El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
– Héctor, estaba informando a la señora Vidal de tus averiguaciones. -El tono de Savall era suave, conciliador y con un deje de advertencia-. Pero creo que es mejor que se lo cuentes tú mismo.
Héctor tardó unos segundos en tomar la palabra. Sabía lo que le estaba pidiendo el comisario: un relato neutro y amable, al tiempo que persuasivo, que convenciera a aquella mujer de que su hijo se había caído por la ventana. El mismo discurso que emplearía un profesor ante un alumno que ha suspendido con un cuatro coma nueve: puede ir con la cabeza bien alta ya que ha sido un suspenso más que digno… vuelva en septiembre y seguro que aprueba. En el caso de Joana Vidaclass="underline" mejor váyase y no vuelva más. Pero a la vez algo le decía que esa mujer, que permanecía con las piernas cruzadas y agarraba con fuerza los brazos de la silla, guardaba un as en la manga. Una bomba que soltaría cuando lo creyera oportuno y que los pillaría a todos desprevenidos y sin saber qué decir.
– Por supuesto -dijo por fin, y se calló de nuevo para medir sus palabras-. Pero antes quizá la señora Vidal tenga algo que contarnos también.
La rápida mirada de la mujer le indicó que había dado en el clavo. Savall enarcó las cejas.
– ¿Es así, Joana? -preguntó.
– No estoy segura. Tal vez. Pero antes quiero oír lo que el inspector Salgado tenga que decirme.
– Muy bien. -«Ahora sí», pensó Héctor al notar que la mujer que tenía sentada al lado se relajaba un poco. Movió su silla para verle la cara y le habló directamente, como si el comisario no estuviera en la sala-. Por lo que sabemos, la noche de la verbena de San Juan, su hijo y dos amigos suyos, Aleix Rovira y Gina Martí, hicieron una pequeña fiesta en la buhardilla de Marc. Los relatos de los chicos coinciden en líneas generales: la reunión parecía desarrollarse con normalidad, hasta que, por alguna razón, Marc se puso de mal humor, apagó la música y discutió con Aleix cuando éste le recriminó que había vuelto muy cambiado de Dublín. Aleix se marchó a su casa, pero Gina, que estaba bastante borracha, se quedó a dormir en la habitación de Marc. El enfado de éste la afectaba también a ella, ya que en cuanto Aleix se fue, él la mandó a la cama diciéndole que estaba bebida, lo que molestó bastante a la chica. Luego se acostó y se durmió enseguida. Por su parte, Marc se quedó solo en la buhardilla e hizo lo que tenía por costumbre: fumarse un último cigarrillo sentado en el alféizar de la ventana.
Se detuvo ahí aunque el rostro de esa mujer sólo indicaba concentración. Ni pesar, ni dolor. Había algo nórdico en las facciones de Joana Vidal, una frialdad aparente que podía o no ser una máscara. Lo era, pensó Héctor, aunque se trataba de una máscara que llevaba mucho tiempo ahí y empezaba ya a fundirse con los rasgos originales. Sólo sus ojos, de un color castaño oscuro corriente, parecían contradecirla; ocultaban un brillo que, en las condiciones adecuadas, podía ser peligroso. Sin poder evitarlo, comparó mentalmente a Joana con la segunda esposa de Enríe Castells, y se dijo que había un parecido superficial, una palidez común a ambas mujeres, sin embargo ahí se acababan las similitudes: en los ojos de Gloria había duda, inseguridad, incluso obediencia; en los de Joana asomaba la rebelión, el desafío. No cabía duda de que Castells no había querido correr el mismo riesgo dos veces y había escogido una mujer más suave, más dócil. Más manejable. Se dijo que la mujer merecía saber la verdad y prosiguió en el mismo tono, haciendo caso omiso de la expresión de impaciencia que se apoderaba del semblante del comisario.
– Pero los chicos mienten, al menos en parte. No estoy diciendo que tuvieran nada que ver con lo que pasó luego -aclaró-. Sólo que hay una parte de la historia que han… suavizado, por así decirlo.
Pasó a referirles lo que había descubierto Castro al ver las fotos del Facebook de Gina Martí, así como el hallazgo de la camiseta que llevaba puesta Marc durante la fiesta: limpia aunque con unas manchas que bien podían ser de sangre.
