Basta -declaró el sheriff, y dio una señal a sus jinetes. Los jóvenes brutos echaron a correr. La multitud se apartó delante de los caballos.
»Arrestaré a cualquiera que ponga la mano sobre estos judíos -dijo el sheriff-. ¡Sabemos lo que ocurrió en Lincoln cuando las cosas se salieron de madre! Estos judíos no son propiedad vuestra, sino de la Corona.
El anciano estaba muy agitado. Yo alargué la mano para sostenerlo. Me miró, y vi de nuevo en él desdén y dignidad ultrajada, pero también una tenue gratitud por mi comprensión.
Llegaron más gritos de la multitud y la muchacha se echó a llorar de nuevo con desconsuelo.
– Si por lo menos tuviéramos un vestido que hubiese pertenecido a Lea… -lloriqueó-. Eso confirmaría lo que ha sucedido, porque sólo con tocarlo muchos podrían sanar.
Era una superstición asombrosamente popular, y lady Margaret insistió en que sin duda encontraríamos toda la ropa dentro de la casa, porque la niña había muerto y no se la había llevado de viaje.
Fray Antonio, el superior de los dominicos, alzó las manos y pidió paciencia.
– Voy a contaros una historia antes de seguir con esto -anunció-, y os ruego, señor sheriff, que vos la escuchéis también.
Oí la voz de Malaquías junto a mi oído.
– Recuerda que tú también eres un predicador. No dejes que los convenza.
– Hace muchos años -dijo fray Antonio-, un malvado judío de Bagdad se enfureció al saber que su hijo se había convertido al cristianismo, y arrojó al niño a un horno ardiente. Cuando parecía que la víctima inocente iba a consumirse, bajó de los cielos la bendita Virgen María en persona y rescató al niño, que salió sano y salvo de entre las llamas. Y el fuego consumió en cambio al malvado judío que había intentado causar un daño tan grande a su hijo cristiano.
Pareció que la multitud iba a asaltar la casa después de oír aquello.
– Esa historia es muy vieja -grité yo a mi vez, furioso-, y se cuenta por todo el mundo. Cada vez el judío es diferente y la ciudad también, y el desenlace es siempre el mismo, pero ¿quién de vosotros ha visto nada parecido con sus propios ojos? ¿Por qué todo el mundo está dispuesto a creer una cosa así? -Seguí hablando tan fuerte como pude-. Tenéis aquí un misterio, pero no tenéis ni a Nuestra Señora bendita ni la menor prueba, y habéis de deteneros.
– ¿Y quién eres tú, para venir aquí y hablar en defensa de estos judíos? -preguntó fray Antonio-. ¿Quién eres para desafiar al superior de nuestra propia casa?
– No ha sido mi intención faltaros al respeto -dije-, sino tan sólo señalar que esa historia no prueba nada, y menos aún la culpabilidad o inocencia de nadie de este lugar. -Se me ocurrió una idea, y alcé de nuevo la voz tanto como pude-. Todos vosotros creéis en vuestro niño santo -grité-. El pequeño san Guillermo, cuyas reliquias se guardan en vuestra catedral.
»Pues bien, id a verle ahora y rezadle para que os guíe. Que el pequeño san Guillermo os aconseje. Rezad para descubrir la tumba de la muchacha, si tanto empeño tenéis en ello. ¿No será el santo el intercesor perfecto? No podríais encontrar a nadie mejor. Id todos a la catedral, ahora mismo.
– Sí, sí -gritó fray Jerónimo-, eso es lo que hemos de hacer.
Lady Margaret parecía un poco aturdida por aquel giro de la situación.
– ¿Quién mejor que el pequeño san Guillermo? -dijo fray Jerónimo, después de dirigirme una rápida mirada-. Él mismo fue asesinado por los judíos de Norwich, hace cien años. Sí, id a su capilla de la catedral.
– Id todos a la capilla -dijo el sheriff.
– Yo os digo -intervino fray Antonio-, que tenemos otra santa aquí, y que es nuestro derecho exigir a sus padres que nos entreguen las ropas que ha dejado esa niña. Ya ha ocurrido un milagro junto al roble. Todas las ropas que haya aquí han de ser consideradas reliquias santas. Yo digo que hundáis la puerta, si es necesario, y os llevéis las ropas.