La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
Pero en realidad no era muy diferente, porque mientras veía a la gente pasear por las calles, lo único que era capaz de ver era el rostro de Rachel cuando había descubierto el verdadero motivo de su vuelta.
Verla recomponer el rompecabezas, ser testigo de cómo iba comprendiendo el peligro en el que las había puesto a ella y a Emily había sido como una suerte de tortura.
Ben esbozó una mueca y se frotó los ojos con las manos, pero nada cambiaba. Continuaba sintiéndose como una basura. Había llevado el peligro a la vida de su hija y a la de una mujer que le había dado más alegrías que ninguna otra cosa en la vida.
Empujado por la necesidad repentina de verlas, de tocarlas, de asegurarse de que estaban a salvo, entró en la casa. Y se sintió como si estuviera muriendo mil veces cuando al abrir la puerta del dormitorio de Rachel encontró la cama vacía. Tampoco estaba en el cuarto de baño, ni el estudio, en cuyo sofá estaba durmiendo Mel.
Con las manos empapadas en sudor, corrió a la habitación de Emily. Al encontrarla en la cama, se apoyó contra la pared, presa de un alivio que no se merecía.
Su hija estaba allí, a salvo.
Y a su lado, en el rincón más pequeño de la cama, tumbada sobre su lado sano, estaba Rachel.
También a salvo.
¿Cómo era posible que verlas juntas le hiciera desear sonreír, llorar y salir corriendo al mismo tiempo?
Volvió a arroparlas e, incapaz de resistirse, se inclinó para darle un beso a Emily en la sien. En medio de su sueño, Emily se movió y musitó un sonido inarticulado, después suspiró y volvió a hundirse en el sueño.
Dios, era tan dulce… Y era suya.
Se inclinó después hacia Rachel, pero no se atrevió a tocarla. Sí, también era muy dulce, pero no era suya. Y nunca lo sería; los propios actos de Ben se habían asegurado de ello.
Ben permaneció en la habitación durante largo rato, contemplando a aquellos dos pedazos que conformaban su corazón. Nada, nada, podría hacerles daño. Él estaba dispuesto a morir para evitarlo.
Rachel había tenido que enfrentarse a muchos golpes a lo largo de su vida. De hecho, tratar con ellos era uno de sus fuertes. Así que, sin grandes alharacas, consiguió controlar las nuevas pesadillas que se habían instalado en su vida desde su «cita» con Ben de dos noches atrás. Había vuelto a revivir todo el horror del accidente una y otra vez, sabiendo, además, que en realidad no había sido un accidente, sino la cruel venganza de un loco.
Y había sido capaz de asumir la verdadera razón por la que Ben estaba allí.
En cualquier caso, había algunas cosas que por lo menos habían empezado a tener sentido. Las repetidas apariciones de la policía por los alrededores de la casa, o la forma en la que Ben se ocupaba de cerrar personalmente puertas y ventanas cada noche, asegurándose de ser siempre el último en acostarse…
– Mamá -entró gritando Emily en su estudio. Acababa de salir a dar un paseo con Mel y con la perra y estaba ya de vuelta, segura y salvo.
Rachel nunca había considerado South Village un lugar peligroso, y menos los sábados por la tarde. Hasta ese momento. Había muchas cosas en las que no había pensado hasta que había vuelto Ben. Dios, necesitaba sacarlo cuanto antes de su vida.
– Hola cariño.
Incapaz de evitarlo, le tendió los brazos y, cuando Emily corrió hacia ella, la besó y la abrazó durante largo rato.
Ben le había asegurado que Emily estaba todo lo segura que podía estar, pero Rachel dudaba de que pudiera relajarse nunca más.
Emily se retorció nerviosa en sus brazos y cuando Rachel la soltó, se apartó y le dirigió una de esas francas y enormes sonrisas que Rachel llevaba tiempo sin ver.
– ¿Sabes una cosa, mamá?
– ¿Qué? ¿Has vuelto a prepararnos otra de esas citas falsas?
Emily tuvo al menos la deferencia de sonrojarse al oírla.
– Eh, no. Ese tipo de ideas no se repetirán.
– Gracias a Dios.
– Y voy a dejar de pedirte que me quites del colegio y me dejes estudiar en casa.
