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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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– Vaya -dijo llanamente-. Si resulta que sois todos unos emprendedores.

– De algún modo había que solucionarlo -dije, quizá sonando un poco a la defensiva.

Eric sonrió. No era un panorama agradable.

– Sí, apuesto a que lo habéis hecho.

– El líder de la manada ha venido a verme hoy -dijo Alcide-. De hecho, hace un momento. Y no sabía que Jerry hubiera desaparecido. De hecho, Jerry acudió a Terence para quejarse, después de abandonar el bar anoche. Le dijo que yo le había causado un agravio. Así que fue visto después del incidente en el Josephine's.

– Así que os habéis librado.

– Eso creo.

– Teníais que haberlo quemado -dijo Eric-. Habría acabado con cualquier rastro de vuestro olor en él.

– No creo que nadie pueda detectar nuestro olor -le dije-. De verdad lo digo. Creo que en ningún momento llegamos a tocarlo con la piel desnuda.

Eric miró a Alcide, y éste asintió.

– Estoy de acuerdo -convino-. Y lo digo como uno de la doble estirpe.

Eric se encogió de hombros.

– No se me ocurre quién lo habrá matado y lo habrá dejado en tu apartamento. Es obvio que alguien quería culparos de su muerte.

– Si eso es así, ¿por qué no llamó a la policía desde una cabina y les dijo que había un cadáver en el 504?

– Buena pregunta, Sookie, y una a la que no puedo dar respuesta ahora mismo -Eric pareció perder el interés de golpe-. Esta noche estaré en el club. Si necesito hablar contigo, Alcide, dile a Russell que soy tu amigo del pueblo y que me has invitado para conocer a Sookie, tu nueva novia.

– Vale -dijo Alcide-. Pero no comprendo por qué quieres ir allí. Es buscarse problemas. ¿Qué pasa si uno de los vampiros te reconoce?

– No conozco a ninguno.

– ¿Por qué te arriesgas? -quise saber-. ¿Por qué te metes en la boca del lobo?

– Puede que oiga algo que tú no, o que se le escape a Alcide por no ser un vampiro -dijo Eric razonablemente-. Discúlpanos un momento, Alcide. Sookie y yo tenemos cosas de las que hablar.

Alcide me miró para asegurarse de que eso no suponía un problema para mí, antes de asentir a regañadientes y dirigirse al salón.

– ¿Quieres que te cure las marcas del hombro? -preguntó Eric abruptamente.

Pensé en las feas cicatrices costrosas y en los finos tirantes del vestido que planeaba ponerme. Casi accedí, pero me lo pensé dos veces.

– ¿Cómo explicártelo, Eric? Todo el bar lo vio agredirme.

– Tienes razón -Eric agitó la cabeza con los ojos cerrados, como si estuviera enfadado consigo mismo-. Por supuesto, no eres licántropo ni no muerta. ¿Cómo se iba a haber curado tan deprisa?

Entonces hizo otra cosa inesperada. Me cogió la mano derecha con las suyas y la aferró. Me miró directamente a la cara.

– He registrado Jackson. He buscado en almacenes, cementerios, granjas y cualquier sitio con un mínimo olor a vampiro: cada propiedad de Edgington y algunas de las de sus seguidores. No he encontrado el menor rastro de Bill. Sookie, temo que lo más probable es que Bill haya muerto. Definitivamente.

Me sentí como si me hubiese golpeado en la frente con un mazo. Me fallaron las rodillas. De no ser por sus increíbles reflejos, habría acabado en el suelo. Eric se sentó en la silla que había en el rincón de la habitación y me sostuvo en su regazo.

– Te he alterado demasiado. Tan sólo pretendía ser práctico, pero en vez de ello he sido…

– Brutal -sentí la tibieza de las lágrimas resbalándome desde los ojos.

Eric sacó la lengua y noté su humedad mientras lamía mis lágrimas. Parece que a los vampiros les gusta todo fluido corporal, a falta de sangre, y aquello no me molestaba en particular. Me alegraba de que alguien me consolara, aunque fuese Eric. Ahondé en mi desdicha mientras él reflexionaba.

– El único sitio donde no he mirada es en el complejo de Russell Edgington: su mansión y los edificios aledaños. Me asombraría que Russell fuese tan imprudente como para mantener cautivo a otro vampiro en su propia casa. Pero lleva cien años siendo rey. Así que puede haberse confiado. Quizá podría colarme por el muro, pero no podría volver a salir. Tiene licántropos patrullando el terreno. Es muy poco probable que podamos acceder a un lugar tan vigilado, y él no nos invitará, salvo en circunstancias muy inusuales -Eric dejó que todo aquello cuajara-. Creo que deberías contarme todo lo que sabes sobre el proyecto de Bill.

