La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #3
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7143-2
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:
La fuerza misma del golpe la traicionó. Aparté el postigo de un tirón, arrojándolo al otro lado de la estancia junto con el cuchillo. Las dos, ella y Casdoe, saltaron a buscarlo. Agarré a Agia del brazo, y Casdoe montó el postigo con el cuchillo hacia afuera, hacia la tormenta creciente.
—Idiota —dijo Agia—. ¿No ves que le estás dando un arma a lo que sea que temes? —Tenía la voz serena del derrotado.
—No necesita cuchillos —dijo Casdoe.
La casa estaba a oscuras salvo por la rojiza luz del fuego. Busqué alrededor velas o linternas, pero no vi ninguna; más tarde me enteré de que las pocas que la familia tenía las había llevado al desván. Fuera fulguró un relámpago, delineando los bordes de los postigos y estampando una quebrada línea de luz árida al pie de la puerta; tardé un momento en darme cuenta de que había sido una línea quebrada, cuando tenía que haber sido continua.
—Fuera hay alguien —dije—. En el escalón.
Casdoe asintió. —Cerré la ventana justo a tiempo. Nunca ha venido tan temprano. Tal vez lo despertó la tormenta.
—¿No cree que será su marido?
Sin darle tiempo a responder, una voz más aguda que la del niño exclamó:
—Déjame entrar, mamá.
Hasta yo, que no sabía qué era eso que hablaba, noté en las simples palabras una horrorosa anomalía. Era tal vez la voz de un niño, pero no de un niño humano.
—Mamá —volvió a llamar la voz—. Está empezando a llover.
—Será mejor que vayamos arriba —dijo Casdoe—. Si después levantamos la escalera, no nos podrá alcanzar aunque entre.
Yo me había acercado a la puerta. Sin relámpagos, los pies de lo que hubiese en el umbral eran invisibles; pero por sobre el golpeteo de la lluvia oí una respiración áspera, lenta, y una vez algo que rozaba el suelo, como si eso que aguardaba en la oscuridad hubiese movido los pies.
—¿Es eso obra vuestra? —le pregunté a Agia—. ¿Una de las criaturas de Hethor?
Sacudió la cabeza; los estrechos ojos castaños bailoteaban.
—Vagan por estas montañas; deberías saberlo mejor que yo.
—¿Mamá?
Hubo un sonido arrastrado de pies; con esa temerosa pregunta, la cosa se había apartado de la puerta. Uno de los postigos estaba agrietado, y traté de mirar por la rendija; en la negrura de fuera no vi nada, pero oí unos pasos blandos y pesados, exactamente el sonido que a veces llegaba allá en mi casa por los portones de rejas de la Torre del Oso.
—Hace tres días se llevó a Severa —dijo Casdoe. Estaba tratando de que el viejo se levantara, pero él se movía despacio, reacio a separarse del calor del fuego—. Nunca dejaba que Severian ni ella se metieran entre los árboles, pero éste vino aquí, al claro, una guardia antes del anochecer. Desde entonces ha vuelto todas las noches. El perro no lo quiere rastrear, pero hoy Becan salió a cazarlo.
Aunque nunca había visto ninguna de la especie, a esas alturas yo ya había adivinado la identidad de la bestia.
—Entonces ¿es un alzabo? ¿La criatura de cuyas glándulas se hace la analepta?
—Es un alzabo, sí —me contestó Casdoe—. Y no sé nada de ninguna analepta.
Agia se rió. —Pero Severian sí. Él ha probado la sabiduría de la criatura, y lleva a su amada dentro de él. Tengo entendido que de noche se los oye susurrar juntos, en el fuego y los sudores del amor.
Le lancé un golpe, pero lo esquivó con agilidad y puso la mesa entre medio.
—¿No te encanta, Severian, que cuando los animales llegaron a Urth para reemplazar a los que habían matado nuestros ancestros, entre ellos estuviese el alzabo? Sin el alzabo habrías perdido para siempre a tu queridísima Thecla. Dile a Casdoe lo feliz que te ha hecho el alzabo.
Le dije a Casdoe: —Lamento de verdad la muerte de su hija. Si es preciso, defenderé esta casa del animal que hay allí fuera.
