El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
El director le explicó que a Rosario había que darle toda la leche en polvo que pidiera porque amamantaba a su hijo. Las otras dos comerían lo mismo que él.
Helward trató de sonreírles amistosamente, aunque no se dieron por aludidas. Cuando intentó mirar al bebé, Rosario le dio la espalda y apretó posesivamente al niño.
No había nada más que decir. Caminaron por el pasillo hasta el ascensor. Las chicas acarreaban sus pocas pertenencias. Helward accionó el botón correspondiente al nivel inferior.
Las chicas seguían ignorándolo y conversaban en su propio idioma. Cuando el ascensor se abrió en el oscuro pasadizo debajo de la ciudad, Helward sacó trabajosamente todo el equipo. Ninguna lo ayudó, sino que lo observaban con expresión divertida. Con mucha dificultad Helward alzó los bártulos y marchó tambaleante hacia la salida Sur.
Afuera deslumbraba el sol. Apoyó los paquetes en el suelo y miró a su alrededor.
La ciudad había sido movida desde la última oportunidad en que él estuvo afuera, y ahora, las cuadrillas de obreros estaban removiendo los rieles. Las chicas se protegieron los ojos de la luz y pasearon la vista por el paisaje. Era probablemente la primera vez que salían al exterior desde que vinieran a la ciudad.
El bebé, en brazos de Rosario, empezó a llorar.
—¿Me ayudan con esto? —dijo Helward, señalando los bultos con comida y el equipo. Las chicas se quedaron mirándolo sin comprender—. Tenemos que repartir la carga.
Como no le respondieron, Helward se arrodilló en el suelo y abrió el paquete de la comida. Decidió que no sería justo hacerle llevar un peso extra a Rosario, de modo que dividió la comida en tres. Le dio uno a cada una de las otras dos y guardó el resto en su mochila. De mala gana, Lucia y Caterina hicieron lugar en sus bolsas. La soga era lo más abultado y la metió en su morral. Consiguió apretujar los ganchos y las estacas en el saco que contenía la carpa y las bolsas de dormir. Su carga era ahora más fácil de transportar pero no mucho más liviana y, a pesar de lo que había dicho Clausewitz, estuvo tentado de dejar muchas cosas.
El bebé continuaba llorando y Rosario parecía no preocuparse.
—Vamos —dijo, fastidiado. Emprendió la marcha hacia el Sur, en sentido paralelo a las vías, y enseguida ellas lo siguieron. Se mantenían juntas, guardando unos metros de distancia de él.
Helward trató de tomar un paso rápido pero al cabo de una hora se dio cuenta de que sus cálculos acerca de lo que duraría el viaje habían sido demasiado optimistas. Las chicas se movían con lentitud, quejándose en voz alta del calor y de la superficie de la tierra. En verdad, los zapatos que les habían dado no servían para caminar por terrenos tan desparejos y a él también le afligía mucho la temperatura. De hecho, con ese uniforme y la tremenda carga que llevaba, sentía un calor espantoso.
Divisaban aún la ciudad, el sol estaba por alcanzar el calor del mediodía y el bebé no había dejado de llorar. El único respiro que había experimentado hasta ese instante fue poder hablar unas palabras con Malchuskin. Este se había mostrado muy contento de verlo —siempre lleno de quejas de los obreros— y le había deseado buena suerte en su expedición.
En realidad, las chicas no habían esperado a Helward, que por eso sólo pudo hablar un minuto con Malchuskin y caminar rápidamente detrás de ellas.
Decidió hacer un descanso.
—¿No puedes hacer que se calle? —le dijo a Rosario. La chica le echó una mirada furiosa y se sentó en el suelo.
—Bueno —respondió—. Yo darle de comer.
Lo miró desafiante y las otras dos chicas esperaron a su lado. Helward captó la situación y se alejó a una cierta distancia, dándole discretamente la espalda mientras ella amamantaba al niño.
Después, destapó una cantimplora y se las pasó. El día era terriblemente caluroso y él estaba de tan mal genio como ellas. Se quitó la chaqueta del uniforme y la extendió sobre una mochila, y aunque así era mayor la fricción de las correas, pudo por lo menos sentirse un poco más fresco.
