La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #3
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7143-2
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:
Iniciamos así un cauteloso juego, en el cual el alzabo buscaba sacar todo el partido posible de las sillas, la mesa y las paredes, y yo trataba de obtener el mayor espacio posible para mi espada.
Entonces ataqué. El alzabo eludió el mandoble, me pareció, por no más del ancho de un dedo, acometió y volvió atrás justo a tiempo para escapar a mi contraataque. Sus fauces, lo bastante grandes como para morder la cabeza de un hombre como un hombre muerde una manzana, habían chasqueado ante mi cara, empapándome con el hedor de su pútrido aliento.
El cielo retumbó de nuevo, tan cerca que poco después oí la estruendosa caída del árbol cuya muerte el trueno había proclamado; el fulgor del relámpago, de una paralizante claridad que iluminó todos los detalles, me dejó aturdido y ciego. En el torrente de oscuridad que siguió, blandí Terminus Est, sentí cómo mordía hueso, salté a un lado y mientras el trueno rugía volví a descargarla, esta vez sólo para enviar un trozo de mueble volando hacia la ruina.
Luego pude volver a ver. Mientras el alzabo y yo cambiábamos posiciones y nos esquivábamos, Agia también se había movido, y al relumbrar el relámpago había corrido sin duda a la escalera. Había subido hasta la mitad, y vi que Casdoe alargaba la mano para ayudarla. Yo tenía al alzabo enfrente, al parecer tan entero como antes; pero gotas de sangre oscura formaban un charco ante las patas delanteras de la bestia. A la lumbre del fuego la piel se veía roja y raída, y las uñas de las patas, más grandes y más toscas que las de un oso, eran también de un rojo oscuro, y parecían translúcidas. Volví a oír la voz, más espantosa que la de un cadáver parlante, que en la puerta había dicho Abre, querida. Esta vez decía:
—Sí, estoy herido. Pero el dolor no es tanto, y puedo mantenerme en pie y moverme como antes. No puedes separarme de mi familia para siempre. —Lo que hablaba por la boca de la bestia era la voz de un hombre denodado, impetuoso y sincero.
Saqué la Garra y la dejé sobre la mesa, pero no era más que una chispa azul.
—¡Luz! —le grité a Agia. No llegó luz alguna, y oí el traqueteo que hacía la escalera mientras las mujeres subían.
—No tienes escapatoria, ¿comprendes?—dijo la bestia, aún con la voz del hombre.
—Ytú no puedes avanzar. ¿Puedes saltar tanto, con una pata lastimada?
Bruscamente la voz se transformó en el lamento atiplado de la niña.
—Puedo trepar. ¿O crees que a mí, que sé hablar, no se me ocurrirá poner la mesa debajo del agujero?
—Entonces sabes que eres una bestia.
Retornó la voz del hombre: —Sabemos que estamos en la bestia, igual que antes estábamos en las cajas de carne que la bestia devoró.
—¿Permitirás que ella devore a tu mujer y tu hijo, Becan?
—Yo la dirigiré. Yo la dirijo. Quiero que Casdoe y Severian se reúnan aquí con nosotros, como yo me reuní hoy con Severa. Cuando muera el fuego morirás tú, para reunirte con nosotros, y ellos también.
Me reí: —¿Has olvidado que te alcancé cuando no podía verte? —Con TerminusEst preparada, crucé la habitación hasta los restos de la silla, manoteé lo que había sido el respaldo y lo arrojé al fuego, levantando una nube de chispas. Era madera estacionada, creo, y alguna mano cuidadosa la había lustrado con cera de abejas. Tendría que arder brillantemente.
—Lo mismo da. Llegará la oscuridad. —La bestia (Becan) parecía tener una paciencia infinita.—Llegará la oscuridad y te unirás a nosotros.
—No. Cuando se haya consumido toda la silla y la luz empiece a flaquear, me echaré sobre ti y te mataré. Mientras tanto esperaré a que sigas sangrando.
