Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
»Pero pronto dejaste de visitarlo. No te importaron su risa fácil ni sus observaciones agradables, ni la forma casual en que discutía las cosas que quería que hicieras. Por teléfono podías tolerarlo; en una mesa de comedor lo encontrabas insoportable. La comida perdía todo su sabor y se te secaba en la boca.
»Y de ese modo te alejaste de ese último testigo, que pasó a convertirse en un fantasma al otro lado de una línea telefónica, y ya no en un pretendido amigo.
Dejó de hablar. Se volvió y pasó los dedos por los lomos de los libros alineados en los estantes. Parecía tan sólido, tan perfecto, tan distinto de un ser imaginario…
Creo que me oí tragar saliva a mí mismo, o puede que fuera un sollozo ahogado para reprimir mis lágrimas.
– En esto se convirtió tu vida -dijo en el mismo tono de voz, baja, sin prisas-, en estos libros tuyos y en viajes seguros por el interior del país, porque era demasiado peligroso para ti arriesgarte a cruzar fronteras. Y te instalaste aquí, hace menos de nueve meses, y bebiste la luz del sur de California con tanta ansia como si antes hubieras pasado tus días encerrado en una habitación oscura.
»Te quiero ahora -dijo-. Pero tu redención depende del Creador, de tu fe en Él. La fe se agita en tu interior. Lo sabes, ¿no es así? Ya has pedido perdón. Ya has admitido la verdad de todo lo que te he revelado, y setenta veces más. ¿Sabes que Dios te ha perdonado? -No pude contestar nada. ¿Cómo podía alguien perdonar las cosas que yo había hecho?-. Estamos hablando de Dios Todopoderoso -susurró.
– Estoy dispuesto -murmuré-. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué es lo que quieres que haga para redimir siquiera la mínima parte de todo esto?
– Convertirte en mi ayudante -dijo-. Ser mi instrumento humano para ayudarme a hacer lo que debo hacer en la Tierra.
Se reclinó en la pared cubierta de libros y juntó las manos, como podría hacerlo un hombre, cruzando los dedos justo debajo de sus labios.
– Deja esa vida vacía que has modelado para ti mismo -dijo-, y préstame tu ingenio, tu valentía, tu agudeza y tu poco común apostura física. Muestras un valor notable en circunstancias en las que otros serían tímidos. Eres hábil donde otros se muestran torpes. Yo puedo servirme de todo lo que eres.
Yo sonreí al oírlo. Porque sabía a qué se refería. Lo cierto es que comprendía todo lo que me iba diciendo.
– Oyes hablar a otros humanos con los oídos de un músico -continuó-. Y amas lo que es armonioso, lo que es hermoso. A pesar de todos tus pecados, el tuyo es un corazón educado. Todo eso lo puedo poner a la obra para responder a las plegarias que el Creador quiere que sean atendidas. He buscado un instrumento humano para cumplir con su petición. Tú eres ese instrumento. Confíate a Él y a mí.
Sentí el primer estremecimiento de verdadera felicidad que había conocido en muchos años.
– Quiero creerte -susurré-. Quiero ser ese instrumento, pero pienso, quizá por primera vez en mi vida, que me da auténtico miedo hacerlo.
– No, no tienes miedo. No has aceptado Su perdón. Debes confiaren que Él puede perdonar a un hombre como tú. Y Él lo ha hecho. -No esperó a que le respondiera-. No puedes imaginar el universo que te rodea. No puedes verlo como lo vemos desde el cielo. No puedes oír las plegarias que se elevan desde todas partes, desde todos los siglos, desde todos los continentes, desde un corazón tras otro.
»Nos necesitan, a ti y a mí, en lo que para ti va a ser una edad antigua, pero no para mí, que puedo ver esos años con la misma claridad que veo este momento. Tú te trasladarás de un Tiempo Natural a otro Tiempo Natural. Pero yo existo en el Tiempo del Ángel, y tú también viajarás conmigo a través de ese tiempo.
– El Tiempo del Ángel… -susurré. ¿Qué era lo que estaba viendo?
Él habló de nuevo.
– La mirada del Creador abarca todo el tiempo. Él conoce todo lo que es, ha sido y será. Conoce lo que podría haber sido. Y es el Maestro del resto de nosotros, en la medida en que podemos comprenderlo.
