La huella del hereje
- Автор: Фортес Сусана
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
El viejo edificio había sido en tiempos casa cuartel de la Guardia Civil y conservaba ese aire recio y algo sombrío de los locales castrenses, pero por dentro estaba totalmente reformado. Castro sonrió con satisfacción al verse de nuevo en su despacho. Se sentó en su sillón giratorio, apoyó el pie vendado encima de la mesa y miró hacia la ventana por encima de los tejados donde se perfilaban las torres barrocas de la fachada del Obradoiro.
Lo primero que hizo fue llamar a su ex mujer para decirle que esa tarde no podría recoger a Candela. A juzgar por la cara del comisario, debían de soplar vientos de fronda al otro lado del hilo. De recién casados eran frecuentes entre ellos las disputas domésticas sobre cómo conciliar el horario laboral y el familiar, pero ahora a Castro no le parecía que esa clase de discusión tuviera mucho sentido. De todos modos, no se lo reprochaba. Si no era fácil ser la mujer de un policía, ser su ex tampoco debía de ser moco de pavo. Lamentaba haberle arruinado su sesión de pilates. Pero, qué demonios, que se hubiera casado con un registrador de la propiedad. El comisario se excusó como pudo sin hacer ninguna alusión a su accidente. Más difícil le resultó convencer a la niña. Sus protestas se oían de fondo. Tuvo que prometer que le compraría en el quiosco unas calcomanías de Shin-Chan y asegurarle que el próximo viernes alquilaría el vídeo de El rey león, su cinta favorita, y se pasarían la tarde juntos viendo películas de Disney en el sofá y comiendo palomitas.
Tras colgar, Castro soltó un bufido y se quedó contemplando el desorden de su mesa. Iba siendo hora de centrarse en el trabajo. Así que intentó ordenar los acontecimientos en una secuencia lógica. Una estudiante de filosofía aparecía muerta en el altar mayor de la catedral. Según la autopsia el fallecimiento se había producido como resultado de un fuerte impacto abdominal equivalente a un choque frontal a gran velocidad, lo que en principio llevaba a descartar las causas naturales. La chica no tenía antecedentes penales, problemas de drogas ni especiales conflictos, salvo un pequeño incidente de alteración del orden público a raíz de un vertido tóxico de la fábrica de productos fitosanitarios Ferticeltia. El percance había desvelado su relación con una minoritaria organización ecologista llamada El Arca de Noé. La fábrica, situada a pocos kilómetros de la localidad de origen de la chica, gozaba del beneplácito de los poderes públicos, y en principio su situación económica y administrativa no presentaba aparentemente ningún problema. Sin embargo, la visita de Castro a la zona donde la empresa tenía las naves de almacenamiento había acabado de un modo bastante abrupto para él, con una agresión de la que no había salido precisamente bien parado. En principio nada permitía relacionar los dos incidentes. En el medio rural había gente muy venada capaz de liarse a machetazos por un linde de fincas o una herencia. Pero Castro no estaba dispuesto a descartar la conexión sin antes haberla investigado. Lo primero era tramitar una orden de registro, mandar una unidad de inspección ocular a la zona y sondear a los vecinos de Sietecoros. No llevaría mucho tiempo: era una parroquia pequeña de apenas treinta familias. Lo segundo era cosa suya.
Descolgó el auricular.
– Romaní, quiero un informe completo del caso Ferticeltia en mi despacho dentro de una hora -el comisario enrollaba inconscientemente el cable del teléfono mientras hablaba y asentía con la cabeza-. Sí, el del vertido tóxico. Por cierto, tampoco nos vendría mal el dossier de lo que salió en prensa. Me parece recordar que El Heraldo hizo un buen trabajo de investigación. ¿Cómo se llama ese periodista…? -Castro chasqueó dos dedos en el aire como si tuviera el nombre en la punta de la lengua. Pero la memoria de Romaní resultó más rápida-. Exacto,Villamil. Consígueme una cita con él lo antes posible.
– De acuerdo, jefe. Le advierto que está como una regadera, pero es un buen periodista. O lo era.
