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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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– Yo iré sólo unos días.

– ¿Cuántos?

– Doce -mintió-. Bueno, quizá más, aún no lo sé. Pero será genial; haremos algo útil, los dos. Mira, estoy harta de chicos que sólo hablan de fútbol, de sus jefes o del daño que les hizo su última novia; de metrosexuales que te roban las cremas y de separados que pretenden que les entretengas a los niños el fin de semana que les tocan. Santi es diferente.

– Ya. -Los gustos de ambas en relación con los hombres eran una fuente inagotable de desacuerdos, pero una parte fundamental de su amistad. Jamás les había gustado el mismo tipo de chico. A Leire, Santi le parecía un pedante aburrido al que le hacía falta un buen chorro de desodorante. Y María, estaba segura, habría pensado que Tomás era un chulo que se creía George Clooney por llevar un traje con camisa blanca y tener unos dientes perfectos. Levantó el vaso de agua y dijo en voz alta-: ¡Brindemos por el turismo sexual solidario!

María la imitó con su copa de vino tinto.

– ¡Por el turismo sexual solidario! ¡Y por los bichitos que dejan huella!

– ¡Bruja!

La sábana estaba ya arrugada de tanto dar vueltas. Leire cerró los ojos e intentó relajarse en la oscuridad. Una oscuridad cálida, porque no corría ni la más leve brisa; la ventana abierta sólo servía para que el cuarto quedara inundado por los maullidos de la dichosa gata. Llevaba apenas unos meses en ese apartamento y durante las primeras semanas se había despertado sobresaltada por esos gemidos que sonaban igual que el llanto de un bebé; había salido a la pequeña terraza en busca de la fuente de aquel sollozo lastimero sin poder averiguar de dónde procedía, hasta que por fin una noche se cruzó con los ojos de aquella gata insomne, inmóvil como una estatua, que la observaban impasibles al compás de su aullido felino. Ahora ya se había acostumbrado, aunque en el fondo seguía molestándole ese grito animal, ese instinto puro que pedía sexo sin el menor pudor. En ese momento pensó que cerrar la ventana sólo amortiguaría los gemidos y, por otro lado, aumentaría el calor.

Encendió un cigarrillo, aunque ese día ya había consumido los cinco que le tocaban, y salió a la diminuta terraza, apenas un cuadrado con dos maceteros colgados de la baranda y una mesita redonda de madera. Buscó a la gata con la mirada; allí estaba, ahora súbitamente callada, contemplándola como un pequeño buda con bigotes. Las primeras caladas la tranquilizaron un poco, una paz falsa, lo sabía, pero paz al fin y al cabo. Como si quisiera recordarle su existencia, el animal maulló de nuevo desde el tejado de enfrente y Leire la miró con más cariño que antes. El cigarrillo se había consumido y lo tiró al suelo, reprendiéndose por ello pero sin ganas de ir a buscar el cenicero. La gata la observó e inclinó la cabeza, con gesto de franca reprobación. «¿Tienes hambre?», le preguntó Leire en voz baja, y por primera vez en el tiempo que llevaba viviendo allí se le ocurrió la posibilidad de ponerle un poco de leche en un cuenco. Lo hizo y se metió en casa, segura de que el animal no se acercaría si la veía fuera. Permaneció unos minutos apostada en la puerta, con la luz del interior encendida, a la espera de que la gata venciera su miedo y saltara a la terraza, pero no advirtió el menor movimiento. Se sintió agotada de repente y decidió volver a acostarse; eran las cuatro y veinte, y con un poco de suerte aún podría dormir al menos dos horas y media. Ya acostada, alargó la mano y cogió el móvil. Dos nuevos mensajes de Tomás. «Llego mañana Sants, AVE 17.00. Me muero de ganas de verte. T.» «Ah, tengo q proponerte algo. Besos.»

Apoyó la cabeza en la almohada, ya fría, y cerró los ojos, decidida a dormir. En ese momento dulce que precede a la pérdida de conciencia pensó en la sonrisa de Tomás, en su Predictor, en el turismo sexual solidario y en el cuenco de leche de la terraza, hasta que de repente un detalle disonante, una nota fuera de lugar, la desveló de nuevo. Se sentó en la cama súbitamente alerta e intentó recordar. Sí, estaba segura. Visualizó la buhardilla desde donde había caído al vacío el joven Marc Castells, la ventana, el alféizar, el cuerpo en el suelo. Y comprendió que algo no encajaba, que la secuencia de acontecimientos no podía ser tal y como la habían reconstruido. Había algo fuera de lugar en esa escena, algo tan simple como un cenicero en el sitio equivocado.

