La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
Kenneth se echó a reír. Ella siempre había sabido hacerlo reír. ¿Quién lo haría en adelante? ¿Quién le daría un beso en la calva y le diría que era una suerte que Dios hubiese previsto una pista de aterrizaje para besos en mitad de su cabeza? Kenneth sabía que no era el hombre más guapo del mundo pero, a los ojos de Lisbet, siempre lo fue. Y todavía le resultaba extraordinario que él hubiese conseguido una mujer tan guapa. Incluso ahora que el cáncer se había llevado todo y la había devorado por dentro. La entristeció mucho perder el pelo y él intentaba recurrir a la misma broma que ella, que Dios había construido una pista de aterrizaje para sus besos. Ella sonreía, pero la sonrisa no afloraba a los ojos.
Siempre se sintió orgullosa de su pelo. Rubio y rizado. Y él la había visto llorar delante del espejo, cuando se pasaba la mano por los escasos mechones que le quedaron después del tratamiento. A él le seguía pareciendo guapa, pero era consciente de lo mucho que ella sufría. De modo que lo primero que hizo cuando le surgió un viaje a Gotemburgo fue entrar en una boutique y comprarle un fular Hermès. Lisbet se moría por un pañuelo de esos, pero siempre protestaba cuando Kenneth quería comprárselo. «No se puede pagar tanto dinero por un trozo de tela tan pequeño», le decía cuando él intentaba convencerla.
Pero en esta ocasión lo compró de todos modos. El más caro que tenían. Ella se incorporó en la cama con esfuerzo y abrió el paquete, sacó el fular del hermoso envoltorio y se acercó al espejo. Y, sin apartar la vista de la cara, se anudó en la cabeza el rectángulo de seda brillante con estampado en amarillo y oro, que ocultó los mechones, las zonas sin pelo. E hizo aflorar de nuevo a los ojos el brillo que tan duro tratamiento le había arrebatado junto con el pelo.
Lisbet no dijo una palabra, únicamente se acercó a Kenneth, que estaba sentado en el borde de la cama, y le dio un beso en plena calva. Luego, volvió a acostarse. Se apoyó en el almohadón blanco que hacía resplandecer el dorado del pañuelo. A partir de aquel día, siempre lo llevó en la cabeza.
– Quiero que Annette se quede con aquella cadena de oro tan gruesa y Josefine, con las perlas. El resto pueden repartírselo como quieran, y esperemos que no discutan. -Lisbet se echó a reír, a sabiendas de que las hijas de su hermana no tendrían ningún problema para ponerse de acuerdo en el reparto de las joyas que tenía.
Kenneth se estremeció. Se había perdido en los recuerdos y aquello lo arrancó del pasado de un modo brutal. Comprendía a su mujer y su necesidad de dejarlo todo arreglado antes de abandonar esta vida. Al mismo tiempo, no soportaba nada de aquello que le recordaba lo inevitable, lo que, según los entendidos, ya no se demoraría en llegar. Habría dado cualquier cosa por no tener que estar así, con aquella mano frágil entre las suyas, oyendo cómo la mujer a la que quería repartía sus bienes materiales.
– Y no quiero que te quedes solo el resto de tu vida. Procura salir de vez en cuando, para que veas el panorama, pero ni se te ocurra poner uno de esos anuncios de Internet, porque yo creo que…
– Venga ya, déjalo -le dijo acariciándole la mejilla-. ¿De verdad crees que habría alguna mujer que pudiera compararse contigo? Pues lo mejor es no intentarlo siquiera.
– Pero es que no quiero que te quedes solo -respondió muy seria, apretándole la mano tanto como podía-. ¿Me oyes? Hay que seguir adelante. -La frente se le perló de sudor y Kenneth se la secó dulcemente con el pañuelo que había en la mesita.
– Ahora estás aquí. Y eso es lo único que me importa.
Guardaron silencio un instante, mirándose a los ojos. Allí estaba toda la vida que habían compartido. La gran pasión del comienzo, que nunca desapareció del todo, por más que el día a día la menoscabara a veces. Todas las risas, la camaradería, la intimidad. Todas las noches que pasaron juntos, muy juntos, cuando ella reposaba con la mejilla en el pecho de él. Tantos años pensando en hijos que no llegaron, las esperanzas que arrastraban ríos de color rojo, pero que al final desembocaron en la serenidad de quien acepta las cosas como son. Aquella vida llena de amigos, de aficiones, de amor mutuo.
