Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
Yo estaba totalmente fascinado, y sentía una excitación desconocida para mí en mi vida natural. Y sí que conocía aquella época y el peligro que había acechado a los judíos de Inglaterra en todas partes.
También me estaba quedando helado.
Miré hacia abajo y vi que llevaba zapatos con hebillas. Mis piernas estaban cubiertas por medias de lana. Gracias a Dios no era un franciscano, obligado a llevar sandalias en los pies desnudos, pensé, y entonces me sentí avergonzado de mi frivolidad. Tenía que dejar de desbarrar, y concentrarme en lo que debía hacer.
– Exactamente -oí la voz íntima de Malaquías-. Pero ¿te dará satisfacción lo que has venido a hacer aquí? Sí, te la dará. No hay ningún ángel de Dios que no sienta alegría cuando ayuda a los humanos. Y ahora tú trabajas para nosotros. Eres nuestro hijo.
– ¿Puede verme esa gente?
– Con toda claridad. Te verán y te escucharán, y tú los comprenderás y ellos te comprenderán a ti. Sabrás cuándo estás hablando en francés o inglés o hebreo, y cuándo ellos te hablan en esas lenguas. Cosas así resultan fáciles para nosotros.
– Pero ¿y tú?
– Yo estaré siempre contigo, ya te lo he dicho -dijo-. Pero sólo tú me verás y me oirás. No intentes hablar conmigo con los labios. Y no me llames a menos que te veas obligado a hacerlo.
»Ahora ve a ese tumulto, y métete en medio de todos, porque está degenerando en algo que no debería ser. Eres un monje viajero y has venido desde Italia, cruzando Francia, hasta Inglaterra. Eres el hermano Tobías, lo cual te será bastante fácil de recordar.
Yo estaba más impaciente por hacerlo de lo que podía expresar.
– ¿Qué más necesito saber?
– Confía en tus dones -dijo-. Los dones por los que te he elegido. Hablas bien, incluso con elocuencia, y tienes una gran confianza cuando desempeñas un papel con un propósito determinado. Confía en el Creador y confía en mí.
Oí que las voces subían de tono en la calle vecina. Sonó una campana.
– Debe de ser el toque de queda -dije rápidamente. Mis pensamientos se agolpaban. Lo que sabía de aquel siglo acudía a mi mente de forma espontánea, y de nuevo sentí aprensión, casi miedo.
– Es el toque de queda -dijo Malaquías-. E irritará a los que están provocando el alboroto, porque están impacientes por llegar a un desenlace. Ahora ve.
6 El misterio de Lea
Era un tumulto grave, y atemorizador en apariencia, porque no todos los que participaban en él eran chusma ni mucho menos. Unos llevaban linternas y otros antorchas, y unos pocos cirios, y muchos llevaban ricas vestiduras de terciopelo y de piel.
Las casas a ambos lados de la calle eran de piedra, y recordé que los judíos habían construido las primeras casas de piedra de Inglaterra, por buenas razones.
Mientras me acercaba, oía la voz íntima de Malaquías.
– Los canónigos vestidos de blanco pertenecen al priorato de la catedral -dijo, mientras yo echaba una mirada a los tres hombres bien abrigados que estaban más cerca de la puerta de la casa-. Los dominicos se han reunido allí en torno a lady Margaret, que es sobrina del sheriff y prima del arzobispo. Junto a ella está su hija Nell, una niña de trece años. Son ellas quienes han acusado a Meir y Fluria de envenenar a su hija y enterrarla en secreto. Recuérdalo, Meir y Fluria están a tu cargo, y tú has venido aquí para ayudarles.
Había mil preguntas que quería hacer. Sólo contaba con el dato de que una niña tal vez había sido asesinada. Y de una forma muy vaga establecí la relación obvia: aquellas personas eran acusadas del mismo crimen que yo había cometido de forma habitual.
Me abrí paso en medio de la multitud, y Malaquías se esfumó y yo lo supe. Ahora era mi turno.
Era lady Margaret quien llamaba a la puerta cuando me acerqué. Iba maravillosamente ataviada, con un vestido ceñido de mangas amplias, orlado de piel, y encima un manto amplio forrado de piel y con capucha. Su rostro estaba húmedo de lágrimas, y su voz rota.