– ¿Para eso es todo esto de las manos agarradas y las palabras dulces? -estaba furiosa-. ¿Para sacarme información? -me quité de un salto, revitalizada por la ira.

Eric se incorporó también y se me acercó cuanto pudo.

– Creo que Bill está muerto -dijo-. Y trato de salvar mi vida y la tuya, mujer estúpida -Eric sonaba tan enfurecido como yo.

– Encontraré a Bill -dije, pronunciando cada palabra con mucho cuidado. No estaba segura de cómo iba a hacerlo, pero empezaría por husmear esa noche como nunca lo había hecho, y algo sacaría. No soy precisamente Pollyanna, pero siempre he sido optimista.

– No le puedes hacer ojitos a Edgington, Sookie, no le interesan las mujeres. Y si yo flirteara con él, sospecharía. No es muy habitual que un vampiro se líe con otro. Edgington no ha llegado donde está siendo ingenuo. Puede que su lugarteniente, Betty Joe, se interese por mí, pero también es vampira y la misma regla es aplicable. No sabes lo inusual que es la fascinación que siente Bill por Lorena. De hecho, habitualmente desaprobamos que los vampiros se enamoren entre sí.

Pasé por alto las dos últimas frases.

– ¿Cómo descubriste todo esto?

– Tuve un encuentro con una joven vampira anoche. Su novio solía ir a las fiestas en la casa de Edgington.

– Oh, ¿es bisexual?

Eric se encogió de hombros.

– El novio es licántropo, así que supongo que su naturaleza es dual en más de un sentido.

– Pensaba que las vampiras no salían con licántropos.

– Es una pervertida. A los jóvenes les gusta experimentar.

Puse los ojos en blanco.

– Entonces, lo que dices es que tengo que centrarme en conseguir que me inviten al complejo de Edgington porque no queda lugar en Jackson donde pueda estar Bill. ¿Es eso?

– Puede que esté en otro punto de la ciudad -dijo Eric, cauteloso-. Pero no lo creo. La probabilidad es nimia. Recuerda, Sookie. Hace días que está en sus manos -cuando Eric me miró, vi lástima en sus ojos.

Aquello me asustaba más que cualquier otra cosa.

9

Me atenazaba la escalofriante sensación que precede al peligro. Era la última noche que Alcide podría ir al Club de los Muertos: Terence le había advertido de que debía marcharse de manera muy clara. Después, estaría sola, si es que me permitían la entrada en el club sin la compañía de Alcide.

Mientras me vestía, me sorprendí deseando haber tenido que ir a un bar de vampiros normal, el típico sitio al que acuden humanos normales para alucinar con los vampiros. Fangtasia, el bar de Eric en Shreveport, era ese tipo de sitio. De hecho, la gente acudía en excursiones organizadas, pasaban la noche vestidos de negro, puede que tomando algo de sangre falsa o insertándose unos lechosos colmillos de pega. Se dedicaban a observar a los vampiros, distribuidos estratégicamente por el bar, maravillándose de su propia osadía. De vez en cuando, alguno de esos turistas cometía el error de atravesar la línea de seguridad que les mantenía seguros. Quizá le entraba a uno de los vampiros o le faltaba el respeto a Chow, el barman. Más tarde, seguramente, ese turista acabaría descubriendo dónde se había metido.

En un bar como el Club de los Muertos, todas las cartas estaban descubiertas sobre la mesa. Los humanos eran meros adornos emperifollados. Los sobrenaturales eran los verdaderos clientes.

A esas horas, la noche anterior me había sentido emocionada. Ahora sólo notaba una especie de determinación desafecta, como si me encontrase bajo los efectos de una poderosa droga que me separaba de la mayoría de las emociones más mundanas. Me puse las medias con unas bonitas ligas negras que Arlene me había regalado por mi cumpleaños. Sonreí mientras pensaba en mi amiga pelirroja y su increíble optimismo acerca de los hombres, incluso después de sus cuatro matrimonios. Arlene me diría que disfrutara de cada momento, de cada segundo, con cada gramo de entusiasmo que fuera capaz de aunar. Me diría que nunca se sabe a qué hombre puedes conocer, que quizá esta noche fuese la mágica. Que tal vez llevar medias cambiara el curso de mi vida. Eso me diría Arlene.

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