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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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Miró el reloj. Sí, aún tenía tiempo. Introdujo el nombre de Rubén Ramos García en el ordenador. Instantes después, gracias a la magia de la informática, aparecía en la pantalla la foto de un joven moreno. Leire leyó la información totalmente desconcertada. ¿Qué diablos hacía un joven de buena familia, como diría el comisario, relacionándose con ese chaval que, a todas luces, no pertenecía a su círculo social? Rubén Ramos García, veinticuatro años, fichado en enero del año anterior y otra vez en noviembre por posesión de cocaína. Sospechas de tráfico de estupefacientes que no se habían demostrado. Otra nota: interrogado en relación con una agresión skinhead a unos inmigrantes que acabaron retirando la denuncia.

Leire hizo un informe rápido de todo ello y lo dejó sobre la mesa, tal y como había acordado con el inspector. Luego, sin querer detenerse a pensar en nada, cogió el casco y fue a por la moto.

Martina Andreu cruzaba la verja del Pare de la Ciutadella a las cinco y veinte en punto. Unas oscuras nubes empezaban a asomar desde el mar y un viento, cálido pero potente, agitaba las ramas de los árboles. En los parterres, algo secos por la falta de lluvia, grupos de jóvenes tocaban la guitarra o simplemente disfrutaban de una cerveza. Verano en la ciudad. Avanzó con paso rápido por el suelo de tierra hasta dar con la cascada y el sonido del agua le proporcionó una pasajera sensación de frescor. La rodeó, dirigiéndose a un rincón del parque situado detrás, donde había un par de bancos dispersos. Recorrió el espacio con la mirada hasta localizar a una mujer de baja estatura, de cabello muy moreno, que de espaldas a ella estaba jugando con una niña pequeña. La mujer se volvió justo cuando ella se acercaba y asintió débilmente con la cabeza.

– ¿Rosa?

– Sí. -Estaba nerviosa; sus oscuras ojeras transmitían un cansancio era fruto de toda una vida-. Amor, mamá va a hablar con esta señora de un trabajo. Juega tú sólita acá un momento, ¿de acuerdo?

La niña miró a la recién llegada con seriedad. Había heredado las ojeras de su madre, aunque a cambio tenía unos bonitos ojos negros.

– Estamos en ese banco -añadió Rosa, y señaló el más cercano-. No te alejes, amor.

Martina fue hacia el banco y Rosa la siguió; ambas se sentaron. El viento arreciaba, augurando una noche de lluvia. «Ya era hora», pensó la subinspectora.

– Va a llover -dijo Rosa, que no apartaba la mirada de su hija, ni dejaba de retorcerse las manos: dedos recios y cortos, endurecidos a fuerza de limpiar casas ajenas.

– ¿Cuántos años tiene?

– Seis.

Martina sonrió.

– Uno menos que los míos. Son gemelos -aclaró.

Rosa le sonrió, algo menos nerviosa, aunque sus manos seguían tensas. «Complicidad entre madres», pensó la subinspectora.

– ¿Qué tenía que decirme, Rosa? -No quería demostrar impaciencia, pero el tiempo se le echaba encima. Al ver que la mujer no respondía, insistió-: ¿Algo sobre el doctor Ornar?

– No sé si he hecho bien, señora. No quiero meterme en líos. -Bajó la cabeza, y llevó la mano a una medalla que llevaba colgada al cuello.

– Tranquila, Rosa. Usted ha creído que debía llamarme, así que debe de tratarse de algo importante. Puede confiar en mí.

La mujer miró a su alrededor y suspiró:

– Es…

– ¿Sí?

– Yo… -Por fin tomó fuerzas y se decidió a hablar-: Prométame que no vendrá a buscarme, ni tendré que declarar en la comisaría.

Martina odiaba hacer promesas que no sabía si podría cumplir, pero esa clase de mentiras formaban parte de su trabajo.

– Se lo prometo.

– Bien… yo conocía al doctor. El curó a mi niña. -La voz empezó a temblarle-. Yo… yo sé que ustedes no creen en estas cosas. Pero yo lo veía, día tras día. La niña estaba cada vez peor.

– ¿Qué tenía?

Rosa la miró de reojo y sujetó con firmeza la medalla.