– Así que el paso siguiente es interrogar a fondo a Aleix Rovira -lo dijo sin mirar a Savall-, porque la supuesta discusión que nos han contado podría haber sido algo más violenta de lo que sugiere el relato. Y hablar con el hermano de Aleix para que confirme de nuevo que el chico llegó a la casa y no volvió a salir. Sinceramente, creo que es lo más probable; tal vez sólo sucedió eso, una pelea entre amigos, nada muy serio pero lo bastante para que Marc se manchara de sangre la camiseta y se cambiara de ropa. Una pelea que quizá hizo que el portátil de Marc cayera el suelo y se rompiera…
Se quedó pensativo. ¿Por qué Gina no les había dicho nada del portátil roto? Incluso si se había tratado de una simple discusión, como ella decía, resultaba menos sospechoso contar algo que averiguarían de todos modos. Se obligó a frenar; sus pensamientos avanzaban demasiado deprisa y debía continuar.
– Eso no cambia lo que sucedió después -dijo, pero su voz no sonó demasiado convincente-. Sólo que nos faltan piezas para completar la imagen. De momento hemos traído el portátil y el móvil de Marc Castells, a ver qué podemos sacar. Y deberíamos interrogar otra vez a Aleix Rovira. -En ese momento sí miró al comisario. Le complació ver que asentía, aunque de mala gana-. Y ahora, ¿hay algo que quiera decirnos, señora Vidal?
Joana descruzó las piernas y buscó en su bolso hasta sacar unos papeles doblados. Los mantuvo en la mano mientras hablaba, como si no quisiera deshacerse de ellos.
– Hace unos meses, Marc se puso en contacto conmigo por e-mail. -Le costaba contarlo. Carraspeó y echó la cabeza hacia atrás; tenía el cuello largo y blanco-. Como ya deben saber, no nos habíamos visto desde que me fui, hace dieciocho años. Así que fue toda una sorpresa cuando recibí su primer correo.
– ¿Cómo obtuvo tu dirección? -preguntó el comisario.
– Se la dio Félix, el hermano de Enric. Te parecerá raro, pero hemos mantenido el contacto durante todo este tiempo. Con mi ex cuñado, quiero decir. ¿Le conoce? -preguntó, dirigiéndose a Héctor.
– Sí, le vi ayer. En casa de su ex. Parecía querer mucho a su sobrino.
Ella asintió.
– Bueno, Enric es un hombre ocupado. -Negó con la cabeza-. No, no tengo derecho a criticarlo. Estoy segura de que hizo cuanto pudo… pero Félix no tiene otra familia que la de su hermano y se ha preocupado siempre mucho por Marc. Da igual, el caso es que recibí un correo, a principios de año. De… mi hijo. -Era la primera vez que lo decía, y no le había resultado fácil-. Me quedé muy sorprendida. Está claro que algo así podía ocurrir en cualquier momento, pero la verdad es que no lo esperaba. Nunca lo esperas.
Se hizo un silencio, que Savall y Héctor no se atrevieron a romper. Lo hizo ella.
– Al principio no supe qué contestarle, pero él insistió. Me mandó dos o tres correos más y ya no pude negarme, así que empezamos a escribirnos. Ya sé que suena raro, no voy a negarlo. Una madre y su hijo que prácticamente no se han visto nunca comunicándose por correo electrónico. -Esbozó una sonrisa amarga, como si estuviera retándoles a que hicieran el menor comentario. Ninguno de los dos abrió la boca. Ella prosiguió-: Yo temía las preguntas, los reproches incluso, pero no los hubo; Marc se limitaba a contarme cosas de su vida en Dublín, de sus planes. Era como si nos acabáramos de conocer, como si yo no fuera su madre. La correspondencia siguió durante unos tres meses, hasta que… -Calló unos instantes y desvió la mirada-. Hasta que sugirió que podía venir a verme a París.
Bajo la vista a los papeles que tenía en la mano.
– La idea me aterró -dijo simplemente-. No sé por qué. Le dije que tenía que pensarlo.
– ¿Y él se enfadó? -preguntó Héctor.