Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
La multitud se exaltaba. Los jinetes se adelantaron, y obligaron a la gente a dispersarse o a retroceder. Algunos abuchearon a los soldados, pero fray Jerónimo se mantuvo firme con la espalda pegada a la puerta de la casa y los brazos extendidos, gritando:
– ¡A la catedral, al pequeño san Guillermo, vamos todos juntos ahora!
Fray Antonio se abrió paso por entre el sheriff y yo, y empezó a golpear la puerta.
El sheriff se puso furioso. Se volvió a la puerta.
– Meir y Fluria, estad preparados. Me propongo llevaros al castillo para vuestra salvaguarda. Si es necesario, me llevaré también al castillo a todos los judíos de Norwich.
La multitud se sentía frustrada, pero reinaba la confusión y muchos coreaban el nombre del pequeño san Guillermo.
– ¿Y después? -dijo el viejo médico judío-. Si os lleváis a Meir y Fluria y a todos nosotros a la torre, esta gente saqueará nuestras casas y arrojará al fuego nuestros libros sagrados. Por favor, os lo ruego, llevaos a Fluria, la madre de esa infortunada, pero dejadme hablar con Meir, y tal vez podamos hacer alguna donación, fray Antonio, a vuestro nuevo priorato. Los judíos siempre se han mostrado generosos en estas cuestiones.
En otras palabras, ofrecía un soborno. Pero la sugerencia tuvo un efecto milagroso en quienes la oyeron.
– Sí, que paguen -murmuró alguien. Y otro:
– ¿Por qué no?
Y la noticia circuló rápidamente entre los allí reunidos.
Fray Jerónimo gritó que encabezaría ahora una procesión a la catedral, y que todos los que sintieran temor por el destino de su alma inmortal debían acompañarlo.
– Los que tenéis antorchas y velas, adelantaos para alumbrar el camino.
Como había mucha gente que corría el riesgo de verse pisoteada por los caballos, y fray Jerónimo se había adelantado decididamente para encabezar la procesión, muchos lo siguieron, y otros volvieron las espaldas refunfuñando.
Lady Margaret no se había movido, y ahora se acercó al anciano médico:
– ¿Y éste no les ayudó? -preguntó, taladrándolo con la mirada. Se volvió al sheriff con una mueca de complicidad-. ¿No ha sido, según sus propias palabras, parte en todo este asunto? ¿Creéis que Meir y Fluria son tan listos como para fabricar veneno sin su ayuda? -Se volvió al anciano-. ¿Y también vais a perdonarme mis deudas con la misma facilidad, para comprar mi silencio?
– Si eso ha de calmar vuestro corazón y encaminaros a la verdad, sí -respondió el anciano-. Perdonaré vuestras deudas en atención a las preocupaciones y los disgustos que os ha causado esta historia.
Aquello hizo callar a lady Margaret, pero sólo de forma provisional. Era demasiado importante para ella no ceder en esta cuestión.
Ahora el gentío había disminuido mucho, y más y más personas se unían a la procesión.
El sheriff se dirigió a dos de sus hombres montados.
– Escoltad a Isaac, hijo de Salomón, hasta su casa -dijo-. Y vosotros, todos, marchaos e id con los sacerdotes a rezar a la catedral.
– No hay que apiadarse de ninguno de ellos -insistió lady Margaret, aunque no alzó la voz para dirigirse a los rezagados-. Son culpables de una multitud de pecados, y leen libros de magia negra que tienen en más aprecio que la Santa Biblia. Oh, yo he causado todo esto por apiadarme de esa niña. Y cuánto dolor siento al encontrarme deudora de la misma gente que la asesinó.
Los soldados dieron escolta al anciano, y sus caballos acabaron de dispersar a los últimos mirones. Pude darme cuenta entonces con más claridad de que muchos habían ido detrás de las linternas de la procesión.
Tendí entonces mi mano a lady Margaret.
– Señora -dije-, dejadme entrar y hablar con ellos. No soy de esta ciudad. No pertenezco a ninguno de los dos bandos en este conflicto. Dejad que vea si puedo descubrir la verdad. Y estad segura de que este misterio podrá quedar resuelto con la luz del día.