El móvil de Kenneth sonó en el recibidor. Se quedó sentado, sin soltarle la mano. Pero el aparato seguía sonando y, finalmente, ella le hizo un gesto de asentimiento.
– Más vale que contestes. Quien sea parece tener mucho interés en hablar contigo.
Kenneth se levantó a disgusto y, una vez en el recibidor, cogió el teléfono de la cómoda. «Erik», leyó en la pantalla. Una vez más, notó que lo inundaba una oleada de irritación. Incluso en aquellas circunstancias invadía su tiempo.
– ¿Sí? -respondió sin esforzarse por esconder su reacción. Sin embargo, esta fue cambiando mientras escuchaba. Tras formular varias preguntas breves, colgó y volvió con Lisbet. Respiró hondo, sin apartar la mirada de la cara de su mujer, tan marcada por la enfermedad pero, a sus ojos, tan hermosa, ribeteada por aquel halo dorado y amarillo.
– Parece que han encontrado a Magnus. Está muerto.
Erica había intentado llamar a Patrik varias veces, pero no obtuvo respuesta. Debía de tener mucho trabajo en la comisaría.
Estaba en casa, delante del ordenador, buscando información en Internet. Ponía todo su empeño en concentrarse, pero no había forma, era obvio que resultaba imposible, con dos pares de piececillos dando patadas en la barriga. Y le costaba controlar sus pensamientos. La inquietud. Los recuerdos de la primera época con Maja, que tan lejos estuvo de la felicidad de color de rosa que ella había imaginado. Cuando Erica pensaba en aquellos meses, tenía la sensación de que era como un agujero negro en el tiempo, y ahora le esperaba el doble de lo mismo. Dos que alimentar, que se despertaban, que exigían toda su atención, todo su tiempo. Quizá fuese egoísta, quizá por eso le costaba tanto poner todo su ser, toda su existencia, en manos de otra persona. En manos de sus hijos. Aquello la angustiaba y, al mismo tiempo, le daba cargo de conciencia. Porque ¿con qué derecho se preocupaba por tener dos hijos más, dos regalos al mismo tiempo? Pero se preocupaba. Tanto que se rompía por dentro. Al mismo tiempo, ahora sabía cuál era el resultado. Maja era una alegría tan inmensa que Erica no lamentaba un solo segundo de aquel tiempo tan difícil. Aun así, ahí estaba el recuerdo, un recuerdo que dolía.
De repente notó una patada tan fuerte que se quedó sin respiración. Alguno de los pequeños, o tal vez los dos, tenía sin duda talento futbolístico. El dolor la devolvió al presente. Era consciente de que las cavilaciones en torno a Christian y las cartas eran seguramente algo con lo que prefería ocuparse para no pensar ni preocuparse tanto, pero, si era así, bien estaba.
Entró en Google y tecleó su nombre: «Christian Thydell». Aparecieron varias páginas de resultados, todas ellas sobre el libro, ninguna relativa a algún hecho del pasado. Lo intentó añadiendo la palabra Trollhättan. Ningún resultado. Si había vivido allí, debió de dejar algún rastro. Debía ser posible averiguar algo más. Erica pensaba, mordiéndose la uña del pulgar. ¿Estaría totalmente desencaminada? En realidad, nada indicaba que el remitente de las cartas fuese alguien que conociera a Christian antes de que este llegara a Fjällbacka.
Aun así, Erica siempre volvía a la pregunta de por qué se mostraba tan celoso de mantener en secreto su pasado. Era como si hubiera borrado la época anterior a su traslado a Fjällbacka. ¿O quizá era solo con ella con quien no quería hablar? La idea le molestaba, pero no podía quitársela de la cabeza. Claro que tampoco parecía haberse sincerado mucho en el trabajo, pero no era lo mismo. Ella tenía la sensación de que Christian y ella habían alcanzado cierto grado de intimidad mientras estuvieron trabajando en la novela, dando vueltas a ideas y reflexiones, discutiendo los tonos y matices de las palabras. Pero en realidad, tal vez estuviese equivocada por completo.