El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
—No muy lejos. A unas millas.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Encontraron algún modo de hacerla avanzar con más rapidez? Yo estuve ausente muy poco tiempo y veo que la ciudad se ha adelantado más de lo común.
—Se movió a la velocidad normal.
—Hay un arroyo por ahí donde habían construido un puente. ¿Cuándo fue que lo hicieron?
—Hace unas nueve millas.
—No entiendo.
—Lo que pasa es que has perdido la noción del tiempo. Pelham sonrió de pronto.
—Supongo que debe ser eso. ¿Viajas solo?
—No —respondió Helward—, Traigo a tres chicas.
—¿Cómo son?
—Están bien. Al principio fue algo difícil, pero ahora nos estamos familiarizando un poco.
—¿Son lindas?
—No están mal. Ven.
Helward lo condujo entre los árboles. Al verlas, Pelham subo.
—¡Eh, están muy bien! ¿No has... estee...? Tú sabes lo que quiero decir...
—No.
Volvieron hasta la vía.
—¿No vas a hacerlo? —preguntó Pelham.
—No estoy seguro.
—Acepta un consejo, Helward. Si tienes intenciones de hacerlo, que sea pronto. De lo contrario, será muy tarde.
—¿Qué quieres decir?
—Ya verás.
Pelham le obsequió una sonrisa cordial y prosiguió su camino hacia el Norte.
Casi de inmediato Helward tuvo que alejar de su mente todo pensamiento o propósito a que había aludido Pelham. Rosario le dio el pecho al bebé antes de partir, y habían caminado unos pocos minutos cuando al niño le dio una violenta descompostura.
Rosario lo abrazó fuerte cantándole despacito, pero era muy poco lo que podían hacer. Lucía se quedó a su lado, hablándole cariñosamente. Helward estaba preocupado porque si el niño contraía una enfermedad seria, no les quedaba otra alternativa que regresar a la ciudad. Al rato, el bebé dejó de vomitar, y luego de una vigorosa sesión de llanto, se calmó.
—¿Quieres que sigamos? —le preguntó Helward a Rosario.
Ella se encogió de hombros débilmente.
—Sí.
Caminaron más despacio. El calor no había disminuido mucho, y varias veces Helward preguntó si querían parar, a lo cual respondían que no, pero él percibía que en los cuatro se había operado un cambio sutil. Era como si se sintieran más unidos por una pequeña tragedia.
—Esta noche vamos a acampar. Y mañana descansamos todo el día.
Hubo acuerdo general, y cuando Rosario volvió a amamantar al bebé, éste no vomitó la leche.
Antes del anochecer atravesaron una zona más rocosa y ondulada, y de pronto arribaron a la quebrada que tanto trabajo les había dado a los Constructores de Puentes. No quedaban huellas del lugar de emplazamiento del puente, aunque los cimientos de las torres de suspensión habían dejado dos marcas profundas en la tierra.
Helward recordó que había un pedazo de terreno llano en la ribera Norte del arroyo que corría al fondo de la quebrada, y hada allá dirigió la marcha.
Rosario y Lucia se encargaron del bebé mientras Caterina ayudaba a Helward a armar la carpa. De repente, mientras extendían las bolsas de dormir en la tienda, Caterina le apoyó una mano en el cuello y lo besó suavemente en la mejilla.
Helward le sonrió.
—¿A qué se debe esto?
—Rosario piensa que tú ser bueno.
Helward se quedó quieto, pensando que podría repetirse el beso, pero Caterina salió gateando de la carpa y llamó a las demás.
El bebé tenía mejor aspecto, y se durmió apenas lo colocaron en su cunita. Aunque Rosario no comentó nada del niño, Helward la notó menos preocupada. Tal vez hubiese tenido gases.
La noche era mucho más cálida que la anterior. Después de comer, permanecieron un rato fuera de la carpa. Lucía se ocupó de sus pies. Se los frotaba continuamente y sus amigas parecían prestarle mucha atención. Le mostró los pies a Helward, y éste pudo apreciar que le habían salido unos callos grandes en los dedos. Se habló largamente sobre los pies; las chicas decían que a ellas también les dolían.
