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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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Aunque no había sospechado de Alcide en ningún momento, estaba claro que alguien había liquidado al licántropo. Por primera vez, traté de dilucidar quién habría metido el cadáver en el armario. Hasta ese momento, había estado demasiado ocupada pensando en cómo deshacernos del cuerpo.

– ¿Quién más tiene tus llaves? -pregunté.

– Sólo mi padre y yo, y la mujer de la limpieza que se encarga de casi todos los apartamentos del edificio. Pero no se la queda ella, siempre se la da el administrador del edificio -giramos por una hilera de contenedores y Alcide metió la bolsa que contenía la cortina.

– Es una lista bastante corta.

– Así es -dijo Alcide lentamente-. Es verdad, pero sé que mi padre está en Jackson. Hablé con él por teléfono esta mañana, justo después de levantarme. La mujer de la limpieza sólo viene cuando dejamos un mensaje al administrador. El guarda una copia de nuestras llaves, se la pasa cuando la necesita y ella se la devuelve cuando termina.

– Y ¿qué hay del guarda del aparcamiento? ¿Trabaja toda la noche?

– Sí, porque es la única línea de seguridad entre la gente que quiera colarse y el ascensor. Casi siempre se entra así, aunque hay puertas en la parte frontal del edificio que dan a la calle principal. Esas están cerradas con llave en todo momento. Allí no hay guarda, pero sí que hacen falta unas llaves para abrirlas.

– Entonces, si alguien puede despistar al guarda, podría subir en ascensor hasta tu piso sin que nadie lo detuviera.

– Oh, claro.

– Y esa persona tendría que forzar la cerradura de tu puerta.

– Sí, y arrastrar y guardar el cuerpo en el armario. Y eso parece muy improbable -dijo Alcide.

– Pero eso es lo que parece que ha pasado. Oh, hmmm… ¿Alguna vez le diste una llave a Debbie? Quizá alguien se la haya quitado -me esforcé por sonar neutral, pero no creo que me saliera muy bien.

Una larga pausa.

– Sí, tenía una llave -dijo Alcide, rígido.

Me mordí el labio para no formular la siguiente pregunta.

– No, no me la llegó a devolver.

No me hizo falta formularla.

Rompiendo un silencio algo cargado, Alcide sugirió que almorzáramos. Por extraño que pudiera parecer, me di cuenta de que estaba hambrienta.

Comimos en Hal and Mal's, un restaurante cerca del centro. Era un viejo almacén, y las mesas estaban lo bastante separadas entre sí como para permitirnos tener nuestra conversación sin que nadie llamara a la policía.

– No creo -murmuré- que nadie pudiera pasearse por los alrededores de tu edificio con un cadáver al hombro, fuese cual fuese la hora.

– Pues nosotros acabamos de hacerlo -dijo, irrefutablemente-. Supongo que debió de pasar entre, digamos, las dos y las siete de la mañana. Estábamos dormidos a las dos, ¿verdad?

– Más bien a las tres, considerando la visita de Eric.

Nuestras miradas se cruzaron. Eric. ¡Eureka!

– Pero ¿por qué iba a haber hecho eso? ¿Es que está enamorado de ti? -preguntó Alcide sin rodeos.

– Yo no diría tanto -murmuré, avergonzada.

– Ya, quiere acostarse contigo.

Asentí sin mirarle a los ojos.

– Parece que le pasa a más de uno -dijo Alcide con un suspiro.

– Eh -dije despectivamente-. Sigues afectado por lo de esa Debbie, y lo sabes.

Nos miramos mutuamente. Sería mejor sacar el tema a la luz y zanjarlo definitivamente.

– Puedes leerme la mente mejor de lo que había creído -admitió Alcide. La expresión de su amplia cara parecía triste-. Pero ella no… Y ¿qué me importa ella? Ni siquiera estoy seguro de que me guste. Tú sí que me gustas.

– Gracias -dije, esbozando una sonrisa de corazón-. Tú también me gustas muchísimo.

– Está claro que tú y yo estamos más hechos el uno para el otro que cualquiera de las personas con las que hemos salido -dijo.

Era innegablemente cierto.

– Sí, y creo que sería feliz contigo.