Algo estaba cambiando en mi interior, de una manera radical. Mi mente se esforzaba en captar la suma total de todo lo que él me había revelado, y por mucha teología y filosofía que supiese, únicamente podía hacerlo sin palabras.
Recordé algunas frases de Agustín, citadas por el Aquinate, y las murmuré para mí entre dientes:
«Aunque nosotros no podemos medir el infinito, sin embargo éste puede ser abarcado por Aquél, cuyos conocimientos no tienen límites.»
Él sonrió. Meditaba.
Ahora se había producido en mi interior un gran cambio.
Yo estaba tranquilo.
Continuó.
– No puedo mover las sensibilidades de los que me necesitan como he zarandeado la tuya. Necesito que entres tú en su sólido mundo bajo mi dirección, un ser humano como son humanos ellos mismos, un hombre igual a ellos. Necesito que intervengas, no para llevar la muerte, sino desde el lado de la vida.
»Di que estás dispuesto y que tu vida se ha apartado del mal, confírmalo y de inmediato te verás sumergido en los peligros y las penalidades de intentar hacer algo que es incuestionablemente bueno.
Peligros y penalidades.
– Lo haré -dije. Quise repetir esas palabras, pero parecían flotar en el aire delante de nosotros-. Donde sea. Basta que me expliques lo que quieres de mí, que me digas cómo he de cumplir tu petición. ¡Enséñamelo! No me importa el peligro. No me importan las penalidades. Dime que es bueno, y lo haré. «¡Dios querido, creo que me has perdonado! ¡Y que Tú me ofreces esta oportunidad! Soy tuyo.»
Sentí una felicidad inmediata e inesperada, una levedad henchida de gozo.
De nuevo cambió la atmósfera que me rodeaba.
Los colores de la habitación se emborronaron y se hicieron más brillantes. Pareció como si me sacaran del marco de un cuadro, y el cuadro mismo se hiciera más amplio y menos nítido, y luego se disolviera a mi alrededor en una neblina tenue, ingrávida y trémula.
– ¡Malaquías! -grité.
– Estoy a tu lado -dijo su voz.
Ascendíamos. El día se había diluido en una penumbra purpúrea, pero la oscuridad se llenaba de una luz suave y acariciante. Luego estalló en mil millones de chispas de fuego.
Un sonido me sobrecogió, era tan hermoso como indescriptible. Parecía sostenerme con tanta firmeza como me elevaban las corrientes de aire, con tanta firmeza como me guiaba la cálida presencia de Malaquías, aunque yo no podía ver otra cosa que el cielo estrellado, y el sonido se convirtió en una gran y hermosa nota profunda, como el eco de un gran gong de bronce.
Se había alzado un viento penetrante, pero el resonar de la nota se impuso sobre él, y luego llegaron otras notas, moduladas, vibrantes, como un repique de muchas campanas puras e ingrávidas. Poco a poco la música disolvió enteramente el soplo del viento en sí misma, y creció y se hizo más rápida, y yo escuché un canto más fluido y rico que nada que hubiera oído anteriormente. Trascendía los himnos terrestres de manera tan indescriptible que perdí todo sentido del tiempo. Sólo podía imaginar oír aquellas canciones por siempre, y la conciencia de mí mismo desapareció.
«Dios querido, y yo que te he abandonado, que te he vuelto la espalda… Soy tuyo.»
Las estrellas habían multiplicado su número hasta parecer las arenas del mar. De hecho, su brillo hacía desaparecer la oscuridad, aunque cada estrella titilaba con una perfecta luz iridiscente. Y a mi alrededor, por encima, debajo, a los lados, vi lo que parecían ser estrellas fugaces, que cruzaban veloces sin el menor sonido.
Me sentí incorpóreo en medio de aquel espacio que no deseaba abandonar nunca más. De pronto, como si me lo hubiera dicho alguien, me di cuenta de que las estrellas fugaces eran ángeles. Lo supe sin más. Supe que eran ángeles que viajaban arriba y abajo y a través y en diagonal, y que esos viajes veloces e inevitables formaban parte de la urdimbre y la trama de aquel gran reino universal.
Yo no viajaba a la misma velocidad. Yo iba a la deriva. Pero incluso en esa palabra está implicada la fuerza de la gravedad para que exprese adecuadamente la fácil naturalidad con la que me movía.