Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1981
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-0681-0
- Переводчик: Margarita Gonz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:
—¿Dónde está ahora? ¿Ha salido a jugar con los nildores?
—Hace un tiempo que está enfermo. —En ese momento el robot servía la cena, Gundersen miró con desconfianza las verduras que tenía en el plato. Seena agregó—: Son totalmente comestibles. Las cultivo yo misma. Soy toda una granjera.
—No las recuerdo.
—Provienen de la meseta.
Gundersen meneó la cabeza.
—Cuando pienso cuánto te repugnaba la meseta, cuán rara y espeluznante te pareció aquella vez que tuvimos que hacer un aterrizaje forzoso…
—Entonces era una niña. ¿Cuándo ocurrió? ¿Hace once años? Fue poco después de conocerte. Yo sólo tenía veinte años. Pero en Belzagor has de derrotar a lo que te asusta o te derrotan. Regresé una y otra vez a la meseta. Dejó de resultarme extraña y por eso dejó de asustarme y por eso llegué a quererla. Traje aquí, para que vivieran conmigo, muchas de sus plantas y animales. Es tan distinta al resto de Belzagor… aislada de todo lo demás, casi ajena.
—¿Fuiste allí con Kurtz?
—En ocasiones. Otras veces con Ced Cullen. Y la mayoría de las veces sola.
—Cullen —dijo Gundersen—. ¿Le ves a menudo?
—Sí. El, Kurtz y yo hemos formado una especie de triunvirato. Casi ha sido mi otro marido. Me refiero en un sentido espiritual. Y también físico en ocasiones, pero eso no es tan importante.
—¿Dónde está Cullen ahora? —inquirió y miró atentamente sus ojos severos y brillantes.
La expresión de Seena se ensombreció.
—En el norte, en la región de las brumas. —contestó ella.
—¿Qué hace allí?
—¿Por qué no vas y se lo preguntas? —propuso.
—Me gustaría hacerlo —respondió Gundersen—. A decir verdad, estoy de viaje hacia la región de las brumas y ésta es una parada sentimental en el camino. Viajo con cinco nildores que se dirigen al renacimiento. Han acampado en el monte, por aquí cerca.
Ella abrió una botella de vino verdigris y mohoso y le sirvió una copa.
—¿Por qué quieres ir a la región de las brumas?—preguntó tensamente.
—Por curiosidad. Supongo que por el mismo motivo que tuvo Cullen.
—No creo que él haya ido por curiosidad.
—¿Quieres ser más explícita?
—Preferiría no hacerlo —replicó Seena.
La conversación desembocó en un prolongado silencio. Hablar con Seena sólo llevaba a trazar círculos, pensó Gundersen. Su nueva serenidad podía conducir a la locura. Sólo le hablaba de lo que le interesaba y jugaba con él, disfrutando aparentemente del contacto de su dulce voz de contralto con el aire nocturno, sin comunicar la menor información. Ésta no era una Seena como la que él conoció. La muchacha que él había amado era atractiva y fuerte, pero no astuta y reservada; había poseído un aire de inocencia que ahora parecía totalmente perdido. Quizá Kurtz no fuese el único ángel caído de ese planeta.
—¡Ha salido la cuarta luna! —exclamó Gundersen súbitamente.
—Sí, por supuesto. ¿Qué tiene de sorprendente?
—Rara vez se ven cuatro lunas, incluso en esta latitud.
—Ocurre como mínimo diez veces al año. ¿Por qué te asombras tanto? Dentro de un rato aparecerá la quinta y…
Gundersen jadeó.
—¿Ésta es la noche?
—Sí. La Noche de las Cinco Lunas.
—¡Nadie me lo dijo!
—Tal vez no lo preguntaste.
—Me la perdí dos veces porque estaba en Punta de Fuego. Una vez estaba en el mar y otra en la región sureña de las brumas, en aquella ocasión en que cayó el helicóptero. Seena, sólo logré verla una sola vez, aquí mismo, hace diez años, contigo. Cuando las cosas estaban en su mejor momento para nosotros. ¡Y ahora estoy aquí de manera casual y ocurre otra vez!
—Pensé que lo habías hecho deliberadamente para conmemorar aquella ocasión.
—No, no, es pura coincidencia.
—Entonces se trata de una feliz coincidencia.
