La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
Rachel cerró los ojos al sentir las manos sobre sus hombros, intentando aliviar la tensión de sus músculos.
– Rachel…
Tenía la boca de Ben tan cerca de la oreja que podía sentir el calor de su aliento contra la piel. Y si no hubiera sabido la verdad, probablemente se habría derretido contra él, se habría dejado envolver en aquello que en silencio Ben le estaba ofreciendo, se habría permitido perderse como no había vuelto a permitirse hacerlo desde… desde la última vez que había estado con él.
Maldita fuera. Se enderezó de nuevo y agarró el tenedor.
– Muy bien -Ben se apartó de ella riendo-, creo que he entendido la indirecta.
– Si hubiera sido una indirecta, habría agarrado el cuchillo.
Ben sonrió y levantó una copa de cristal.
– Por nuestra ingeniosa hija.
– ¿No sería mejor brindar por sus payasadas?
– Sí -murmuró Ben con mirada intensa-. Y también por algo más, Rach. Por nosotros.
– Mientras estés tú aquí.
– Mientras esté yo aquí.
Rachel ignoró la punzada de dolor que atravesó su corazón y asintió ligeramente.
– De acuerdo, en ese caso, brindemos para que no terminemos asesinándonos mientras estemos juntos.
Ben sonrió.
Repentinamente hambrienta, Rachel se inclinó sobre la mesa para comer. Sintió en el bolsillo de la camisa de Ben un papel arrugado. Pensando que era otra de las artimañas de su hija, desdobló el papel, lo abrió y leyó lo que en él habían escrito.
Querido Ben, ¿crees que ya has pagado suficiente?
No dejes de vigilar, de esperar… Yo seguramente no lo haría.
Ben se levantó de la silla en cuanto vio lo que Rachel acababa de hacer, pero ya era demasiado tarde. Rachel alzó la cabeza y lo taladró con una mirada cargada de terror.
– ¿Esto qué es?
Maldecirse a sí mismo no serviría de nada. Mentir, todavía menos. Aun así, Ben consideró ambas posibilidades.
Pero sabía que estaba obligado a decirle la verdad. Probablemente debería haberlo hecho hacía mucho tiempo. Con mucho cuidado, le quitó la nota de Asada, la dobló y se la metió en el bolsillo del pantalón.
– Ben -le temblaba la voz-, ¿tienes problemas?
Ben se rascó la barbilla mientras parecía estar considerando su respuesta.
– ¿No los tenemos todos normalmente?
– Ben…
– Eh, sí, sólo estoy pensando cómo empezar.
– Por el principio -sugirió Rachel con un hilo de voz-. ¿Quién te ha escrito esta carta? ¿Estás en peligro?
Ben la miró fijamente, estupefacto al darse cuenta de que estaba temblando, de que estaba pálida y parecía aterrorizada… por él. Pensaba que era él el que corría peligro…
Agarrándose al bastón, Rachel intentó levantarse, pero Ben se lo impidió y se puso en cuclillas para que sus rostros pudieran estar al mismo nivel.
– Dímelo -le suplicó Rachel-, dime lo que está pasando.
– Sí, de acuerdo.
Ben posó la mano en el brazo escayolado de Rachel, imaginándose a sí mismo siendo atropellado por el coche que la había atropellado a ella. Imaginando el dolor, el miedo, la pesadilla de la estancia en el hospital. Imaginó todo lo que Rachel había pasado e intentó imaginar cómo iba a decirle que todo era culpa suya.
– Hace unos seis meses -comenzó a decir-, yo andaba buscando una nueva historia.
Rachel asintió urgiéndolo a continuar. Era evidente que todavía estaba muy preocupada por él.
– Descubrí en un rincón remoto del país que un supuesto sacerdote estaba ganando dinero a través de sus llamadas misiones de esperanza.
– Sí, leí ese artículo. En vez de construir viviendas se embolsaba todo ese dinero, ¿verdad?
Lo había leído. Eso significaba que seguía su trabajo. Probablemente no era aquel el mejor momento para sentirse halagado por ello.
– Sacaste a la luz un escándalo internacional -continuó Rachel-, y el hombre fue a prisión.