Estaba impaciente por proseguir la marcha. El bebé se había dormido. Dos de las chicas le habían hecho una cunita provisoria con una bolsa de dormir, y la acarreaban colgando entre ambas. Helward tuvo que relevarlas de llevar sus bolsas, y aunque tenía una inmensa sobrecarga, estaba feliz de poder cambiar esta molestia adicional por el silencio.
Caminaron media hora más y ordenó hacer un nuevo descanso. Helward estaba empapado en sudor y no se consolaba al ver que las chicas lo pasaban tan mal como él.
Miró el sol, que parecía estar justo sobre sus cabezas. Cerca de donde se hallaban había un afloramiento rocoso. Hacia allí se encaminó, y se sentó en la sombra. Las muchachas fueron tras él, quejándose en su propio idioma. Helward lamentaba no haber puesto más empeño en aprender esa lengua. Captaba sólo algunas frases, lo suficiente para comprender que él era el motivo de casi todas las quejas.
Abrió un paquete de comida deshidratada y la mojó con agua de la cantimplora. Así obtuvo una sopa gris que tenía el aspecto y el sabor de un potaje agrio. Con gran perversidad, se alegró al oír los renovados lamentos de las chicas. En esta oportunidad se justificaban, y no les iba a dar la satisfacción de demostrarles que él pensaba lo mismo.
El bebé seguía durmiendo, aunque molesto por el calor. Helward supuso que si reanudaban la marcha se iba a despertar, de manera que, cuando las chicas se tiraron en el suelo para dormir una siesta, no hizo nada por disuadirlas.
Mientras ellas descansaban, volvió a mirar la ciudad, que aún se divisaba a unas dos millas de distancia. Cayó en la cuenta de que no había prestado atención a las huellas de los amortiguadores. Hasta el momento, debían haber pasado una, nada más, y ahora que lo pensaba, entendió lo que había querido decir Clausewitz al afirmar que los rastros se distinguirían claramente en la tierra. Recordó que habían pasado una, minutos antes de hacer alto. Las marcas que dejaban los durmientes eran depresiones poco profundas de un metro cincuenta de ancho por tres de largo, pero en los lugares donde habían estado los cables, se notaban huecos hondos, rodeados de tierra removida.
Mentalmente tachó el primero. Quedaban treinta y siete más.
A pesar de la lentitud del viaje, aún no veía por qué no podía estar de vuelta en la ciudad para el nacimiento de su hijo. Después de dejar a las mujeres en su aldea, podía volver rápido, por más desagradables que fuesen las condiciones.
Resolvió permitir a las chicas que descansaran una hora, y cuando calculó que ya había pasado, fue y se paró junto a ellas..
Caterina abrió los ojos y lo miró.
—Vamos —dijo él—. Quiero que sigamos.
—Hace demasiado calor.
—Es una lástima. Nos vamos igual.
Ella se puso de pie, estiró el cuerpo y habló con las otras dos. Con el mismo desgano, éstas se levantaron. Rosario fue a mirar al bebé. Para consternación de Helward, lo despertó y lo alzó en brazos... pero afortunadamente no se puso a llorar. Sin demora, Helward devolvió las dos bolsas a Caterina y Lucía, y recogió sus dos mochilas.
Fuera de la sombra, todo el calor del sol caía sobre ellos, y al cabo de unos instantes pareció disiparse el beneficio del descanso. Habían caminado sólo unos metros cuando Rosario le pasó el bebé a Lucía.
Volvió hasta las rocas y desapareció detrás de las mismas.
Helward abrió la boca para preguntar adonde había ido... pero luego —se dio cuenta. Cuando ella regresó, fue Lucia, y luego Caterina. Helward sintió que le volvía la furia. Lo estaban haciendo a propósito, para demorar. Helward experimentó la presión de su propia vejiga —agravada al comprender lo que habían hecho las chicas—, pero el enojo y el orgullo le impidieron aliviarse. Decidió esperar hasta más tarde.