El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
Justo entonces sonó el móvil de Aleix, que él había dejado sobre la mesita de noche. Extendió el brazo para ver quién era y frunció el ceño. Contestó bajo la mirada fija de Regina.
– ¿Edu? ¿Pasa algo? -Su hermano lo llamaba pocas veces, por no decir nunca.
Mientras él escuchaba lo que Edu tenía que decirle, Regina recogió su bolso despacio. La conversación apenas duró un minuto. Aleix se despidió con un «gracias» y colgó.
La miró sonriente. Seguía desnudo, consciente del atractivo de su cuerpo. Ella supo que iba a decirle algo más, lo notaba en su cara de satisfacción, en esa sonrisa que expresaba más arrogancia que otra clase de alegría.
– Qué casualidad. Al parecer la poli quiere verme. El lunes por la tarde. El tiempo justo para que tú y yo resolvamos este asunto… entre nosotros.
Por un momento Regina vaciló. Una máscara fría le cubrió las facciones. Parte de ella, la parte que correspondía a la mujer defraudada, deseaba cruzarle la cara a ese niñato chulo, pero finalmente su lado maternal se impuso. Lo primero era hablar con Gina. Decidió que el bofetón podía esperar.
– Ya te llamaré -le dijo antes de dar media vuelta.
– ¿Qué?
Regina sonrió para sus adentros.
– Eso. Que ya te diré algo. -Se volvió hacia él intentando que su expresión fuera lo más despectiva posible-. Ah, y si de verdad necesitas ese dinero, sigue buscándolo. Yo en tu lugar no confiaría demasiado en que te lo dé.
Él le sostuvo la mirada. «Puta», dibujaron sus labios.
Aleix buscó desesperadamente una frase que zanjara ese pulso a su favor, pero no la encontró, así que se limitó a sonreírle de nuevo.
– Tú sabrás lo que haces. Tienes hasta el lunes por la mañana para salvar a tu niña de este lío. Piénsatelo.
Ella esperó unos segundos antes de abrir la puerta y huir.
Capítulo 18
Martina Andreu miró el reloj. Su turno acababa en menos de media hora y tenía el tiempo justo para ir al gimnasio antes de recoger a los niños. Necesitaba unos buenos estiramientos, la espalda la estaba matando esos días y sabía que en parte era debido a la falta de ejercicio. Intentaba organizarse, pero a veces simplemente no podía con todo. Trabajo, marido, casa, dos hijos pequeños rebosantes de actividades extraescolares…
Guardó los papeles del caso del doctor Ornar en la carpeta con un suspiro de frustración. Si había algo que la sacaba de quicio eran los casos que no avanzaban en ninguna dirección. Empezaba a pensar que ese tipo se había largado con su macabra música a otra parte. No era una idea descabellada en absoluto; si la red de tráfico de mujeres era su principal fuente de ingresos, ahora tenía que buscar otro modo de ganarse la vida. La sangre en la pared y el numerito de la cabeza de cerdo podían ser sólo una cortina de humo, una forma de desaparecer por la puerta grande, por así decirlo. Aunque, por otro lado, el tipo no era ningún chaval. En Barcelona tenía sus contactos y aquella consulta repugnante. Quizá no ganara lo bastante para hacerse millonario, pero desde luego más de lo que sacaría en otro sitio donde tuviera que empezar de cero.
La personalidad de ese individuo era un misterio. La gente del barrio había aportado escasa información. Ella misma había ido puerta por puerta durante toda la mañana, intentando averiguar algo, y lo único que había sacado en claro era que el nombre del doctor inspiraba al menos desconfianza; en algunos casos, un temor reconocido. Una de las mujeres con las que había hablado, una joven colombiana que vivía en la misma escalera, había dicho sin censurarse: «Es un tipo raro… Yo me santiguaba cuando me cruzaba con él. Ahí dentro hacía cosas malas». La había presionado un poco y sólo había obtenido un vago «dicen que saca a los diablos del cuerpo, pero si me pregunta a mí le diré que el diablo es él en persona». Y a partir de ahí se había callado como una tumba.
