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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Le rogó.

– Por favor -susurró-, suélteme.

Así lo hizo, la mano la soltó con sorprendente brusquedad.

– Mis disculpas -dijo, y sonaba una pizca… ¿sorprendido?

No, eso era imposible. Nada podía sorprender a este hombre.

– No era mi intención hacerle daño -añadió en tono suave.

– ¿Ah, no?

Él sacudió un poco la cabeza.

– No. Tal vez asustarla. Pero no quería hacerle daño.

Kate retrocedió con piernas temblorosas.

– No es más que un mujeriego -dijo mientras deseaba que su voz surgiera con un poco más de desdén y un poco menos de temblor.

– Lo sé -dijo encogiéndose de hombros. El intenso fuego en sus ojos pareció apagarse hasta denotar una leve diversión-. Va con mi manera de ser.

Kate dio otro paso hacia atrás. No le quedaban energías para enfrentarse a los abruptos cambios de humor de él.

– Me voy ahora mismo.

– Váyase -dijo él en tono afable, y le hizo una indicación hacia la puerta.

– No puede detenerme.

Él sonrió.

– Ni lo soñaría.

Kate empezó a apartarse, retrocedió con lentitud, temerosa de que si le quitaba la vista de encima durante un segundo, él tal vez se abalanzara sobre ella.

– Me voy -repitió de modo innecesario.

Pero cuando tenía la mano a un centímetro del pomo de la puerta, él dijo:

– Supongo que la veré la próxima vez que vaya a visitar a Edwina.

Kate se puso pálida. No es que pudiera verse a sí misma, por supuesto, pero por primera vez en su vida, de hecho había notado que su piel perdía la sangre.

– Ha dicho que iba a dejarla en paz -dijo en tono acusador.

– No -replicó él mientras se apoyaba con postura bastante insolente en un lado del sillón-. He dicho que no pensaba que fuera permitir que me casara con ella. Lo cual no quiere decir lo mismo, desde luego no tengo planes de permitir que controle mi vida.

Kate de pronto se sintió como si tuviera una bala de cañón alojada en su garganta.

– Pero es imposible que quiera casarse con ella después de que usted… después de que yo…

Anthony dio unos pasos hacia ella con movimientos lentos y elegantes como los de un gato.

– ¿Después de que me besara?

– Yo no… -Pero las palabras le quemaron la parte posterior de la laringe pues era obvio que eran mentira. Ella no había iniciado aquel beso pero al final sí había participado en él.

– Oh, vamos, señorita Sheffield -dijo estirándose y cruzándose de brazos-. No sigamos por ahí. No nos gustamos, hasta ahí es verdad, pero la respeto de un modo peculiar, pervertido, y sé que usted no es una mentirosa.

Kate no dijo nada. La verdad, ¿qué podía decir? ¿Qué podía responder a una afirmación que contenía las palabras «respeto» y «pervertido»?

– Me devolvió el beso -dijo con una leve sonrisa de satisfacción-. No con gran entusiasmo, lo admito, pero eso sería cuestión de tiempo.

Ella sacudió la cabeza, incapaz de dar crédito a lo que oía.

– ¿Cómo puede hablar de ese tipo de cosas tan sólo un minuto después de haber declarado su intención de casarse con mi hermana?

– Esto no obstaculiza lo más mínimo mis planes, es la verdad – comentó con voz reflexiva pero despreocupada, como si considerara la compra de un nuevo caballo o decidiera qué pañuelo ponerse en el cuello.

Quizá fuera su postura desenfadada, quizá la manera en que se frotaba el mentón como si fingiera estar pensándose un poco aquella cuestión, pero algo encendió una mecha en el interior de Kate. Sin tan siquiera pensar, se lanzó hacia delante, todas las furias del mundo reunidas en su alma mientras se arrojaba contra él y le golpeaba el pecho con los puños.

– ¡Nunca se casará con ella! -chilló-. ¡Nunca! ¿Me oye? Él levantó un brazo para parar un golpe contra su cara.

