El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
– ¿Lo ve? -insistió Castro-. No encaja con la idea de que estuviera mareado y se cayera accidentalmente. Es más, si estaba mareado debió de notarlo, y en ese caso, ¿para qué volver a salir?
Héctor pensó en el temor que había leído en los ojos de Joana Vidal hacía sólo un momento, en las palabras de Enric Castells que negaban con una vehemencia excesiva la posibilidad de que su hijo se hubiera lanzado al vacío por voluntad propia. ¿Podía haber sido un suicidio? ¿Un arrebato de desesperación por algo que había sucedido esa noche quizá? ¿O había entrado alguien, habían discutido y había acabado empujándolo por la ventana? Tenía que ser alguien medianamente fuerte, lo que descartaba a Gina. ¿Aleix? ¿Se habían peleado y el resultado de esa pelea había sido el ordenador roto? Leire parecía seguir su razonamiento ya que sus ojos despedían chispas.
– He hecho algo más -dijo ella-. Esta mañana he llamado a la facultad de informática, donde estudia Aleix Rovira. Me ha costado un poco, pero al final me lo han dicho: no ha aprobado una sola asignatura, de hecho prácticamente no ha asistido a clase desde Semana Santa.
– ¿No era una especie de niño prodigio?
– Pues al parecer perdió los superpoderes al entrar en la universidad.
– Investiga sus llamadas. Quiero saberlo todo sobre Rovira: a quién llama, por dónde se mueve; como suele decirse, a qué dedica el tiempo libre… que debe de ser bastante si no asiste a clase. Me da la impresión que esos dos niñatos están jugando con nosotros. Lo citaré en comisaría para el lunes, así que habrá que apurarse. ¿Algún problema?
Leire negó con la cabeza, aunque su expresión no demostraba la misma seguridad. De hecho, esa tarde debía recoger a Tomás en la estación de Sants, y en teoría libraba ese fin de semana. Iba a decirlo en voz alta cuando pensó que tener algo que hacer tal vez no le fuera mal.
– Ningún problema, inspector.
– Muy bien. Otra cosa, Marc escribió a su madre comentándole que tenía algo que resolver acá. No creo que tenga ninguna importancia, pero…
– Pero en este caso vamos a ciegas, ¿no cree?
– Muy a ciegas. -Recordó lo que le había dicho Savall y añadió, sin poder evitar un tonillo irónico-: Y no olvides que todo esto es «extraoficial». Ya hablo yo con el comisario. Quiero recoger todos los datos posibles sobre Aleix Rovira antes del lunes. Ocúpate de él, yo me encargaré de interrogar a Óscar Vaquero.
Ella pareció desconcertada.
– El gordito a quien le gastaron la broma. Ya, ya sé que hace un par de años de eso, pero los rencores a veces no se apagan con el tiempo sino al revés. -Una sonrisa cínica asomó a su semblante-. Te lo aseguro.
Capítulo 17
El aire acondicionado de esa triste habitación hacía un ruido infernal. Con las cortinas corridas -rígidos trozos de tela de un color verde musgo- para ocultar el sol de justicia que caía sobre la ciudad a esas horas, el runrún del aparato recordaba al rugido entrecortado de una bestia del inframundo. Podría haber sido un motel de carretera, uno de esos establecimientos que, pese a su sordidez, poseen un halo romántico o cuando menos sensual. Habitaciones que huelen a sábanas sudorosas y a cuerpos entregados, a sexo furtivo pero inevitable, a deseos nunca saciados del todo, a colonia barata y a ducha rápida.
En realidad, no se trataba de un motel sino de una pensión situada cerca de la plaza Universitat, discreta y hasta limpia si se la miraba con buenos ojos -o mejor, si no la miraba uno demasiado-, especializada en alquilar cuartos por horas. Dada la proximidad del «Gayxample», la zona gay por excelencia de Barcelona, la mayor parte de la clientela era homosexual, algo que en cierto modo tranquilizaba a Regina.
En lo que iba de año había acudido más o menos regularmente a esa pensión sin nunca cruzarse con una cara conocida. Lo peor era el momento de entrar y salir, pero hasta entonces había tenido suerte. Seguramente porque en el fondo le importaba un pimiento. No era que ella y Salvador tuvieran explícitamente una relación abierta, pero a su marido tenía que resultarle más o menos obvio que si no hacía el amor con ella, otra persona debía ocupar su lugar en la cama al menos de vez en cuando. Si era sincera consigo misma, Regina debía admitir que cuando se casó con Salvador, dieciséis años mayor que ella, no lo hizo porque el hombre fuera una fiera sexual, aunque los primeros años no había tenido la menor queja al respecto. No, Regina no era una mujer especialmente apasionada, pero sí orgullosa. Llevaba veintiún años casada, y durante la primera mitad de ese tiempo había sido tremendamente feliz. Salvador la adoraba, con una devoción que parecía inquebrantable, eterna. Y ella florecía bajo sus halagos, ante esas miradas que la acariciaban como una malla ceñida, realzando sus curvas sin apretar demasiado.
