Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]
- Автор: Азимов Айзек
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1646-8
- Переводчик: Eduardo Goligorsky
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:
—Yo me llamo Bel Arvardan —respondió, quizá con menos cordialidad de lo que había pretendido en un principio.
Arvardan extendió una mano bronceada, y la diminuta mano de la muchacha desapareció dentro de ella durante unos momentos.
—Le agradezco mucho su ayuda —dijo la muchacha.
—¿Quiere que nos vayamos? —preguntó Arvardan decidiendo cambiar de tema—. Quiero decir que… Bueno, espero que su amigo ya estará a salvo.
—Supongo que si hubiese sido capturado habríamos oído el tumulto —comentó ella.
Le imploró con los ojos que confirmara su esperanzas, pero Arvardan rechazó la tentación de mostrarse blando.
—¿Nos vamos?
—Sí, ¿por qué no? —respondió ella en un tono seco y un poco ofendido.
Pero de repente se oyó un zumbido que flotó en el aire volviéndose más intenso hasta convertirse en un aullido estridente que llegaba del horizonte, y los ojos de la muchacha se desorbitaron y retiró de repente la mano que había extendido.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Arvardan.
—Son los imperiales.
—¿Usted también tiene miedo de ellos?
Las palabras procedían del espacial engreído, el arqueólogo de Sirio. Con o sin prejuicios y por muy forzada que llegara a estar la lógica, la presencia de los soldados imperiales traía consigo un soplo repentino de cordura y humanidad. Ahora podía mostrarse condescendiente, y cuando Arvardan volvió a hablar lo hizo en el tono amable de antes.
—No se preocupe por los espaciales —dijo, humillándose hasta el extremo de utilizar el término con el que los terrestres designaban a quienes no habían nacido en la Tierra—. Yo me encargaré de ellos, señorita Shekt.
—¡Oh, ni se le ocurra intentarlo! —exclamó ella, súbitamente preocupada de nuevo—. No les hable. Obedezca todas sus órdenes, y procure ni mirarles siquiera.
La sonrisa de Arvardan se hizo un poco más ancha.
Los guardias les divisaron cuando aún se encontraban a alguna distancia de la entrada principal. Salieron a un recinto vacío de pequeñas dimensiones donde reinaba un extraño silencio. El aullido de las sirenas de los vehículos militares estaba casi sobre ellos.
Y un instante después los vehículos blindados aparecieron en la plaza, y los soldados con las cabezas cubiertas por globos de vidrio saltaron de su interior. La multitud se dispersó aterrorizada delante de ellos, y las carreras fueron ayudadas por los gritos cortantes y los empujones dados con los extremos de los látigos neurónicos.
El teniente Claudy, que se había puesto al frente de sus soldados, fue hacia un guardia terrestre que custodiaba la entrada principal.
—Bien, ¿quién tiene la fiebre?
Su rostro estaba ligeramente crispado bajo la campana de vidrio que contenía aire purificado. La amplificación radiofónica del traje hacía que su voz sonara ligeramente metálica.
El guardia inclinó respetuosamente la cabeza.
—Hemos aislado al enfermo en el interior del local, Excelencia. Sus dos acompañantes están en la puerta…, delante de usted.
—¡Ah, magnífico! Que se queden ahí. Ahora… Bien, en primer lugar quiero que esta muchedumbre se disperse. ¡Sargento, despeje la plaza!
A partir de aquel momento las órdenes fueron cumplidas con rígida eficacia. La tenue luz del crepúsculo empezó a caer sobre Chica mientras la multitud se iba dispersando en la penumbra. La suave claridad de la iluminación artificial bañó las calles.
El teniente Claudy se golpeó una de sus pesadas botas con la empuñadura del látigo neurónico.
—¿Está seguro de que el terrestre enfermo se encuentra dentro?
—No ha salido, Excelencia. Tiene que estar dentro.
—Bien, en tal caso supondremos que es así y no perderemos más tiempo. ¡Sargento, desinfecte el edificio!
