La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
Erica comprendió que debería hablar con algún otro amigo de Christian antes de dejar volar la imaginación. Pero ¿con cuál? Solo tenía una vaga idea de con quiénes se relacionaba Christian. El primero que se le ocurrió fue Magnus Kjellner, pero a menos que ocurriera un milagro, él no constituía una alternativa. Parecía que Christian y Sanna se relacionaban también con Erik Lind, el dueño de la constructora, y con su socio Kenneth Bengtsson. Erica no tenía la menor idea del grado de intimidad ni de cuál de los dos le proporcionaría más información. Además: ¿cómo reaccionaría Christian si averiguase que estaba interrogando a sus amigos y conocidos?
Finalmente, decidió dejar a un lado sus reparos. Su curiosidad era mayor. Y, sobre todo, lo hacía por el bien de Christian. Si él no quería enterarse de quién le enviaba aquellas amenazas, ella tendría que averiguarlo por él.
De repente, tuvo clarísimo con quién debía hablar.
Ludvig miró otra vez el reloj. Pronto sería la hora de la pausa. Las mates eran la peor asignatura con diferencia y, como de costumbre, el tiempo transcurría a paso de tortuga. Faltaban cinco minutos. Hoy su descanso coincidía con el del grupo 7A, lo que implicaba que coincidía con el de Sussie. Ella tenía la taquilla en la hilera detrás de la suya y, con un poco de suerte, llegarían al mismo tiempo a guardar los libros después de clase. Llevaba más de seis meses enamorado de ella. Nadie lo sabía, salvo Tom, su mejor amigo. Y Tom sabía que sufriría una muerte lenta y dolorosa si se chivaba.
Sonó el timbre y Ludvig cerró despacio el libro de mates y salió corriendo del aula. Iba mirando a su alrededor mientras se dirigía a las taquillas, pero no vio a Sussie. Tal vez ellos no hubiesen terminado aún.
Pronto se atrevería a hablar con ella. Lo tenía decidido. Solo que no sabía cómo empezar ni qué decir. Había intentado convencer a Tom de que se hiciese el encontradizo con alguna de sus amigas, por si él podía acercársele así, pero Tom se negó, así que Ludvig tenía que ingeniar otro método.
Cuando llegó a las taquillas no vio a nadie. Abrió la puerta, dejó los libros y volvió a cerrar. Quizá hoy no hubiese ido a la escuela. Tampoco la había visto a lo largo de la mañana, podría estar enferma o no tener clase. La idea lo hundió de tal modo que incluso llegó a pensar en saltarse la última clase. Alguien le dio un golpecito en el hombro y Ludvig dio un respingo.
– Perdona, Ludvig, no era mi intención darte un susto.
Era la directora. Estaba pálida y muy seria y Ludvig comprendió en una fracción de segundo para qué lo buscaba. Sussie y todo lo que hacía un momento le parecía tan importante se esfumó de pronto y en su lugar apareció un dolor tan profundo que pensó que no cesaría jamás.
– Quisiera que me acompañaras a mi despacho. Elin ya está allí.
Ludvig asintió. No tenía sentido preguntar el motivo, él ya lo sabía. El dolor le irradiaba hasta las yemas de los dedos y no sentía los pies, que seguían los pasos de la directora. Los movía hacia delante, porque sabía que era lo que debía hacer, pero no sentía nada.
Algo más al fondo del pasillo, a medio camino hacia el despacho de la directora, se cruzó con Sussie, que lo miró directamente a los ojos. Era como si hubiera pasado un siglo desde que ese gesto le importara. Nada había, salvo el dolor. A su alrededor, todo resonaba vacío.
Elin rompió a llorar en cuanto lo vio. Seguramente habría estado tratando de combatir el llanto y, tan pronto como Ludvig cruzó el umbral, salió corriendo hacia él y se le echó en los brazos. Él la abrazó fuerte y empezó a acariciarle la espalda mientras lloraba.
El policía al que había visto en varias ocasiones aguardaba algo apartado en tanto que ellos se daban consuelo. Hasta ahora no había dicho una palabra.
– ¿Dónde lo encontraron? -preguntó Ludvig al fin, sin ser consciente de haber formulado la pregunta. Ni siquiera estaba seguro de querer oír la respuesta.
