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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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– Oh, sí, con su novio.

– ¿Cómo se implicó Edgington?

– Les dijo que se marcharan. Dado que es el rey, y como ellos trabajan para él de vez en cuando, no esperaba sino obediencia. Pero un cachorro se le puso chulo, así que Edgington le rompió la rodilla y obligó a los demás a que se lo llevaran. Lamento que haya habido problemas en tu ciudad, Terence, pero nosotros no tuvimos la culpa.

– Tienes privilegios de invitado en nuestra manada, Alcide. Te respetamos. Y aquellos de los nuestros que trabajan para los vampiros, bueno, ¿qué puedo decir? No son precisamente ciudadanos ejemplares. Pero Jerry es su líder, y fue avergonzado delante de su gente anoche. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte en nuestra ciudad?

– Sólo una noche más.

– Y es luna llena.

– Sí, lo sé. Trataré de pasar desapercibido.

– ¿Qué vas a hacer esta noche? ¿Tratarás de no cambiar o te unirás a mí en mi territorio de caza?

– Trataré de mantenerme ajeno a la luna, no quiero estresarme.

– Entonces no irás al Josephine's.

– Desgraciadamente, Russell insistió en que volviésemos esta noche. Se sentía culpable por los problemas sufridos por mi invitada. No habría aceptado un no por respuesta.

– El Club de los Muertos en una noche de luna llena, Alcide. No es muy inteligente.

– Y ¿qué le voy a hacer? Russell es el que parte el bacalao en Misisipi.

– Comprendo. Pero ten cuidado, y si ves a Jerry Falcon por ahí, cámbiate de acera. Esta es mi ciudad -la profunda voz se cargó de autoridad.

– Lo entiendo, líder de la manada.

– Bien. Ahora que tú y Debbie Pelt habéis roto, espero que pase un tiempo antes de que te volvamos a ver por aquí, Alcide. Deja que las cosas se calmen. Jerry es un hijo de puta vengativo. Irá a por ti si puede, antes siquiera de empezar una pelea.

– El fue quien causó la ofensa.

– Lo sé, pero gracias a su larga asociación con los vampiros está muy pagado de sí mismo. No siempre sigue las tradiciones de la manada. Sólo acudió a mí, como debía, porque Edgington os favoreció a vosotros.

Jerry no seguiría ninguna tradición jamás. Jerry yacía en los bosques del oeste.

Mientras dormía la siesta, había oscurecido. Oí un golpecito en el cristal de la ventana. Di un respingo, pero luego atravesé la habitación muy silenciosamente. Corrí la cortina y crucé mis labios con un dedo. Era Eric. Esperaba que a nadie de la calle le diera por mirar hacia arriba. Me sonrió e hizo un gesto para que abriese la puerta. Agité la cabeza con vehemencia e insistí con el dedo sobre los labios. Si dejaba pasar a Eric, Terence lo escucharía y mi presencia quedaría al descubierto. Y no tenía la más mínima duda de que a Terence no le gustaría saber que alguien había escuchado su conversación a escondidas. Volví de puntillas a la puerta y seguí escuchando. Se estaban despidiendo. Volví a mirar hacia la ventana para comprobar que Eric me contemplaba con sumo interés. Alcé un dedo para indicar que era cuestión de un minuto.

Oí cómo se cerraba la puerta del apartamento. Un instante después, alguien llamó a la de mi habitación. Mientras hacía pasar a Alcide, esperaba no tener las arrugas de las sábanas pegadas en la cara.

– Alcide, lo he oído casi todo -dije-. Lamento haber escuchado a escondidas, pero parecía concernirme. Eh, Eric está aquí.

– Ya lo veo -dijo Alcide sin entusiasmo-. Supongo que será mejor que lo haga pasar -dijo, mientras abría la ventana.

Eric entró con toda la limpieza que puede hacerlo un hombre alto por una ventana pequeña. Vestía un traje completo, incluido chaleco y corbata. Tenía el pelo recogido en una cola de caballo. También llevaba gafas.

– ¿Vas disfrazado? -pregunté. Apenas podía creerlo.

– Así es -se miró de arriba a abajo con orgullo-. ¿No parezco diferente?

– Sí -admití-. Pareces básicamente Eric, trajeado por una vez.

– ¿Te gusta el traje?