Ella me dirigió una mirada casi tierna, y luego asintió con un gesto cansado. Se volvió, y de la mano de su hija se unió a la cola de la procesión que se dirigía a la capilla del pequeño san Guillermo. Alguien puso en sus manos un cirio encendido cuando miró hacia atrás, y ella lo tomó agradecida y siguió su camino.
Los soldados montados dispersaron a todo el resto. Sólo siguieron allí los dominicos, que me miraban como si yo fuera un traidor. O peor aún, un impostor.
– Perdonadme, fray Antonio -dije-. Si encuentro alguna prueba de que esa gente es culpable, os lo comunicaré al instante.
El hombre no supo qué contestar.
– Vosotros los estudiantes pensáis que lo sabéis todo -dijo fray Antonio-. Yo también he hecho mis estudios, aunque no en Bolonia ni en París. Pero sé distinguir el pecado cuando lo veo.
– Sí, y yo os prometo un informe completo -respondí.
Finalmente, él y los demás dominicos se dieron la vuelta y se alejaron. La oscuridad se los tragó.
El sheriff y yo seguimos junto a la puerta de la casa de piedra, con lo que ahora parecía un exceso de soldados a caballo en las proximidades.
La nieve caía aún con mucha suavidad, como lo había hecho durante todo el alboroto. De pronto lo vi todo limpio y blanco a pesar del gentío que se había apiñado en aquel mismo lugar, y también me di cuenta de que me estaba helando.
En aquella calle estrecha los caballos de los soldados parecían nerviosos. Pero llegaban más hombres montados, algunos de ellos provistos de linternas, y pude oír el eco de los cascos en las vías vecinas. Ignoraba si el barrio de la judería era muy grande, pero estaba seguro de que ellos sí lo sabían. Sólo ahora me di cuenta de que todas las ventanas de esta parte de la ciudad estaban a oscuras, a excepción de las del piso alto de la casa de Meir y Fluria.
El sheriff golpeó la puerta.
– Meir y Fluria, salid -pidió-. Por vuestra propia seguridad, venid conmigo ahora. -Se volvió a mí y habló entre dientes-. Si es necesario me los llevaré de aquí y los tendré a buen recaudo hasta que acabe esta locura, porque si no, esa gente es capaz de prender fuego a todo Norwich sólo para quemar la judería.
Me recosté de nuevo contra la pesada puerta de madera, y dije en voz suave pero audible:
– Meir y Fluria, estoy aquí para ayudaros. Soy un hermano que cree en vuestra inocencia. Por favor, dejadnos entrar.
El sheriff se limitó a mirarme.
Pero un instante después oímos que levantaban la tranca de la puerta, y ésta se abrió.
7 Meir y Fluria
Una brillante rendija de luz reveló a un hombre alto, de cabello oscuro, con ojos hundidos que nos atisbaban desde un rostro muy pálido. Llevaba un manto de seda castaña y la acostumbrada etiqueta amarilla en el pecho. Sus pómulos salientes parecían haber sido bruñidos, tan tensa estaba la piel.
– Se han ido por el momento -dijo el sheriff en tono familiar-. Déjanos entrar. Y preparaos tú y tu mujer para venir conmigo.
El hombre desapareció, y el sheriff y yo nos deslizamos en el interior de la casa.
Seguí al sheriff por una escalera estrecha muy iluminada y alfombrada hasta una hermosa sala, donde una mujer esbelta y elegante estaba sentada junto a una gran chimenea.
Dos sirvientas aguardaban entre las sombras.
El suelo estaba cubierto por ricas alfombras turcas, y de todas las paredes colgaban tapices, aunque éstos tenían sólo dibujos geométricos. Pero el mayor ornato de la sala era la mujer.
Era más joven que lady Margaret. Su cofia blanca y su tocado ocultaban sus cabellos por completo, y ponían de relieve una tez morena y unos hermosos ojos de un color castaño oscuro. Vestía un brial de un color rosa vivo, con mangas abotonadas, y debajo una camisa con bordados de hilo de oro. Calzaba zapatos fuertes, y vi su manto colgado del respaldo de la silla. Se había vestido y preparado para salir de la casa.