Viernes

Capítulo 15

El desayuno era uno de los momentos preferidos de Ruth.

Lo tomaba en la cocina, sentada en un taburete alto, y le dedicaba el tiempo necesario. Le gustaba el ritual de prepararse el zumo de naranja y las tostadas, la combinación del aroma del café con el del pan caliente. Era un placer que nunca había conseguido compartir con ninguna de sus parejas; Héctor apenas era capaz de probar bocado por las mañanas y, al parecer, lo mismo le sucedía a Carol. Es más, dado que solían mirarla entre sorprendidos e incrédulos ante la dedicación que ella ponía a cada detalle, disfrutaba mucho más cuando lo hacía sola. Alguna vez se había planteado si ese placer matutino y solitario no sería un augurio de lo que le esperaba en el futuro; cada vez con más frecuencia se veía a sí misma como una persona tendente a la independencia, algo curioso para alguien que, en realidad, nunca había estado sin compañía. Sus padres, su marido, su hijo, y ahora Carol… Frunció el ceño al pensar que no conseguía ponerle otro nombre que no fuera el propio: «amante» sonaba vulgar, «novia» era algo que aún no conseguía decir, y «compañera» le parecía falso, un eufemismo ñoño para disimular la verdad. Mientras untaba de mantequilla la tostada con un cuidado exquisito y extendía sobre ella una fina capa de mermelada de melocotón, hecha por ella misma, se preguntó qué era Carol en realidad. Era la misma pregunta que le había formulado la propia interesada la noche anterior, después de la pelea con Héctor, y a la que al parecer Ruth no había podido dar una respuesta satisfactoria, ya que la cena para dos había quedado intacta y Carol, su amante, su novia, su compañera o lo que fuera, se había marchado a su piso envuelta en un silencio hosco sin que ella hiciera el menor esfuerzo por evitarlo. Sabía que habría bastado una palabra para detenerla, un simple apretón de manos para disipar su ataque de impaciencia o de celos, pero simplemente le habían faltado ganas de hacerlo. Y aunque luego habían hablado por teléfono durante casi una hora, cincuenta y tres largos minutos para ser exactos, que Carol había invertido en disculparse por su brusca partida y en reiterarle su comprensión y su amor incondicional, la sensación de fatiga no había menguado en lo más mínimo. Al revés, toda la escena había despertado en ella unas ganas locas de desaparecer, de irse durante un fin de semana, ese fin de semana sin esperar más, a algún lugar donde poder estar tranquila; sin presiones, disculpas, ni promesas de amor. «Menuda noche», se dijo Ruth. Ella había llegado de buen humor, dispuesta a disfrutar de una agradable velada con Carol, y se la había encontrado histérica, dando voces por teléfono, insultando como una energúmena a su ex marido. Le había pedido explicaciones con la mirada y había logrado por fin que colgara el teléfono y le contara a qué venía aquella escena surrealista. Carol se limitó a decir: «Míralo tú misma. Eso estaba dentro de la caja de alfajores que el cabrón de tu ex te dio ayer». Y, tras esas palabras, había apretado un botón del mando a distancia. La pantalla se había llenado con unas imágenes de Carol y ella tomadas varios días atrás: ambas en una playa nudista de Sant Pol, desnudas, al caer la tarde. Ruth recordaba bien ese día, pero verlo ahí, ver sus besos convertidos en una grabación barata y tosca, le generó una profunda sensación de repugnancia. Los cuerpos de ambas acariciándose en aquella playa solitaria despertaron en ella una súbita sensación de pudor. A partir de ahí, todo había ido de mal en peor. Ella había intentado razonar con Carol, decirle que Héctor estaba en Argentina cuando se rodaron esas imágenes; y que, aunque hubiera estado aquí, él jamás habría cometido un acto tan… obsceno. Carol había cedido por fin, aunque seguía arguyendo que existían detectives privados a quienes se les encargaban esas cosas y preguntando cómo había llegado esa mierda de DVD a la caja de alfajores que le había regalado Héctor, preguntando por qué defendía más a su ex marido que a ella, haciendo por fin la pregunta clave: «¿Qué diablos soy yo en tu vida?». Preguntas que no tenían respuesta y que habían sumido a Ruth en un vértigo agotador. Sólo quería tirar esa película a la basura y olvidarse de todo ello. Pero antes pensó que debía llamar a Héctor para hablar con él, una breve conversación para tranquilizarlo, lo que desde luego Carol no comprendió en absoluto. Cuando colgó, ella ya se había ido, y de repente, Ruth se había sentido aliviada de estar, por fin, totalmente sola.

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