– Claro -dije. Mis conocimientos sobre la ropa elegante masculina son limitados, pero estaba dispuesta a apostar a que ese conjunto de tres piezas marrón oliva había costado más de lo que yo ganaba en dos semanas. O cuatro. Quizá yo no habría escogido ese color para alguien de ojos azules, pero tuve que admitir que tenía un aspecto espectacular. Si sacasen un especial de vampiros en el GQ, sin duda querrían una foto suya-. ¿Quién te ha arreglado el pelo? -pregunté, dándome cuenta por primera vez de que se lo habían entrelazado de forma intrincada.

– Ohhh, ¿celosa?

– No, tan sólo pensé que me podrían enseñar cómo hacérmelo en el mío.

Alcide tuvo suficiente de cháchara sobre estilismo.

– ¿Por qué me has dejado un muerto en el armario? -inquirió con tono beligerante.

Pocas veces he visto a Eric carecer de palabras, pero sin duda no sabía qué decir… al menos durante treinta segundos.

– El del armario no sería Bubba, ¿verdad?

Era nuestro turno de quedarnos boquiabiertos; Alcide porque no sabía quién demonios era Bubba, y yo porque no podía imaginar qué le habría pasado al vampiro retrasado.

Informé rápidamente a Alcide sobre Bubba.

– Eso explica los avistamientos -dijo, agitando la cabeza de lado a lado-. Maldita sea, ¡eran ciertos!

– El grupo de Memphis quería quedarse con él, pero fue del todo imposible -explicó Eric-. Sólo quería volver a casa, y eso habría provocado incidentes. Así que nos lo fuimos pasando.

– Y ahora lo habéis perdido -observó Alcide, no demasiado afectado por el problema de Eric.

– Es posible que la gente que trataba de pillar a Sookie en Bon Temps se topara con Bubba en su lugar -dijo Eric. Se estiró el chaleco, mirando hacia abajo con satisfacción-. Bueno, entonces ¿quién estaba en el armario?

– El motero que molestó a Sookie anoche -explicó Alcide-. La marcó mientras yo estaba en los aseos.

– ¿La marcó?

– Sí, una ofensa de sangre -dijo Alcide de modo significativo.

– No mencionasteis nada de ello anoche -Eric alzó una ceja.

– No me apetecía hablar de ello -dije. No me gustó cómo lo dije, sonaba un poco desamparada-. Además, no fue mucha sangre.

– Déjame ver.

Desesperada, puse los ojos en blanco, pero estaba convencida de que Eric no se daría por vencido. Retiré el suéter del hombro, junto con el tirante del sujetador. Afortunadamente, el suéter era tan viejo que había perdido su elasticidad y permitió bastante bien el movimiento. Las marcas de las uñas eran como medias lunas incrustadas, hincadas y rojas, a pesar de habérmelas desinfectado con cuidado la noche anterior. Sé cuántos gérmenes puede haber bajo las uñas.

– ¿Ves? -dije-. No es para tanto. Estaba más enfadada que asustada o dolorida.

Eric mantuvo la mirada sobre las feas heridas hasta que volví a cubrirlas con la ropa. Entonces miró a Alcide.

– Y ¿dices que estaba muerto en el armario?

– Sí -confirmó Alcide-. Llevaba horas muerto.

– ¿Qué lo mató?

– No lo habían mordido -dije-. Parecía que le habían roto el cuello. No nos apeteció entrar en los detalles. ¿No lo mataste tú?

– No, aunque habría sido un placer hacerlo.

Me estremecí, sin ganas de explorar ese oscuro pensamiento.

– Entonces ¿quién lo ha metido ahí? -pregunté, para reanudar la conversación.

– Y ¿por qué? -añadió Alcide.

– ¿Sería mucho preguntar dónde está ahora? -Eric logró sonar como si estuviese perdonando a dos críos pendencieros.

Alcide y yo intercambiamos miradas.

– Hmmm, bueno, está… -la voz se me quebró.

Eric inhaló, catando la atmósfera del apartamento.

– El cuerpo ya no está aquí. ¿Habéis llamado a la policía?

– Pues no -murmuré-. En realidad, nosotros, eh…

– Lo dejamos tirado en el campo -dijo Alcide. Sencillamente no había una forma agradable de decirlo.

Conseguimos sorprender a Eric por segunda vez.

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