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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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Ella se encogió de hombros.

– Supongo que fue un jarro de agua fría. A partir de ahí sus correos fueron haciéndose menos frecuentes hasta que casi dejó de escribir. Pero hacia el final de su estancia en Irlanda me mandó este correo.

Desdobló los papeles, escogió uno y se lo dio a Savall. Este lo leyó y luego pasó la hoja a Héctor. El texto decía así:

Hola, sé que llevo mucho tiempo sin dar señales de vida, y no voy a insistir en lo de vernos, al menos de momento. De hecho, debo volver a Barcelona para arreglar un asunto pendiente. Aún no sé cómo hacerlo, pero sí sé que debo intentarlo. Cuando todo eso haya pasado, me gustaría que nos viéramos. En París o en Barcelona, donde prefieras. Un beso, Marc.

Héctor levantó la cabeza del papel y Joana contestó a su pregunta antes de que llegara a formularla.

– No, no tengo ni idea de a qué asunto se refería. En ese momento pensé que debía de tratarse de un tema de estudios, enfocar su carrera o algo por el estilo. La verdad es que no le di importancia hasta ayer por la tarde. Me puse a leer todos los correos, uno tras otro, como si fueran una conversación de verdad. Este es el último que recibí de él.

Las miradas del comisario Savall y Héctor se encontraron. Poco había que decir. Ese mensaje podía referirse a todo, y a nada.

– Ya, ya sé que esto parece un poco exagerado, pero, no sé… quizá sea otra cosa, quizá tenga algo que ver con su muerte. -Movió las manos, un gesto más de impaciencia que de desconsuelo, y se puso de pie-. Bueno, supongo que ha sido una estupidez por mi parte.

– Joana. -Savall se incorporó también y rodeó la mesa para acercarse a ella-. Nada es una estupidez en una investigación. Te dije que llegaríamos hasta el fondo de este asunto y así será. Pero tienes que entender, que aceptar, que quizá lo más evidente es lo que sucedió de verdad. Los accidentes son difíciles de asumir, y sin embargo ocurren.

Joana asentía, aunque Héctor tenía la sensación de que no era eso lo que la preocupaba. O al menos no sólo eso. Tenía que haber sido una mujer muy guapa, y aún lo era en cierto modo, pensó él. Elegante y con estilo, aunque su rostro dejaba entrever ya el paso de los años sin que ella hiciera nada por disimularlo. Ni maquillaje, ni operaciones. Joana Vidal aceptaba la madurez de manera natural y el resultado denotaba una dignidad de la que carecían otros rostros de su edad. La observó aprovechando que ella parecía absorta en lo que le decía el comisario.

– Te mantendremos informada. Personalmente. El inspector Salgado o yo mismo, te lo prometo. Intenta descansar.

Savall se ofreció a acompañarla hasta la puerta, pero ella se negó, con el mismo mohín de impaciencia que Héctor había apreciado unos minutos antes. No debía de ser una mujer fácil, de eso también estaba seguro, y mientras la veía alejarse le vino a la cabeza la imagen de Meryl Streep. La figura de Leire Castro, que se había acercado en cuanto salió Joana Vidal, le devolvió a la realidad.

– ¿Tiene un momento, inspector?

– Sí, pero, si te soy sincero, necesito un cigarrillo. ¿Fumas? -le preguntó por primera vez.

– Más de lo que debería y menos de lo que me apetece.

El sonrió.

– Pues ahora lo harás por orden de tu superior.

Sin saber por qué, Leire le siguió el juego.

– Peores cosas me han pedido.

El levantó las manos, en gesto de falsa inocencia.

– No puedo creerte… Vamos a contaminar el aire a la calle y me lo cuentas.

Lograron encontrar un rincón a la sombra, aunque en Barcelona en verano suponía un falso refugio. El sol de mediodía caía a plomo sobre la ciudad y la humedad aumentaba la temperatura hasta límites africanos.

– Esa era la madre de Marc, ¿verdad? -preguntó ella.

– Sí. -El aspiró profundamente y fue soltando el humo despacio-. Dime, ¿hay algo en el portátil, o en el móvil?

Ella asintió.