Un contingente de soldados imperiales herméticamente aislados del ambiente exterior entró en el edificio. El cuarto de hora siguiente pareció transcurrir muy despacio. Arvardan contemplaba la escena con expresión fascinada: aquello era todo un experimento práctico de relaciones interculturales, y Arvardan tenía sus razones profesionales para no querer interrumpirlo.
Los últimos soldados imperiales volvieron a salir y el edificio quedó envuelto en las sombras cada vez más espesas de la noche.
—¡Cierren las puertas!
Pocos minutos después las latas de desinfectante que habían sido distribuidas por los pisos del edificio fueron activadas mediante el control remoto. Las latas se abrieron en el interior del edificio y espesos vapores salieron de ellas, treparon por las paredes, se adhirieron a cada centímetro cuadrado de las superficies y se deslizaron por el aire infiltrándose hasta los intersticios más remotos. Ninguna variedad de protoplasma podía sobrevivir a su presencia, ya fuese el de un germen o el de ser humano. Después habría que llevar a cabo un lavado químico especialmente drástico para eliminar definitivamente la contaminación.
El teniente fue hacia Arvardan y Pola.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó.
En su voz no había ni tan siquiera crueldad, sólo la indiferencia más absoluta imaginable. El teniente pensaba que un terrestre había muerto. ¿Y qué? Aquel día también había matado una mosca, ¿no? Eso elevaba el total a dos insectos muertos.
No obtuvo respuesta porque Pola inclinó la cabeza humildemente y Arvardan se limitó a lanzarle una mirada llena de curiosidad. El oficial imperial no apartó los ojos de ellos.
—Examine a esos dos para averiguar si están infectados —ordenó secamente.
Un oficial con la insignia del Cuerpo Médico Imperial fue hacia ellos y les examinó con muy poca cortesía. Sus manos enguantadas se metieron casi a la fuerza debajo de sus axilas y tiraron de las comisuras de sus labios para permitirle observar la mucosa de sus mejillas.
—No hay infección, teniente —dijo por fin—. Si hubiesen estado en contacto con un caso de fiebre de radiación esta tarde, el contagio ya se habría producido y las llagas resultarían visibles.
—Hum —murmuró el teniente Claudy.
Se quitó cautelosamente el globo de vidrio, aspiró con expresión satisfecha el aire «puro» (aunque fuese de la Tierra), y apoyó la incómoda esfera de vidrio sobre el hueco de su codo izquierdo.
—¿Cómo te llamas, terraqueja?
El término en sí era insultante, y el tono con que había sido pronunciado lo volvía todavía más ofensivo, pero Pola no dio ninguna muestra de resentimiento.
—Pola Shekt, señor —susurró.
—¡Tus documentos!
Pola hurgó en el bolsillito de su bata blanca y sacó la libretita roja de la documentación.
El teniente la cogió, la abrió bajo el rayo luminoso de su linterna de bolsillo y la estudió. Después se la arrojó de vuelta. La libretita cayó al suelo, y Pola se apresuró a inclinarse para recogerla.
—Levanta —ordenó el teniente con impaciencia.
Dio un puntapié a la libretita propulsándola fuera del alcance de Pola. La joven apartó los dedos. Estaba muy pálida.
Arvardan frunció el ceño y decidió que ya iba siendo hora de que interviniese.
—¡Eh, un momento! —exclamó.
El teniente se volvió rápidamente hacia él. Sus labios tensos dejaban al descubierto los dientes.
—¿Qué has dicho, terraquejo?
Pola se interpuso inmediatamente entre ellos.
—Por favor, señor… Este hombre no tiene ninguna relación con nada de lo que ha ocurrido antes. Es la primera vez que le veo.
—Te he preguntado qué habías dicho, terraquejo —insistió el teniente apartando a la muchacha de un empujón.
—He dicho «Eh, un momento» —murmuró Arvardan, devolviéndole la mirada sin inmutarse—, y me disponía a añadir que no me gusta la forma en que trata a las mujeres y que le aconsejo que intente mejorar sus modales.