– En Sälvik -dijo el policía que, según creía recordar, se llamaba Patrik. Su colega se hallaba unos pasos atrás y parecía un tanto indecisa. Ludvig la comprendía. Él tampoco sabía qué decir. Ni qué hacer.
– Habíamos pensado llevaros a casa. -Patrik le hizo un gesto a Paula para que se adelantara. Elin y Ludvig los siguieron. En la puerta, Elin se detuvo y se dirigió a Patrik:
– ¿Se ahogó?
Ludvig también se paró, pero se dio cuenta de que el policía no pensaba decir nada más por el momento.
– Vamos a casa, Elin. Ya hablaremos de eso -respondió Ludvig en voz baja, cogiéndola de la mano. En un primer momento, ella se resistió. No quería irse, no quería saber. Luego echó a andar.
– Pues oye… -Mellberg hizo una pausa de efecto. Señaló el corcho en el que Patrik había clavado cuidadosamente con chinchetas todo el material relativo a la desaparición de Magnus Kjellner-. Aquí he colgado lo que tenemos, y no es que sea para tirar cohetes. Después de tres meses, esto es lo que habéis conseguido. Pues os diré solo una cosa, tenéis una suerte loca de estar aquí, en un pueblo, y no en la vorágine de Gotemburgo. ¡Allí habríamos terminado el trabajo en una semana!
Patrik y Annika intercambiaron una mirada elocuente. El período que Mellberg estuvo prestando servicio en Gotemburgo se había convertido en un tema recurrente desde que llegó a Tanumshede como jefe de Policía. Ahora al menos parecía haber perdido la esperanza de que volvieran a darle el traslado, una esperanza que solo él creía que pudiera cumplirse un día.
– Hemos hecho cuanto hemos podido -replicó Patrik con tono cansino. Era consciente de lo vano que resultaría el intento de rebatir las acusaciones de Mellberg-. Además, hasta hoy no era una investigación de asesinato. Lo hemos llevado como una desaparición.
– Bueno, bueno. ¿Podrías exponer brevemente lo ocurrido, dónde apareció el cadáver y cómo, y la información que haya proporcionado Pedersen hasta ahora? Naturalmente, lo llamaré luego, hasta ahora no he tenido tiempo. Entretanto, nos apañaremos con lo que tengas tú.
Patrik refirió los sucesos del día.
– ¿De verdad que estaba atrapado en el hielo? -Martin Molin miró a Patrik con un escalofrío.
– Luego podremos ver fotografías del lugar, pero sí, se había congelado en el agua. Si el perro no se hubiese adentrado por la capa helada, habríamos tardado bastante en encontrar a Magnus Kjellner. Si es que lo encontrábamos. En cuanto el hielo hubiera empezado a derretirse, se habría soltado y se lo habría llevado la corriente. Podría haber aparecido en cualquier parte. -Patrik meneó la cabeza.
– Lo que significa que no podemos establecer dónde y cuándo lo arrojaron al agua, ¿no? -preguntó Gösta sombrío, acariciando distraído a Ernst, que se le había pegado a la pierna.
– El hielo no cuajó hasta diciembre. Tendremos que esperar el dictamen de Pedersen para saber cuánto tiempo calcula que lleva muerto Magnus Kjellner, pero yo diría que murió poco después de que denunciaran su desaparición. -Patrik hizo un gesto de advertencia con el dedo-. Pero, como decía, no disponemos de datos que apoyen esa hipótesis, de modo que no podemos trabajar basándonos en ella.
– Ya, pero parece lógico -observó Gösta.
– Has mencionado que presentaba varias heridas, ¿qué sabemos al respecto? -Paula entornó los ojos castaños mientras tamborileaba impaciente con el bolígrafo en un bloc que tenía en la mesa.
– Pues tampoco me dio mucha información sobre ese particular, ya sabéis cómo es Pedersen. No le gusta nada revelar ningún detalle antes de haber efectuado un examen exhaustivo. Solo me dijo que lo habían agredido y que presentaba cortes profundos.
– Lo que probablemente signifique que lo hirieron con una navaja -completó Gösta.
– Sí, probablemente.
– ¿Cuándo tendremos la información de Pedersen? -Mellberg se había sentado a un extremo de la mesa y llamó al perro chasqueando los dedos. Ernst se alejó enseguida de Gösta y apoyó la cabeza en la rodilla de su dueño.