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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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– ¿En qué piensas? -le susurró Aleix al oído.

– Creía que dormías -dijo ella, y le besó en la frente. Se incorporó un poco para que él la rodeara con su brazo. Sus manos se entrelazaron. La fuerza que irradiaban esos dedos fuertes le daba vida.

– Sólo un poco. Pero la culpa es tuya -usaba un ronroneo obsceno-, me dejas agotado.

Ella se rió, satisfecha, y la otra mano de él se coló por debajo de las sábanas y le rozó los muslos.

– Basta -protestó ella, y se apartó un poco-. Tenemos que irnos.

– No. -La aprisionó con todo su cuerpo-. Quiero quedarme aquí.

– Eh… Vamos, levanta. Holgazán… Hace demasiado calor para tenerte encima. -Ella usaba un tono de falsa severidad; él, como un crío rebelde, la estrechaba entre sus brazos con más fuerza. Por fin, Regina consiguió desasirse, se sentó en el borde de la cama y encendió la cruda luz de la mesita de noche.

Aleix abrió brazos y piernas en cruz, ocupando prácticamente todo el espacio. Ella no pudo evitar que la belleza de ese cuerpo desnudo volviera a sorprenderla. Era una sensación agridulce, una mezcla de admiración y de vergüenza. Sin levantarse, estiró el brazo para coger el sujetador y la blusa, tirados en una silla cercana.

– Puedes quedarte en la cama si quieres -dijo mientras se vestía, de espaldas a él.

– No te vayas aún. Tengo que hablar contigo.

Algo en su tono de voz la alarmó de repente y se volvió, con la blusa a medio abotonar.

– ¿Tiene que ser ahora? -Terminó de abrocharse la blusa y cogió el reloj de pulsera de la mesita-. Es tardísimo.

Él se incorporó hasta ponerse de rodillas sobre las sábanas y la besó en el cuello.

– Quita… Si ayer no me hubieras dejado plantada, habríamos tenido más tiempo. Salvador llega dentro de una hora y tengo que ir al aeropuerto a recogerle.

– Lo hice por Gina, ya te lo he dicho… Y en parte es culpa tuya: nada de mensajes al móvil, ningún contacto fuera de aquí. No pude avisarte.

Ella asintió con un gesto rápido, impaciente.

– Así tiene que ser. Bueno, aprovecha mientras me visto. ¿Qué tienes que decirme? -Se levantó de la cama y empezó a ponerse las bragas y luego la falda. No tenía ni tiempo para pasar por casa a ducharse. Iría directamente a recoger al Viejo.

– Estoy en un lío. Un mal lío.

Silencio.

– Necesito dinero.

– ¿Dinero? -Regina no supo qué decir. Enrojeció y terminó de vestirse.

El notó que la había ofendido; saltó de la cama, aún desnudo y fue hacia ella. Regina desvió la mirada.

– Eh, eh… Mírame -le dijo él. Ella lo hizo, y entonces, al verle la cara, comprendió que el tema iba realmente en serio-. No te lo pediría si no fuera imprescindible. Pero he metido la pata y lo necesito. De verdad.

– Tienes padres, Aleix. Seguro que te ayudan.

– No seas absurda. No puedo recurrir a ellos.

Regina suspiró.

– ¿Qué pasa? ¿Has dejado embarazada a alguna universitaria o algo así?

Él cambió de expresión, le cogió la mano.

– ¡Suelta! -No lo hizo. La asió con más firmeza y la atrajo hacia él.

– No es ninguna broma, Regina. Si no consigo tres mil euros antes del martes…

No lo dejó terminar, lo interrumpió con una carcajada seca, irónica.

– ¿Tres mil euros? ¡Estás loco!

Aleix le apretó la mano con más fuerza pero luego la soltó. Se quedaron frente a frente, midiéndose con la mirada.

– Te los devolveré.

– Oye, ni hablar. No se trata de que me los devuelvas o no. ¿Te crees que puedo sacar tres mil euros de la cuenta sin que Salvador se entere? ¿Y qué le digo? ¿Que el polvo me ha salido un poco caro esta vez?

Estaba ofendida; era lo que él temía, hacerla sentir como alguien que tiene que pagar a cambio de sexo. Intentó explicarse:

– Escucha, no te los pido como amante. Te los pido como amiga. Te los pido porque si no los devuelvo, esos tíos me van a matar.

– Pero ¿de qué estás hablando? -Empezaba a ser tarde. Quería terminar con esa conversación y largarse de allí-. ¿Qué tíos?

Él bajó la cabeza. No podía contárselo todo.

– No te estaría diciendo esto si no fuera importante.

Regina no quería darle más opciones; se sentó en la silla para calzarse las sandalias blancas, pero el silencio, sólo interrumpido por el rugido del aparato de aire, le pesó demasiado.

– Aleix, voy a hablarte en serio. Si de verdad estás en un lío, tienes que recurrir a tus padres. No puedo resolver tus problemas. ¿Lo entiendes?

– No te pongas en plan protectora conmigo. No cuando acabo de follarte dos veces.

Ella esbozó una media sonrisa.

– Vamos a dejarlo, Aleix. No tengo ganas de pelearme contigo.

Era su última baza: la jugó a la desesperada, con un atisbo de remordimiento. Se dejó caer sobre la cama y clavó la mirada en ella.

– Yo tampoco quiero discutir. -Intentó que su voz sonara fría, súbitamente despreocupada-. Pero creo que al final me vas a ayudar. Aunque sólo sea por tu hija.

– No te atrevas a meter a Gina en esto.

– Tranquila, no pienso contarle que me tiro a su madre un día por semana. Eso te lo dejaré a ti. -Bajó la voz; ya había empezado, detenerse ya no era una opción-. Lo que haré será contarle a ese inspector argentino que vi cómo la inocente y asustada Gina empujaba a Marc por la ventana.

– ¿Qué coño estás diciendo?

– La verdad, pura y dura. ¿Por qué crees que Gina está así? ¿Por qué crees que ayer fui a tu casa? Para no dejarla sola con la poli porque tu niña está acojonada por lo que hizo.

– Te lo estás inventando. -Le temblaba la voz. Por su cabeza pasaron entonces imágenes fragmentadas de los últimos días. Intentó disiparlas antes de seguir hablando. Aquello era un farol, tenía que ser un puto farol de aquel niñato cabrón. Fue indignándose por momentos.

Aleix siguió hablando:

– Se moría de celos desde que Marc nos contó que había conocido a una chica en Dublín. Y la noche de San Juan ya no pudo aguantar más: se había puesto aquel vestido para ligar con él, pero él seguía pasando.

Regina se levantó y fue hacia Aleix. Tenía que controlar la voz, controlarse para no perder los estribos y cruzarle la cara.

Controlarse para que no le quedara ninguna duda de que ella iba en serio.

– Tú te fuiste… eso declaraste a la policía, y eso dijo Gina también.

El sonrió: Regina dudaba. Sembrar la duda en ella era cuanto necesitaba en ese momento.

– Claro. Es lo que se hace por una amiga, ¿no? A pesar de que Marc también era mi amigo. Está en tus manos, Regina. Es simple: favor por favor. Tú me ayudas, yo os ayudo a ti y a Gina.

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