—Mañana —dijo Lucía—, sin zapatos.
Y así terminó el tema.
Helward esperó afuera hasta que las chicas se hubieron acostado. La noche anterior había hecho tanto frío que todos durmieron vestidos, cosa que no repitieron esta noche porque hacía calor y estaba húmedo. Un cierto recato en Helward le hizo dejarse puesta la ropa y dormir sobre su bolsa. Sin embargo, como crecía su interés por las muchachas, sus pensamientos se llenaron de locas fantasías acerca de lo que ellas pudieran hacer. Al cabo de unos minutos entró en la carpa. Las velas estaban prendidas.
Las chicas se habían metido en sus bolsas. Al ver una pila de ropa, Helward se dio cuenta de que estaban desnudas.
No les dijo nada, sino que apagó las velas y se desvistió en la penumbra, tropezando y cayendo grotescamente. Se tiró sobre su bolsa, consciente del cuerpo de Caterina a su lado. Se quedó despierto largo rato, tratando de no demostrar la excitación que sentía. Victoria parecía estar muy lejos.
CAPÍTULO SEIS
Ya había amanecido cuando se despertó y, luego de un vano intento de vestirse adentro de la bolsa de dormir, Helward salió gateando de la carpa y se vistió rápidamente afuera. Encendió el fuego y puso agua a calentar para preparar té sintético.
Allí, al fondo de la quebrada, ya hacía calor, y se preguntó una vez más si deberían reanudar la marcha o descansar un día entero, como había prometido.
Hirvió el agua y bebió su té. Escuchó ruidos dentro de la carpa. Enseguida apareció Caterina, que se encaminaba al arroyo.
La siguió con la mirada. Llevaba ella puesta sólo la blusa —toda desabrochada, abierta—, y un par de pantalones. Cuando llegó al agua, se dio vuelta y le hizo señas con la mano.
—¡Ven! —gritó.
Helward no precisó más invitación. Se acercó, sintiéndose torpe con su uniforme y sus botas.
—¿Nadamos? —dijo ella, y sin esperar respuesta, se quitó la camisa y los pantalones, y se internó en el agua. Helward echó una rápida mirada a la carpa: nada se movía.
En pocos segundos él se sacó la ropa también, y chapoteaba hacia ella, Caterina se dio vuelta y lo miró de frente, sonriendo al comprobar la reacción que había estimulado en él. Lo salpicó y se volvió. Helward dio un salto para alcanzarla. La abrazó... y juntos cayeron de costado en el agua.
Caterina trató de desprenderse de él. Se paró. Logró evadirse tirándole mucha agua. Helward la siguió y le dio caza en la costa. La expresión de ella era seria. Caterina levantó los brazos, los anudó en el cuello de Helward y atrajo su cara contra la suya. Se besaron unos instantes. Luego salieron del agua y se tendieron en el pasto de la orilla. Comenzaron a besarse de nuevo, con más intensidad.
Cuando se desligaron, se vistieron y regresaron a la carpa, Rosario y Lucia estaban comiendo un potaje amarillo. Ninguna de las dos dijo nada, pero Helward vio que Lucía sonreía a Caterina.
Media hora más tarde, el bebé volvió a descomponerse. Preocupada, Rosario lo alzó, pero de pronto lo dejó en brazos de Lucia y salió corriendo. Segundos después la oyeron vomitar junto al arroyo.
Helward preguntó a Caterina:
—¿Te sientes bien?
—Sí.
Helward olfateó los alimentos que habían estado comiendo. El olor era normal... poco apetitoso pero no podrido.
Luego fue Lucia quien se quejó de fuertes dolores estomacales, y se puso muy pálida.
Caterina se alejó.
Helward estaba desesperado. Ahora lo único que podían hacer era volver a la ciudad. Si la comida se había puesto rancia, ¿cómo iban a sobrevivir el resto del viaje?