– Y a mí me encantaría compartir mi rutina contigo.

– Pero parece que no vamos a llegar a eso.

– No -dijo con un pesado suspiro-. Supongo que no.

La joven camarera se nos quedó mirando mientras nos marchábamos, asegurándose de que Alcide se diera cuenta de lo bien enfundada que estaba en sus vaqueros.

– Lo que creo que haré -dijo Alcide- será sacar a Debbie de mi vida, de raíz. Y entonces me presentaré en tu puerta cuando menos te lo esperes con la esperanza de que, para entonces, hayas pasado de tu vampiro.

– Y ¿seremos felices para siempre jamás desde ese momento? -sonreí.

Asintió.

– Bueno, es algo que me gustaría mucho -le dije.

8

Estaba tan cansada cuando volvimos al apartamento de Alcide, que sólo me quedaban ánimos para una siesta. Estaba siendo uno de los días más largos de mi vida, y aún era media tarde.

Aun así, tuvimos que hacer algunas tareas domésticas antes. Mientras Alcide colgaba la nueva cortina de la ducha, yo me dediqué a limpiar la alfombra del armario con el spray, abrí uno de los ambientadores y lo deposité sobre el estante. Cerramos todas las ventanas, encendimos la calefacción y catamos el aire mientras nos mirábamos mutuamente.

El apartamento olía bien. Lanzamos un suspiro de alivio al unísono.

– Acabamos de hacer algo muy ilegal -dije, aún incómoda por mi inmoralidad- Con todo, me alegro mucho de que lo hayamos resuelto.

– No te preocupes por no sentirte culpable -dijo Alcide-. No tardará en surgir algo por lo que lo harás. Ahorra energías.

Era un consejo tan bueno, que decidí probarlo.

– Me voy a echar una siesta -dije- para estar un poco despierta esta noche -no conviene estar lenta cerca de los vampiros.

– Buena idea -convino Alcide, levantándome una ceja. Yo me reí, agitando la cabeza. Me metí en el dormitorio pequeño, cerré la puerta, me quité las zapatillas y me dejé caer en la cama con un tranquilo deleite. Al cabo de un rato, extendí la mano hacia un lado de la cama, agarré el borde de la colcha de felpilla y me tapé con ella. En aquel apartamento silencioso, con la calefacción a un nivel adecuado y estable, apenas necesité varios minutos para quedarme dormida.

Me desperté de golpe, completamente alerta. Sabía que había alguien más en el apartamento. Quizá mi subconsciente había escuchado que llamaban a la puerta, o quizá había percibido el murmullo de voces en el salón. Me deslicé fuera de la cama en silencio y me pegué a la puerta, sin que mis calcetines hicieran ningún ruido sobre la alfombra beis. Como la puerta sólo estaba entornada, acerqué la oreja al vano para poder escuchar.

– Jerry Falcon se pasó por mi apartamento anoche -decía una voz grave.

– No lo conozco -replicó Alcide. Sonaba calmado, pero cauto.

– Dice que le metiste en problemas en el Josephine's anoche.

– ¿Que yo me metí con él? Si es el tío que agredió a la chica con la que iba, ¡él mismo se metió en el problema!

– Cuéntame lo que pasó.

– Le entró a mi chica mientras yo estaba en los aseos. Cuando protestó, empezó a meterse con ella, y llamó la atención.

– ¿Le hizo daño?

– La puso de los nervios y le hizo algo de sangre en el hombro.

– Una ofensa de sangre -la voz se volvió mortalmente seria.

– Sí.

Así que la uña clavada en mi hombro suponía una ofensa de sangre, fuese lo que fuese eso.

– ¿Y después?

– Salí de los aseos, se lo quité de encima y apareció el señor Hob.

– Eso explica las quemaduras.

– Sí. Hob lo echó por la puerta de atrás. Y ésa fue la última vez que lo vi. ¿Dices que se llama Jerry Falcon?

– Sí. Vino derechito a mi casa después de aquello, cuando el resto de los muchachos abandonó el bar.

– Intervino Edgington. Estaban a punto de echársenos encima.

– ¿Edgington estaba allí? -la voz profunda no parecía nada contenta.

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