Hubo un silencio, tanto más pavoroso porque nada en la expresión de la bestia indicaba que estuviese pensando. Yo sabía que así como una secreción destilada por los órganos de Thecla había fijado en los núcleos de algunas de mis células frontales los vestigios de la química neural de esa misma criatura, el hombre y su hija acechaban en la oscura maleza del cerebro de la bestia y creían estar vivos; pero qué podía ser ese espectro de vida, qué sueños y deseos podían habitarlo, eran cosas que yo no lograba imaginarme.
Por fin la voz del hombre dijo: —Dentro de una o dos guardias, pues, te mataré o tú me matarás a mí. O nos destruiremos mutuamente. Si ahora me fuese, si volviera a la noche y la lluvia, ¿me perseguirías cuando la lux cayese de nuevo sobre Urth? ¿0 permanecerías aquí para alejarme de la mujer y el niño que son míos?
—No —contesté.
—¿Por el honor que tengas? ¿Lo juras por esa espada, aunque no puedas apuntarla al sol?
Retrocedí y di vuelta a Terminus Est, tomándola por la hoja de modo que el extremo me señalara el corazón.
Juro por esta espada, blasón de mi Arte, que si esta noche no vuelves mañana no te perseguiré. Ni permaneceré en esta casa.
La bestia se volvió, rápida como una serpiente escurridiza. Por un instante, acaso, pude haberle partido el grueso lomo. Luego desapareció, y no quedó ninguna huella de su presencia salvo la puerta abierta, la silla destrozada y el charco de sangre (más oscura, creo, que la de los animales de este mundo) que empapaba las limpias losas del suelo.
Fui a la puerta y puse la barra, devolví la Garra a la bolsa que me colgaba del cuello y luego, como había sugerido la bestia, moví la mesa, y subido a ella trepé fácilmente al desván. Casdoe y el viejo esperaban en el otro extremo con el niño llamado Severian, en cuyos ojos vi los recuerdos que esa noche le despertaría veinte años después. Los bañaba el vacilante resplandor de una lámpara colgada de una viga.
—Como todos pueden ver —les dije—, he sobrevivido. ¿Oyeron lo que hablamos abajo?
Casdoe asintió.
—Si me hubieran llevado la luz que pedí, no habría hecho lo que hice. Tal como fue todo, pensé que no estaba obligado por ninguna deuda. En el lugar de ustedes, yo dejaría esta casa en cuanto amanezca y bajaría al valle. Pero ustedes deciden.
—Teníamos miedo —balbuceó Casdoe. —Yo también. ¿Dónde está Agia?
Para mi sorpresa el viejo señaló un lugar, y al mirar hacia allí vi que en la espesa capa de paja había una abertura suficiente para el delgado cuerpo de Agia.
Esa noche dormí delante del fuego, después de advertirle a Casdoe que mataría al que bajara del desván. Por la mañana di una vuelta alrededor de la casa; como había esperado, el cuchillo de Agia ya no estaba clavado en el postigo.
XVII — La espada del Lictor
—Nos vamos —me dijo Casdoe—. Pero antes de partir haré el desayuno. No tiene que comer con nosotros si no quiere.
Asentí y esperé fuera hasta que me llevó una cuchara y un cuenco de madera con gachas; fui a comérmelas a la fuente. Ésta estaba escondida entre juncos, y no me asomé; era, supongo, una violación del juramento que le había hecho al alzabo, pero allí esperé, vigilando la casa.
Al cabo de un rato aparecieron Casdoe, su padre y el pequeño Severian. Ella llevaba un atado y el bastón del marido, y el viejo y el niño un pequeño saco cada uno. El perro, que al aparecer el alzabo debía de haberse metido bajo perra (no puedo decir que lo culpo, pero Triskele no lo habría hecho), retozaba entre ellos. Vi que Casdoe me buscaba con la mirada. Al no encontrarme, dejó un bulto en el umbral.
Los miré caminar bordeando el pequeño campo, que había sido arado y sembrado hacía apenas un mes y que ahora los pájaros cosecharían. Ni Casdoe ni su padre miraron atrás; pero el niño, Severian, se detuvo antes de subir la primera loma para ver una vez más el único hogar que había conocido. Las paredes de piedra se alzaban tan sólidas como siempre, y el humo del fuego del desayuno aún brotaba de la chimenea en un rizo blanco. Parece que entonces lo llamó la madre, porque corrió tras ella y se perdió de vista.