No era algo tan extraño, pensó Martina; por sorprendente que pareciera, en ciudades como Barcelona se realizaban regularmente unos cuantos exorcismos, y dado que ahora los sacerdotes de la ciudad condal no entraban en esos temas, los creyentes en esas cosas tenían que buscar exorcistas alternativos. Estaba segura de que el doctor Ornar podía ser uno de ellos. El registro de su consulta había aportado pocos pero significativos indicios: multitud de cruces y crucifijos, libros sobre satanismo, santería y otras historias parecidas, escritos en francés y español. Sus movimientos bancarios eran ridículos, había comprado el piso al contado años atrás; no tenía amigos, y si tenía algún cliente, éste no iría a declarar a comisaría.
Martina notó un escalofrío al pensar en que esas cosas podían seguir sucediendo en una ciudad como Barcelona. Fachadas modernistas y tiendas modernas, hordas de turistas que saqueaban la ciudad cámara en mano… y por debajo de todo eso, protegidos por el anonimato, individuos como el doctor Ornar: sin raíces, sin familia, dedicándose a ritos aberrantes sin que nadie se enterara. «Basta ya», se dijo. Seguiría el lunes. Dejó el expediente cerrado encima de la mesa y se levantaba ya cuando sonó el teléfono. «Mierda», pensó, las llamadas en el último minuto siempre acarreaban problemas.
– ¿Sí?
Una voz de mujer, temblorosa por los nervios y con un marcado acento sudamericano, balbuceó al otro lado:
– ¿Es usted la que lleva el caso del doctor?
– Así es. ¿Me da su nombre, por favor?
– No, no… Llámeme Rosa. Tengo algo que decirle, si quiere nos vemos.
– ¿Cómo ha conseguido mi número?
– Me lo dio una vecina a la que interrogaron.
Martina miró el reloj. El gimnasio se desdibujó en el horizonte.
– ¿Y quiere que nos veamos justo ahora?
– Sí, enseguidita. Antes de que vuelva mi marido…
«Espero que sea algo que merezca la pena», pensó Martina, resignada.
– ¿Dónde podemos vernos?
– Vaya al Parque de la Ciudadela. Estaré detrás de la cascada. ¿Sabe dónde le digo?
– Sí -respondió Martina. Llevar a los niños al zoo de vez en cuando tenía sus ventajas.
– La espero allí, dentro de media hora. Sea puntual, no tengo mucho tiempo…
La subinspectora iba a añadir algo, pero la llamada se cortó antes de que pudiera hacerlo. Cogió su bolso y salió de comisaría. Con un poco de suerte, al menos llegaría a recoger a los niños.
La tarde también estaba siendo fructífera para Leire Castro. Ante sí tenía un desglose de la actividad telefónica de Aleix Rovira en los últimos dos meses, y era de lo más interesante, ni que fuera por el altísimo número de llamadas. Con la lista sobre la mesa fue señalando los números que más se repetían, lo cual, dada la intensidad de comunicaciones de ese teléfono, no era tarea fácil. Las más curiosas eran las que se realizaban el fin de semana; durante todo el día, y gran parte de la noche, el móvil de Aleix recibía llamadas breves, de apenas unos segundos. Había otros números que se repetían con relativa frecuencia. Leire los anotó, dispuesta a averiguar a quién pertenecían. Uno de ellos había efectuado varias llamadas, diez para ser exactos, la noche del 23 de junio. Aleix no contestó a ninguna, pero sí se puso en contacto con ese número al día siguiente. Una conversación de cuatro minutos. Fue la única llamada que se molestó en devolver, después de haber dejado varias sin contestar. Contó los números: seis números distintos habían efectuado varias llamadas, y Aleix había atendido a las dos primeras. Ninguna más.
Intentó ordenar esos datos dispersos, mientras repasaba mentalmente la historia que Gina y el propio Aleix habían contado en declaraciones previas. Una historia que no era del todo verdad. ¿Por qué se habían peleado él y Marc Castells? Una pelea lo bastante fuerte para que la camiseta de Marc se hubiera manchado de sangre. ¿A quién pertenecía el número que había llamado insistentemente esa noche, y al que Aleix sí se había tomado la molestia de responder al día siguiente? Eso, al menos, sería fácil de averiguar. En efecto, tras unas rápidas comprobaciones, obtuvo el nombre de ese usuario: Rubén Ramos García. Suspiró. El nombre no le decía nada. Introdujo luego otro de los números que más aparecía en la lista. Ese nombre sí le dijo, y mucho. Regina Ballester. La madre de Gina Martí… Desde luego iban a tener cosas que preguntar a Aleix el lunes.