– ¡Salid y responded! -decía. Parecía enteramente sincera y presa de angustia-. Meir y Fluria, os lo pido. Enseñadnos a Lea ahora mismo o explicadnos por qué no está aquí. No toleraremos más vuestras mentiras, lo juro.
Se dio la vuelta de modo que su voz fuera oída por toda la multitud.
– No nos contéis más historias fantásticas de que la niña ha sido llevada a París.
La muchedumbre emitió un gran rugido de aprobación.
Yo fui a saludar a los otros dominicos, que se acercaron al verme, y les dije entre dientes que era el hermano Tobías, un peregrino que había recorrido muchas tierras.
– Bueno, pues llegas en el momento justo -dijo el más alto y autoritario de los frailes-. Soy fray Antonio, el superior de este lugar como sin duda sabes si vienes de París, y estos judíos han envenenado a su propia hija por haberse atrevido a entrar en la catedral la noche de Navidad.
Aunque se esforzó en hablar en voz baja, arrancó de inmediato un sollozo de lady Margaret y de su hija Nell. Y muchos gritos y voces de apoyo de los que nos rodeaban.
La joven Nell estaba vestida de forma tan exquisita como su madre, pero parecía mucho más angustiada; sacudía la cabeza y sollozaba.
– Todo ha sido por mi culpa, por mi culpa. Yo la llevé a la iglesia.
De pronto, los canónigos de hábitos blancos del priorato empezaron a discutir con el fraile que había hablado conmigo.
– Ése es fray Jerónimo -susurró Malaquías-, y como verás es quien dirige la oposición a esta campaña para hacer mártir y santa a una judía.
Me sentí más tranquilo al oírlo, pero ¿cómo pedirle más información?
Noté que me empujaba adelante y de pronto me encontré con la espalda apoyada en la puerta de la gran casa de piedra en la que obviamente vivían Meir y Fluria.
– Perdonadme, soy un extraño aquí -dije, y mi propia voz sonó enteramente natural a mis oídos-, pero ¿por qué estáis tan seguros de que ha habido un crimen?
– Porque no aparece por ninguna parte, por eso lo sabemos -dijo lady Margaret. Era sin la menor duda una de las mujeres más atractivas que yo había visto en mi vida, a pesar de sus ojos enrojecidos y húmedos-. Nos llevamos con nosotras a Lea porque quería ver al Niño Jesús -me dijo en tono amargo, con los labios temblorosos-. Nunca imaginamos que sus propios padres la envenenarían y velarían sobre su lecho de muerte con sus corazones de piedra. Hazles salir. Haz que respondan.
Toda la multitud empezó a gritar al oír esas palabras, y el clérigo vestido de blanco, fray Jerónimo, pidió silencio.
Me miró ceñudo.
– Ya tenemos suficientes dominicos en esta ciudad -dijo-. Y también a un mártir perfecto en nuestra catedral, el pequeño san Guillermo. Los malvados judíos que lo asesinaron murieron hace mucho tiempo, y no quedaron sin castigo. Tus hermanos dominicos quieren ahora su propio santo, porque el nuestro no es lo bastante bueno para ellos.
– Es a la pequeña santa Lea a quien queremos celebrar ahora -dijo lady Margaret con su voz ronca y trágica-. Y Nell y yo hemos sido la causa de su desgracia. -Contuvo el aliento-. Todos sabemos la historia del pequeño Hugo de Lincoln, y los horrores…
– Lady Margaret, ésta no es la ciudad de Lincoln -insistió fray Jerónimo-. Y no tenemos pruebas como las que se encontraron en Lincoln para pensar que ha habido un asesinato. -Se volvió hacia mí-. Si habéis venido a rezar ante las reliquias del pequeño san Guillermo, sois bienvenido -dijo-. Veo que sois un fraile instruido, y no un mendicante común. -Dirigió una mirada sombría a los otros dominicos-. Y os puedo decir ahora mismo que el pequeño san Guillermo es un verdadero santo, famoso en toda Inglaterra, mientras que esta gente ni siquiera tiene constancia de que la hija de Fluria, Lea, haya sido bautizada.