– Estamos investigando los números, aunque la mayoría de llamadas y mensajes de los días previos a su muerte son a Gina Martí y Aleix Rovira. Y a una tal Iris, aunque en su caso son básicamente por WhatsApp. -El mostró su desconcierto y ella le explicó de qué se trataba-. Es gratuito, y por el prefijo sabemos que esa chica estaba en Irlanda. En Dublín, supongo. Practicaban poco inglés, la chica debe de ser española, y por lo que he leído, Marc estaba bastante colado por ella. He transcrito todos los mensajes a ver si hay algo, pero a primera vista parecen normales: te echo de menos, me gustaría que estuvieras aquí… Creo que planeaban verse porque hay alguna referencia a «pronto acabará todo esto». -Ella sonrió-. Todo con abreviaturas muy poco románticas, la verdad. En cuanto al portátil, están intentando repararlo pero me han dicho que está bastante cascado. Como si lo hubieran roto a propósito.

– Ya. -El tema del ordenador le preocupaba. Iba a comentar sus dudas en voz alta, pero Leire no le dejó.

– Hay otra cosa, inspector. Me di cuenta anoche, en casa. -Los ojos le brillaban, y Héctor se fijó por primera vez en que eran de color verde oscuro-. Con este calor no había forma de dormir, así que salí a la terraza a fumar un cigarrillo. Se me olvidó el cenicero y acabé apagándolo en el suelo, pensando que ya lo recogería luego. No es muy higiénico, lo reconozco. Luego, mientras estaba en la cama, se me ocurrió. ¿Qué haría usted si fuera a fumar un cigarrillo sentado a la ventana?

El meditó un segundo.

– Bueno, o bien tiraría la ceniza al aire o me llevaría un cenicero y lo tendría cerca, al lado o incluso en la mano.

– Exacto. Y por lo que me dijo la asistenta, Gloria Vergés es una obsesa de la limpieza. No soporta el humo, ni las colillas. Supongo que por eso el chico fumaba en la ventana. -Hizo una pausa breve antes de continuar-: La colilla no estaba en el suelo, al menos no por la mañana, cuando procesamos la escena. Sí, pudo tirarla lejos, pero de algún modo no me imagino a Marc ensuciando el jardín. Lo más lógico era que se llevara el cenicero a la ventana para ahorrarse la bronca. Pero no estaba allí. Estaba dentro, lo recuerdo perfectamente, en la estantería que hay al lado de la ventana. Creo que incluso aparece en alguna de las fotos que tomamos.

El cerebro de Héctor funcionaba a toda máquina a pesar del calor.

– Lo que significa que Marc apagó el cigarrillo y volvió a entrar.

– Eso pensé. He estado dándole vueltas y no es nada definitivo. Pudo perfectamente fumar, entrar y luego volver a la ventana. Pero según nos han dicho no era algo que solía hacer. Quiero decir que la idea que nos han vendido es que Marc se sentaba en la ventana a fumar. Punto. No a meditar, ni a pasar el rato.

– Existe otra opción -rebatió él-. Que alguien retirara el cenicero de la ventana.

– Sí, también lo he pensado. Pero la asistenta tuvo que ocuparse de Gina Martí, que tuvo un ataque de nervios al despertar; no subió a la buhardilla antes de que llegáramos. El señor Castells llegó con su hermano, el cura, al mismo tiempo que nosotros; su mujer y su hija bajaron después; la señora Castells no quiso que la niña viera el cadáver, como es lógico, así que se quedó en el chalet de Collbató hasta la tarde.

– ¿Estás segura de que Gina no volvió a entrar en la buhardilla por la mañana?

– Según su declaración, no. Los gritos de la asistenta la despertaron y bajó corriendo a la puerta. Al ver a Marc muerto tuvo un ataque de nervios y la mujer tuvo que hacerle una tila, que no se bebió. Nosotros llegamos enseguida. Y tampoco la imagino quitando el cenicero de la ventana y colocándolo en su sitio.

– A ver… -Héctor entrecerró los ojos-. Imaginemos la escena: Marc ha estado con sus colegas y la noche ha acabado mal. Se han peleado. Lo bastante para que se le haya manchado la camiseta de sangre. Aleix se ha ido y él ha mandado a Gina a la cama. Son casi las tres de la madrugada y hace calor. Se cambia la camiseta sucia y antes de irse a la cama hace lo de siempre: fumarse un cigarrillo sentado en la ventana. Asumamos que se llevó el cenicero, estoy seguro de que lo hacía de manera habitual. Así que fuma tranquilamente, apaga el cigarrillo y vuelve a entrar en la buhardilla; deja el cenicero…

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