—¿Cuándo saldrá?
—Aproximadamente dentro de una hora.
Gundersen miró los cuatro puntos brillantes que navegaban por los cielos. Había transcurrido tanto tiempo que olvidó por dónde debía salir la quinta luna. Su órbita era retrógrada, pensó. Además, era la más brillante de las lunas, con una superficie de hielo de alto albedo, suave como un espejo.
Seena volvió a llenarle la copa. Habían terminado de comer.
—Discúlpame —dijo ella—. Regresaré enseguida.
A solas, Gundersen estudió el firmamento e intentó comprender a esa Seena extrañamente cambiada, a esa misteriosa mujer cuyo cuerpo se había vuelto más voluptuoso y cuya alma, al parecer, se había tornado de piedra. Ahora comprendió que la rigidez había estado siempre en su interior: por ejemplo, al separarse, cuando él pidió eltraslado a la Tierra y ella se negó tajantemente a abandonar el Planeta de Holman. Te quiero, había dicho, y siempre te querré, pero aquí me quedo. ¿Por qué? ¿Por qué? Porque quiero quedarme, fue su respuesta. Y Seena se quedó, pero él era igualmente testarudo y partió sin ella. Y la última noche de Gundersen en Belzagor durmieron juntos en la playa, cerca del hotel, de modo que él aún tenía en la piel el calor de su cuerpo cuando subió a la nave del retorno. Ella le amaba y él la amaba, pero se separaron porque Gundersen carecía de porvenir en aquel planeta y Seena consideraba que todo su futuro estaba allí. Ella se había casado con Kurtz. Había explorado la desconocida meseta. Hablaba con una magnífica voz nueva y profunda, permitía que extrañas amebas se aferraran a sus muslos y se encogía de hombros ante la noticia de que dos terráqueos que vivían en las vecindades habían muerto de una manera espantosa. ¿Era todavía Seena o alguna copia sutil?
Los bramidos de los nildores llegaron en medio de la profunda noche. Gundersen también oyó otro sonido, más cercano, una especie de gruñido resoplante y ahogado que le resultó totalmente desconocido. Parecía un quejido de dolor, aunque quizá sólo fuera producto de su imaginación. Probablemente se trataba de una de las bestias de la meseta traídas por Seena, un animal que olisqueaba en el jardín en busca de raíces sabrosas. Oyó ese sonido dos veces más y luego cesó.
Pasaba el tiempo y Seena no volvía. Entonces Gundersen vio aparecer plácidamente en el cielo la quinta luna, astro del tamaño de una gran moneda de plata y tan brillante que encandilaba. Las cuatro lunas restantes danzaron a su alrededor —dos de ellas meros puntitos y las otras dos más imponentes— y las sombras de las luces lunares se quebraban y volvían a quebrarse a medida que los planos de brillo se entrecruzaban. Los cielos lanzaron luz sobre el planeta en forma de heladas cascadas. Asió la barandilla de la terraza y rezó mudamente para que las lunas siguieran su camino; al igual que Fausto, deseó gritar al momento fugaz: ¡quédate, quédate para siempre, quédate, eres hermosa! Pero las lunas se movieron, impulsadas por los mecanismos newtonianos ocultos; sabía que, en una hora, dos de las lunas desaparecerían y el encanto disminuiría. ¿Dónde estaba Seena?
—¿Edmund? —preguntó ella a sus espaldas.
Estaba nuevamente desnuda y, una vez más, el resbalador se encontraba adherido a su cuerpo, cubriendo sus costillas y emitiendo una larga y delgada proyección que sólo rodeaba el pezón de cada pecho. La luz de las cinco lunas hacía centellear y brillar su piel aleonada. En ese momento ella no le pareció tosca ni abiertamente agresiva; era perfecta en su desnudez, el momento era perfecto y se acercó a ella sin vacilación. Gundersen se desvistió rápidamente, apoyó las manos en las caderas de Seena, tocando el resbalador, y el extraño animal comprendió, pues se apartó obedientemente del cuerpo de ella: un cinturón de castidad infiel a su tarea. Ella se inclinó hacia Gundersen, balanceando los pechos como campanas carnosas; él la besó aquí, allí y allá y se dejaron caer hasta el suelo de la terraza, hasta la piedra fría y uniforme.