– Sí, Manuel Asada fue a prisión, lo perdió todo: su gente, su imperio, todo. Él… -Ben tomó aire-, prometió vengarse de mí por haber destrozado su mundo.
– ¿Y? -preguntó Rachel, con los ojos abiertos como platos.
– Y durante el proceso de extradición a los Estados Unidos, se escapó.
– ¿Y…?
– Y ahora se ha desvanecido.
– Y quiere tu cabeza.
– No la mía exactamente, sino la de aquellos que me importan.
Rachel se quedó en completo silencio.
– Dios mío, Ben -lo miró fijamente, después, se levantó, apoyándose con el bastón. Cuando Ben intentó ayudarla, le apartó las manos, lo miró fijamente y se apartó de él todo lo que pudo.
– Entonces… no has venido a South Village por mí, por esto -bajó la mirada hacia la escayola y el bastón-. Has venido hasta aquí porque pensabas que tenías que proteger a Emily.
– Y a ti.
– ¿Pero por qué iba a pensar Asada que yo puedo importarte?
– Porque me importas.
Rachel volvió a mirarlo horrorizada.
– El accidente…
– Sí. El problema es que no creo que fuera un accidente en absoluto. Oh, Rach… -¿cómo expresar la culpa, el dolor, el arrepentimiento? Se acercó a ella y posó las manos en sus hombros-. Yo no quería que esto sucediera, lo siento. Ojalá hubiera estado yo en tu lugar -dijo con voz ronca-. Y haría cualquier cosa, cualquiera, para mantenerte a salvo.
Rachel se llevó la mano a los labios.
– Podría haber sido Emily, nuestra hija…
Ben la abrazó y, por un instante, Rachel se aferró a él, haciéndole perderse en aquella familiar sensación de su cercanía, haciéndole sentirse sobrecogedoramente… en casa.
Después, con una fuerza sorprendente, Rachel lo empujó para liberarse y se cubrió la cara con la mano.
– Quiero que te vayas -le dijo.
– No puedo.
– Querrás decir que no quieres.
– Maldita sea. No pienso marcharme hasta que no hayan encontrado a Asada.
Rachel dejó caer la mano de su rostro y lo miró con aquellos enormes y expresivos ojos, haciéndole odiarse a sí mismo.
– Yo sabía que tenía que haber algo que estuviera atándote a esta casa. Algo más que nosotras.
– Lo siento -dijo una vez más, pero a él mismo le parecían patéticamente inadecuadas sus palabras.
– Yo también. Pero prométeme algo.
– Lo que quieras.
– En el momento en el que estemos a salvo, desaparecerás.
Ben se quedó mirando fijamente a Rachel, apreciando el valor y la fuerza que de ella emanaban y cerró los ojos. Y después hizo la promesa con la que sellaría su destino.
– Te lo prometo, en cuanto estéis a salvo, me marcharé.
En Brasil, la noche caía repentinamente, sin previa advertencia. En cuestión de segundos, el canto de los pájaros y el zumbido de las abejas desaparecían en el negro silencio de la noche.
A Manuel siempre le había gustado, pero en aquel momento de su vida, odiaba que el sol se pusiera porque eso lo obligaba a permanecer escondido como un topo hasta la mañana siguiente.
Era tan poco lo que le había quedado allí. Y aparte de unos cuantos subalternos que no tenían ningún otro lugar adonde ir, tampoco podía contar con nadie.
Y tanto el hecho de vivir escondido como el depender de los demás para todo, lo estaban volviendo loco. Durante todo el día y toda la noche, lo único que hacía era torturarse a sí mismo pensando en cómo habrían sido las cosas si todo hubiera ocurrido de otra manera.
¿Qué habría pasado si hubiera matado a Ben Asher antes de que su artículo lo salpicara?
La necesidad de venganza era mayor a medida que iban pasando los días. Volvería a levantar su imperio. Y nadie conseguiría arrebatárselo en aquella ocasión.
Nadie.
Capítulo 13
Ben permanecía en el balcón observando la noche. Había imaginado que sería mejor que quedarse en la cama, donde lo único que era capaz de hacer era clavar la mirada en el techo.