Era la primera vez que lo decía y aquel momento debería haber sido un motivo de júbilo. Pero, precisamente, Rachel había estado considerando la posibilidad de que Emily estudiara en casa hasta que atraparan a Asada.
– ¿Y a qué se debe ese cambio de opinión?
– Bueno, hay un chico…
Un chico. Había estado tan encerrada en su propia pesadilla que había olvidado que la vida de Emily no había cambiado.
– ¿Es guapo?
– ¡Mamá!
– ¿Qué?
– Sólo somos amigos.
– ¡Oh, Dios mío! ¿Estamos hablando de chicos? -Melanie entró en aquel momento en el estudio-. Pero te advierto una cosa, cariño, los chicos pueden ser unos pésimos amigos -vio que Rachel la estaba mirando por encima de la cabeza de Emily-. ¿Qué pasa? Es cierto, no confíes nunca en un hombre -le dijo Mel a Emily-. Nunca.
En ese momento sonó el teléfono. Con un suspiro, Rachel presionó el botón.
– ¿Diga?
– Eh, ¿cómo va Gracie? -la voz grave de Gwen resonó en medio de la habitación-. Estaba pensando en acercarme por allí para ir a buscar tu última tira.
– Gwen, no tengo nada para ti -Rachel suspiró cuando Mel y Emily la miraron sorprendidas. Y no podía culparlas, se pasaba el día encerrada en aquel estudio.
– Rachel, no continuarás pensando en esa tontería de renunciar a Gracie, ¿verdad?
Rachel elevó los ojos al cielo.
– Ya te llamaré más adelante, Gwen.
– Pero…
Rachel desconectó el teléfono y les dirigió a Emily y a Mel una temblorosa sonrisa.
– ¿Vas a renunciar al mejor sueldo que has tenido en toda tu vida? -preguntó Mel-. ¿Pero por qué?
– Yo no he dicho que vaya a renunciar.
– Mamá, yo creía que querías a Gracie.
– Oh, por el amor de Dios. Estás hablando como si Gracie fuera real.
– Mamá.
Rachel suspiró. ¿Cómo explicar que ya no se sentía creativamente estimulada por algo que tiempo atrás era prácticamente su vida? ¿Que quería cambiar de rumbo, que sentía aquel profundo deseo en su interior, un deseo que no había sentido desde que Ben había salido de su vida?
Ese era el efecto que Ben tenía en ella. Alimentaba su pasión.
– A veces -dijo con calma-, una persona tiene que cambiar para poder seguir avanzando.
– Pero… -Emily parecía confundida-, si dejas de trabajar, ¿eso significará que tendremos que mudarnos?
– No seas estúpida, Rach. No vas a renunciar a Gracie, eso sería una locura -dijo Mel.
Rachel la ignoró y tomó la mano de Emily.
– La verdad es que las cosas para mí ya no son como antes. No sé lo que voy a hacer, pero para ti, nada cambiará, ¿de acuerdo? De modo que, nada de mudarnos.
– Em… -Emily estaba observando a Rachel como si fuera un cañón a punto de explotar-, déjanos un momento a solas.
– Quieres que me vaya para poder hablar de algo bueno.
– Emily.
– Estupendo, ¡como vosotras queráis! Dejadme al margen de la conversación, no me importa -y cerró la puerta tras ella.
– Esto te va a costar -le advirtió Rachel a su hermana.
– Ya me las arreglaré con ella. Lo que no soporto es que me andes escatimando detalles.
– Mel…
– El miércoles por la noche, durante la película, Emily me contó su plan. Me habló de la cita que os había preparado. Es una suerte que sea tan inteligente -miró a Rachel con mucha atención-. Bueno, ¿cómo te fue?
– ¿El qué?
– Deja de hacerte la inocente, hermanita. La cena con Ben. Estamos a domingo, he dejado todo un día por medio, lo menos que puedes hacer es contarme cómo llegaste a averiguar que todo había sido un montaje de una niña de doce años.
– Pues la verdad es que tardé más de lo que podrías pensar.
– ¿De verdad pensabas que Ben podía querer tener una cita contigo?
– Y él pensaba lo mismo de mí -contestó Rachel, poniéndose a la defensiva.