Dos horas más tarde, el veterano reportero de El Heraldo entraba en el despacho de Castro con un tabardo marinero y una corbata de Peter Pan bastante discreta para lo que era su estilo. La conversación transcurrió en términos prácticos. Yo te cuento, tú me cuentas. Nadie ofrece nada gratis, el tipo de trato off the record que un periodista acostumbra a mantener con una fuente oficial que debe permanecer en el anonimato, lo que en algunos momentos le dio a la charla un cariz de curioso duelo verbal. Un observador imparcial habría considerado que el resultado del encuentro acabó en tablas. Tanto Castro como Villamil eran perros viejos y cada uno en su oficio sabía tentarse la ropa.
Estaban sentados en los sillones bajos de lona, uno enfrente de otro, con una pizza margarita y sendas bebidas sobre la mesa. Una coca-cola para Castro y para Villamil un gin-tonic de London, que el comisario había encargado por teléfono al bar Las Vegas, como siempre que tenía invitados.
– ¿Un cigarrillo?
– No, gracias -respondió el periodista-. Mens sana in corpore insepulto.
Castro sonrió con el colmillo retorcido. Un tipo gracioso. Mira tú por dónde.
La conversación siguió el viejo patrón de las aperturas de ajedrez. Comenzó el policía con una salida que podría calificarse de clásica. A lo que el periodista respondió con una defensa siciliana de manual. Los primeros movimientos siempre funcionan con pautas reglamentarias. Es después, una vez que el juego sigue su propio derrotero, cuando se necesita una estrategia.
Durante la primera mitad de la partida, Castro expuso someramente la información que tenía sobre la chica y su círculo de amistades, incluidos los mensajes de voz de su móvil, sin ocultar su militancia ecologista y su detención a raíz del incendio de las oficinas administrativas de Ferticeltia, pero obviando la parte del informe forense que se refería a las relaciones sexuales consentidas que Patricia Pálmer había mantenido con alguien pocas horas antes de su muerte. A Villamil le dio la impresión de que toda la información había sido cuidadosamente calibrada de antemano, lo que no disminuía su interés ni su credibilidad, pero limitaba su alcance. En otras palabras, pensaba que Castro era un policía bregado que dosificaba los datos con cuentagotas según su interés, y que probablemente contaría con una dilatada experiencia en esa clase de negociaciones con huesos bastante más duros de roer. A pesar de ello, se comprometió a no publicar nada sobre el asesinato que no fuera resultado directo de sus propias investigaciones. Al menos, de momento.
Pero Villamil tampoco era un tierno lirio del valle ni nada parecido. Por su parte, se calló lo que sabía sobre la desaparición del Liber apologeticus y la visita de Patricia Pálmer a la biblioteca de la universidad el mismo viernes en que fue asesinada en la catedral. Eso no entraba dentro de su parte del trato, y quizá podría servirle como moneda de cambio en un próximo encuentro. En principio lo único que Castro le había pedido se limitaba al caso Ferticeltia, así que se ciñó al asunto, relatando la información confidencial que tenía sobre la empresa y que no había podido ser publicada por contener algunas lagunas y no estar suficientemente contrastada.
En resumidas cuentas, su informe hacía referencia a un programa oficial de subvenciones destinado a las empresas que, como Ferticeltia, dedicasen parte de sus beneficios a invertir en países del Tercer Mundo en actividades relacionadas con el sector primario, básicamente agricultura y ganadería. En teoría, se trataba de un proyecto de ayuda al desarrollo que por un lado impulsaba las PYMES y por otro permitía a países como Marruecos sanear su economía y a otros como Sudán, Nigeria o Etiopía combatir las plagas de langosta periódicas y sortear las hambrunas. Hasta ahí, nada que objetar.
El problema, según Villamil, radicaba en las denuncias realizadas por algunas ONG y organizaciones ecologistas, que acusaban a esas empresas de utilizar a la población de los países pobres como conejillos de Indias para sus experimentos con sulfatos y abonos químicos altamente tóxicos, bajo la apariencia de ayuda humanitaria. Según los citados informes había datos relevantes sobre el aumento de distintos tipos de cáncer en las comarcas afectadas y malformaciones congénitas en los recién nacidos.