Había dejado la espada apoyada en la pared, y para demostrar que mi voluntad valía tanto como mis palabras, la empuñé. Fue una suerte, porque justo en ese instante se oyó a la puerta una voz de hombre que decía: «¡Abre, querida!».
Agia y yo saltamos para frenar a Casdoe, pero ninguno con suficiente rapidez. Antes de que la alcanzáramos ya había quitado la barra. La puerta se abrió hacia adentro.
La bestia que aguardaba fuera andaba a cuatro patas. Aun así, los poderosos hombros me llegaban a la cabeza. La suya la llevaba gacha, con las puntas de las orejas bajo la cresta de piel que le cubría el lomo. A la luz del fuego le relucían los dientes blancos y los ojos de pupilas rojas. He visto los ojos de muchas de estas criaturas supuestamente venidas de más allá del margen del mundo, atraídas, según alegan ciertos filonoístas, por la muerte de aquellas que tuvieron su génesis aquí, tal como hacen las tribus de vernáculos, que llegan con fogatas y cuchillos de piedra a un campo despoblado por la guerra o la enfermedad; pero sus ojos son sólo ojos de bestias. Las rojas órbitas del alzabo eran algo más: no mostraban ni la inteligencia de la raza humana ni la inocencia de los brutos. Así miraría un demonio, pensé, después de haber logrado salir de la entraña de una estrella oscura; entonces recordé a los hombres-mono, a quienes por cierto se llamaba demonios aunque tenían ojos de hombre.
Por un momento pareció que la puerta podía volver a cerrarse. Vi que Casdoe, que retrocedía aterrorizada, estaba intentándolo. Aunque dio la impresión de que el alzabo avanzaba lenta, incluso perezosamente, fue demasiado rápido para ella, y el borde de la puerta le dio contra las costillas como podría haber dado contra un muro.
—¡Déjela abierta! —grité yo—. Necesitaremos toda la luz que haya.
Había desenvainado Terminus Est, y la hoja reflejaba la luz del fuego y parecía ella misma un fuego más intenso. Una ballesta como las que yo había visto a los secuaces de Agia, cuyas flechas se encienden por la fricción de la atmósfera y al golpear estallan como piedras en un horno, habría sido mejor arma; pero, al contrario que Terminus Est, una ballesta no habría parecido una extensión de mi brazo, y a fin de cuentas quizá le hubiese permitido al alzabo echárseme encima mientras volvía a cargarla, si erraba la primera flecha.
La larga hoja de mi espada no obviaba del todo ese peligro. La punta cuadrada no podía atravesar a la bestia si ésta saltaba. Iba a tener que matarla en el aire, y aunque no dudaba de poder cercenarle la cabeza mientras volaba hacia mí, sabía que fallar significaría la muerte. Además necesitaba espacio para dar el golpe, para lo cual la estrecha estancia no era muy adecuada; y aunque el fuego aún estaba encendido, necesitaba luz.
El viejo, el niño Severian y Casdoe habían desaparecido. No estaba seguro de si habían subido al desván mientras yo tenía la atención clavada en los ojos del alzabo, o si alguno al menos se había escurrido por la puerta. Sólo Agia se había quedado conmigo, apretada en un rincón y armada (como un marinero desesperado que intenta rechazar una galeaza con un bichero) con un bastón de Casdoe de casquete metálico. Yo sabía que hablarle sería volcar la atención sobre ella; pero quizá si la bestia giraba la cabeza, yo podría cortarle el espinazo.
—Necesito luz, Agia —dije—. A oscuras me matará. Una vez les dijiste a tus hombres que te enfrentarías conmigo si ellos me mataban por la espalda. Ahora yo me enfrentaré con esto si tú traes una vela.
Agia asintió, indicando que había entendido, y entretanto la bestia se movió hacia mí. Pero en vez de saltar como yo esperaba, se desplazó indolente pero hábilmente a la derecha, acercándose mientras se las arreglaba para mantenerse fuera de mi alcance. Tras un momento de desconcierto me di cuenta de que la situación en que estaba el alzabo, cerca de la pared, me impedía atacar libremente, y de que si él conseguía cercarme (como casi había hecho) y ganar una posición entre el fuego y yo, me habría arrebatado gran parte de la ventaja que me daba la luz.