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La Hora Del Angel

Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:

Con La hora del ángel, primer volumen de su nueva serie, Anne Rice retoma su narrativa más oscura para convertir a los ángeles en protagonistas.
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
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Hacia el mediodía del día siguiente Toby dormía profundamente y soñaba con su madre. Soñaba que ella y él caminaban por una hermosa casa de techos abovedados. Y él le contaba lo importante que iba a ser, y que su hermanita iría a las Hermanas del Sagrado Corazón. Jacob estudiaría en los jesuitas.

Sólo que había algo equívoco en aquella casa espectacular. Se convirtió en un laberinto, imposible de abarcar como una vivienda en su conjunto. Las paredes se alzaban como riscos, los suelos se ladeaban. Había un gigantesco reloj negro del abuelo en la sala de estar, y frente a él la imagen del Papa, como si colgara de una horca.

Toby despertó, solo, y por un instante asustado e inseguro de dónde se encontraba. Luego empezó a llorar. Intentó reprimirse, pero su llanto era incontrolable. Se volvió boca abajo y enterró la cara en la almohada.

Vio de nuevo a la chica. La vio tendida, muerta con su pequeño top blanco de seda y sus ridículos zapatos de tacón alto, como una niña jugando a vestirse de persona mayor. Tenía cintas en su largo cabello rubio.

Su ángel de la guarda posó una mano en la cabeza de Toby. Su ángel de la guarda le hizo ver algo. Le dejó ver el alma de la muchacha elevándose, manteniendo la forma del cuerpo por hábito y por la ignorancia de que ahora no estaba sujeta a esos límites.

Toby abrió los ojos. Luego su llanto se agravó, y la cuerda baja de la desesperación vibró con más intensidad que nunca.

Se levantó y empezó a caminar. Miró en su maleta abierta. Hojeó el libro sobre los ángeles.

Volvió a tenderse y lloró hasta quedarse dormido, igual que podría haberlo hecho un niño. También recitaba una oración mientras lloraba: «Ángel de Dios, mi querido custodio, haz que los “Chicos Buenos” me maten más pronto que tarde.»

Su ángel guardián, al oír la desesperación de aquella súplica, al oír su dolor y su absoluta desolación, había vuelto la espalda y se tapaba el rostro.

Yo, no. Malaquías, no.

«Es él», pensé.

«Da un salto de diez años de tu tiempo hasta el punto donde empecé: él es Toby O’Dare para mí, no Lucky el Zorro. Y yo voy tras él.»

5 Los cantos del serafín

Si alguna vez me había sentido estupefacto en mi vida, no fue nada comparado con lo de ahora. En mi sala de estar, sólo poco a poco empezaron a emerger las formas y los colores de la neblina en la que flotaba desde que Malaquías dejó de hablar.

Volví a mi propio ser, sentado en el sofá y mirando al frente. Y lo vi a él con toda claridad, de pie contra la pared forrada de libros.

Yo estaba abrumado, roto, y era incapaz de hablar.

Todo lo que me había mostrado había sido tan vívido, tan inmediato, que yo aún seguía tanteando para encontrarme a mí mismo en el momento presente, o bien anclado a buen recaudo en cualquier otro momento.

Era tal mi sensación de pena, de profundo y terrible remordimiento, que aparté la vista de él, y muy despacio hundí la cara en mis manos.

Me sostenía una casi imperceptible esperanza de salvación. En lo profundo de mi corazón susurré: «Señor, perdóname por haberme apartado de ti.» Pero al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras, sentía: «No lo crees. No lo crees, por más que te lo haya revelado a ti mismomás íntimamente de lo que tú mismo podías haberlo hecho. No lo crees. Tienes miedo de creerlo.»

Le oí acercarse y entonces volví de nuevo a mi ser, con él a mi lado.

– Reza para tener fe -susurró a mi oído.

Y lo hice.

Recordé un antiguo ritual.

En las tardes de crudo invierno, cuando me daba miedo volver a casa de la escuela, había llevado a Emily y Jacob a la iglesia del Santo Nombre de Jesús, y allí había rezado: «Señor, enciende el fuego de la fe en mi corazón, porque estoy perdiendo la fe. Señor, toca mi corazón, y enciéndelo.»