– Por la Virgen se lo digo, señora. Mi niña estaba embrujada. Mi marido no quería ni oír hablar de eso. Incluso me levantó la mano cuando se lo dije… pero yo lo sabía.

Martina sintió frío de repente, como si esa mujer que tenía al lado lo llevara consigo.

– ¿Y la llevó a la consulta del doctor Omar?

– Sí. Una amiga me lo recomendó, y no vivimos lejos. Así que la llevé y él me la curó, señora. Puso sus manos santas sobre su pecho y ahuyentó al maligno.

Se santiguó al decirlo. Martina no pudo evitar que su tono fuera gélido cuando preguntó:

– ¿Me ha hecho venir para contarme esto?

– ¡No! No, quería que supiera que el doctor era un buen hombre. Un santo, señora. Pero hay algo más. Yo no tenía dinero para pagarle todo de una vez así que tuve que volver… Creo que le vi el día en que desapareció.

La subinspectora se puso alerta.

– ¿A qué hora?

– Por la tarde, señora, sobre las ocho. Fui a pagarle, y cuando salía de su consulta le vi.

– ¿A quién vio?

– A un hombre que esperaba en la puerta de la calle, fumando, como si no se decidiera a entrar.

– ¿Cómo era? -Martina sacó su bloc de notas, definitivamente alerta.

– No hace falta que se lo describa -La mujer casi rompió a llorar-. Usted… usted lo conoce. Al día siguiente volví a verlo, con usted, comiendo en un restaurante cercano.

– ¿Se refiere al inspector Salgado?

– No sé cómo se llama. Comía con usted, como si fueran amigos.

– ¿Está segura?

– No la habría llamado si no lo estuviera, señora. Pero prométame que nadie vendrá a casa. Si mi marido se entera de que llevé a la niña a ese doctor…

– Tranquila -susurró Martina-. No diga nada de esto a nadie. Pero tengo que poder localizarla, déjeme un número de móvil, algo…

– ¡No! Vengo aquí todas las tardes, con la niña. Si necesita algo ya sabe dónde encontrarme.

– Muy bien. -Martina la miró con seriedad-. Se lo repito, Rosa: no diga ni una palabra de todo esto.

– Se lo juro por la Virgen, señora. -Rosa besó la medalla antes de levantarse del banco-. Ahora tengo que irme.

La niña, que había permanecido ajena a la conversación, se volvió al oír que su madre iba hacia ella. Seguía sin sonreír.

Martina Andreu las vio alejarse. También ella debía irse pero sus piernas se negaban a moverse del banco. Los caballos dorados de la cuadriga que coronaba la fuente parecían encabritarse ante un viento que seguía azotando los árboles, y a lo lejos se oyó el eco de un trueno. «Una tormenta de verano», se dijo. «Todo esto no será más que una puta tormenta de verano.»

Capítulo 19

El AVE procedente de Madrid llegó a la hora prevista, desafiando años de retraso en el servicio de ferrocarriles del país. A esas horas de la tarde, en un viernes de verano, el vestíbulo de la estación se hallaba repleto de gente que pretendía cambiar el sofoco de la ciudad por el gentío de las playas, aunque eso implicara un trayecto en un tren abarrotado. Sentada en uno de los bancos en el gran vestíbulo de la estación, Leire observaba el trasiego de personas: excursionistas con mochila que hablaban a gritos, madres con inmensas bolsas al hombro arrastrando a niños pequeños que se empeñaban en meter torpemente el billete por la ranura, inmigrantes agotados tras una jornada de trabajo que casi seguro había empezado al amanecer, turistas que estudiaban el panel de salidas como si fueran las tablas de la ley sin prestar atención a sus billeteras.

La atenta mirada de Leire descubrió a un par de chicas jóvenes que deambulaban por el recinto sin decidirse a tomar tren alguno. «Carteristas», se dijo al sorprender una mirada de complicidad entre ellas: una plaga más veraniega que los mosquitos y, desde luego, más difícil de combatir. Hurtos de poca monta, condenas inexistentes, turistas amargados y cacos triunfantes; ése era el único resultado en el mejor de los casos. Estaba observando a una de ellas, que entraba en los lavabos detrás de una señora de mediana edad, evidentemente extranjera, cuando notó que alguien se sentaba a su lado.

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