– Haré oídos sordos a sus afirmaciones. -Luego atrapó con habilidad sus muñecas y se las inmovilizó mientras su cuerpo temblaba de rabia.

– No permitiré que la haga una desdichada. No permitiné que arruine su vida -continuó, aunque las palabras se le atragantaban -. Ella representa todo lo bueno, honrado y puro. Y se merece algo mejor que usted.

Anthony la observó de cerca, recorrió su rostro con la mirada, en cierto modo se había puesto muy hermosa con la fuerza de su ira.Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos le brillaban con las lágrimas que se esforzaba por contener. Él empezaba a sentir que podía ser el peor canalla del mundo.

– Vaya, señorita Sheffield -dijo en tono suave-. Me da la impresión de que quiere de verdad a su hermana.

– Por supuesto que la quiero! -soltó-. ¿Por qué cree que he empleado tantos esfuerzos para mantenerla alejada de usted? ¿Cree que lo he hecho por diversión? Porque, le aseguro, milord, que se me ocurren cosas mucho más divertidas que estar retenida en su estudio.

Él le soltó las muñecas de forma brusca. Kate se frotó la carne enrojecida y maltratada mientras continuaba hablando:

– Pensaba que al menos mi amor por Edwina era una faceta que usted podía entender con perfecta claridad -dijo gimoteando-. Usted, quien supuestamente siente tal devoción por su familia.

Anthony no dijo nada, se limitó a observarla y preguntarse si tal vez esta mujer escondía mucho más de lo que en un principio había estimado.

– Si usted fuera hermano de Edwina -dijo Kate con escalofriante precisión-, ¿permitiría que se casara con un hombre como usted?

Él se quedó callado durante un largo instante, lo bastante largo como para que el silencio resonara con incomodidad en sus oídos. Por fin dijo:

– Esto no viene a cuento.

En favor de Kate había que decir que no sonrió. No alardeó, no se mofó. Cuando volvió a hablar sus palabras sonaron tranquilas y francas.

– Creo que ya me ha contestado. -Luego se giró sobre sus tal nes y empezó a alejarse.

– Mi hermana -dijo entonces él, con voz lo bastante alta como para que Kate detuviera su avance hacia la puerta- se ha casado con el duque de Hastings. ¿Está familiarizada con su reputación? Kate se detuvo, pero no se volvió.

– Es conocido por su evidente devoción a su esposa.

Anthony soltó una risita.

– Entonces no está familiarizada con su reputación. Al menos con la que tenía antes de casarse.

Kate se volvió poco a poco.

– Si intenta convencerme de que los mujeriegos reformados se transforman en los mejores esposos, no va a conseguirlo. Ha sido en esta misma habitación, ni siquiera hace quince minutos, donde ha dicho a la señorita Rosso que no veía motivos para renunciar a una querida por una esposa.

– Creo que especifiqué que en el caso de que uno no ame a esposa.

Un sonido peculiar salió de la nariz de Kate: no era en sí un refunfuño, más bien una respiración, pero dejaba muy claro, al menos en este momento, que no sentía ningún respeto hacia él. Con una expresión de profunda diversión en los ojos, Kate pregunto:

– ¿Y ama a mi hermana, lord Bridgerton?

– Por supuesto que no -contestó-. Y nunca se me ocurriría insultar a su inteligencia diciendo lo contrario. Pero -añadió alzando voz, para frustrar la interrupción que estaba seguro se iba a producir – tan sólo hace una semana que conozco a su hermana. No hay motivo para creer que no pueda enamorarme de ella si pasáramos muchos años unidos en santo matrimonio.

Kate se cruzó de brazos.

– ¿Por qué será que no puedo creerme ni una palabra de lo que sale de su boca?

Él se encogió de hombros.

– Desde luego que no lo sé. -Pero sí lo sabía. Precisamente el motivo por el que había elegido a Edwina para esposa era saber que nunca se enamoraría de ella. Le gustaba, la respetaba y estaba seguro de que sería una madre excelente para sus herederos, pero nunca la amaría. Aquella chispa no se había encendido entre ellos.

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