Las viejas imágenes habituales volvieron a mí, tan frescas como si fuera ayer. Vi la silueta borrosa de mi corazón y la llama amarilla que brotaba de él. A mi memoria le faltaba el color vibrante y el movimiento de todo lo que Malaquías me había mostrado. Pero recé con todo mi ser. Las viejas estampas se desvanecieron de pronto y me quedé solo con las palabras de la oración.

No fue un «quedarse solo» ordinario. Me encontré delante de Dios sin haberme movido. Tuve la relampagueante visión de ascender por una ladera de hierba suave y ver delante de mí una figura envuelta en una túnica…, y volvieron a mí los viejos pensamientos: «Ésta es su gloria; han pasado miles de años, pero puedes seguir sus pasos de cerca.»

– Oh, Dios mío, me duele de corazón -susurré. «Por miedo al infierno por todos mis pecados, pero sobre todo, sobre todo, sobre todo, por haberme apartado de Ti.»

Me senté de nuevo en el sofá y me sentí perdido, peligrosamente próximo a perder el sentido, como si todo lo que había visto me golpeara, merecidamente, y mi cuerpo no pudiera encajar tantos golpes. ¿Cómo podía haber amado tanto a Dios, y arrepentirme tan completamente de lo que había llegado a ser, y sin embargo no tener fe?

Cerré los ojos.

– Mi Toby -susurró Malaquías-. Sabes la magnitud de lo que has hecho, pero no puedes comprender la magnitud de lo que Él conoce.

Sentí el brazo de Malaquías sobre mi hombro. Sentí el apretón de sus dedos. Y luego me di cuenta de que se había levantado, y oí sus suaves pisadas cuando cruzó la habitación.

Levanté la vista y lo vi de pie frente a mí; de nuevo presentaba el mismo colorido vivo y la forma nítida y seductora. Emanaba de él una luz tan sutil como real. Sin estar del todo seguro, me pareció haber visto aquella luz incandescente la primera vez que apareció delante de mí en la Posada de la Misión. No se me ocurrió ninguna explicación entonces y lo rechacé como algo casual, sin ningún significado.

Ahora no lo rechacé. Me maravillé. Su rostro parecía conmovido. Era feliz. Parecía incluso dichoso. Y vino a mi mente una frase de las Escrituras acerca de la alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente.

– Acabemos deprisa con esto -dijo impaciente. Y esta vez no hubo imágenes hirientes que acompañaran a sus palabras dichas en voz baja-. Sabes muy bien lo que ocurrió después. Nunca revelaste al Hombre Justo tu verdadero nombre a pesar de su insistencia, y más adelante, cuando las agencias te llamaron Lucky, el afortunado, también fue ése el nombre que te aplicó el Hombre Justo. Tú lo aceptaste con una ironía amarga, y llevaste a cabo una misión tras otra, y pediste que no te tuviera cruzado de brazos, aunque sabías lo que eso significaba.

No dije nada. Me di cuenta de que lo veía a través de un tenue velo de lágrimas. Cómo me había jactado en mi desesperación. Había sido un joven que al tiempo que se ahogaba luchaba contra un monstruo marino, como si eso tuviera importancia cuando las olas se agolpaban sobre su cabeza.

– En esos primeros años, trabajaste en Europa a menudo. El disfraz importaba poco, porque tu estatura y tu cabello rubio te servían con eficacia. Entrabas en los bancos y en los restaurantes de lujo, en los hospitales y en los mejores hoteles. Nunca volviste a usar un arma de fuego, porque no tuviste necesidad de hacerlo. «El francotirador de la aguja», te llamaban en los reportajes que reseñaban tus éxitos, siempre con mucho retraso respecto de los hechos. En vano repasaban una y otra vez las imágenes borrosas de vídeo en las que aparecías.

»Fuiste solo a Roma y paseaste por la basílica de San Pedro. Viajaste al norte por Asís, Siena y Perugia, y luego fuiste a Milán, Praga y Viena. En una ocasión fuiste a Inglaterra sólo para visitar el paisaje desolado donde las hermanas Brontë habían vivido y escrito sus grandes libros; fuiste solo a ver representaciones de las obras de Shakespeare. Vagaste por la Torre de Londres, anónimo y perdido entre los demás turistas. Has vivido una vida desprovista de testigos. Has vivido tu vida más perfectamente solo de lo que nadie podría imaginar, excepto tal vez el Hombre Justo.

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