Lo único que no calculó cuando decidió casarse con ese caballero, atractivo en un sentido poco convencional, alto y canoso ya en la foto de boda, fue que los gustos de ese intelectual reconocido no cambiarían con los años. Si a los cuarenta y cuatro Salvador se fijaba en las chicas de veintitantos, a los sesenta y cuatro, convertido por azares del destino en un autor popular, su interés seguía centrándose en los mismos cuerpos jóvenes, las mismas caras insultantemente tersas. Las que sólo necesitan agua y jabón para estar brillantes. Y esas jovencitas, aún más tontas que Regina hace años, lo encontraban distinguido, encantador, inteligente. Incluso romántico. Leían emocionadas sus novelas de amor, cuentos de hadas urbanos con títulos como El dulce sabor de las primeras citas o Con vistas a la tristeza que él empezó a escribir cuando sus sesudos libros con pretensiones experimentales aburrieron incluso a los críticos más repelentes, y asistían a sus conferencias en las que palabras como «deseo», «piel», «sabor» y «melancolía» se repetían hasta la saciedad.
Había sido un golpe duro darse cuenta de que aquella admiración constante se apagaba poco a poco. O, mejor dicho, se desplazaba sutilmente en otras direcciones. A los treinta y ocho años, Regina dejó de ser la bola blanca de la partida de billar, el centro de las atenciones de su marido, y a los cuarenta y cinco se convirtió definitivamente en la bola negra, esa que sólo se toca al final de la partida y cuando no queda más remedio. Ahora, al borde de los cincuenta, después de varios retoques faciales que no habían recibido más que una fugaz mirada de reconocimiento por parte de Salvador, había decidido cambiar de juego. Un buen día la lógica se había impuesto al amor propio; se había percatado de que estaba luchando contra un enemigo tan brutal como implacable, al que podía contener pero no ganar.
Fue su resolución del Fin de Año anterior: levantar su autoestima a cualquier precio. Y, al observar lo que la rodeaba, descubrió que esas miradas que ya no le dirigía su marido podían llegar, sorprendentemente, desde ángulos insospechados. En cierto sentido, pensó, la infidelidad restauraba el orden y equilibraba su matrimonio. Y aunque al principio no buscaba realmente sexo, sino más bien recuperar un ego maltrecho que no respondía a los tratamientos antiarrugas ni a las incisiones del bisturí, fue una verdadera sorpresa el alud de sensaciones que le proporcionaron aquellos brazos fuertes y musculosos, aquellas nalgas duras y suaves como piedras romas, aquellos besos torpes y aquella lengua inquieta que llegaba a los rincones más recónditos de su sexo. Ese amante de nueva generación capaz de follarla hasta el agotamiento sin perder la sonrisa, de morderla en el cuello como un cachorro juguetón, incluso de abofetearla cuando el placer era tan intenso que los ojos se le cerraban sin quererlo. Como ella, como todos, él deseaba ser visto y admirado, pero al contrario que otros, la gran opinión que tenía de sí mismo se quedaba en la calle; en la cama se volvía generoso e incansable, exigente y cariñoso. A días, un auténtico cabrón; a días, un chaval asustadizo que pide caricias. Ella no habría sabido decir qué prefería; sí sabía que, semana a semana, había ido enganchándose a aquellos juegos a puerta cerrada, y que la perspectiva de estar un mes sin verle, desterrada en la Costa Brava con aquel marido sexagenario que ahora le resultaba repulsivo -la imagen de Salvador en traje de baño se había convertido en una pesadilla de la que no podía librarse-, y una hija en plena tramontana emocional, era francamente desagradable. A Dios gracias, no estaba enamorada de alguien que podía ser su hijo; de hecho hacía tiempo que dudaba de la existencia de ese amor con mayúsculas del que su marido no se cansaba de escribir para deleite de mujeres que deseaban vivir en esos libros. Era, simplemente, el aliciente indispensable de unas semanas que, sin él, perdían su eje. Aunque a veces, sola en su cuarto, disfrutaba tanto al recordar aquellos encuentros que creía poder pasar sin ellos… Todo llegaría, estaba segura, pero mientras tanto almacenaría en su memoria detalles morbosos a los que su cuerpo respondía sin vacilación.