Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1981
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-0681-0
- Переводчик: Margarita Gonz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:
Gundersen no se movió. Seena le cogió la mano y se la llevó a un costado del cuerpo; él sintió la superficie seca y fresca del resbalador y se sorprendió de que no fuese viscosa. Seena subió sin resistencia la mano de Gundersen hasta llegar al globo lleno de uno de los pechos y el resbalador se contrajo instantáneamente, dejando la carne firme y pálida en contacto con sus dedos. Gundersen lo contuvo un instante e, incómodo, levantó la mano. Los pezones de Seena se habían erguido y las ventanas de su nariz se ensancharon.
—El resbalador es muy interesante —comentó Gundersen—, pero no me gusta cómo te queda.
—De acuerdo. —Se tocó el estómago, apenas por encima del centro de ese ser. Éste se encogió interiormente, bajó por una de sus piernas en un movimiento rápido y ondulante, se deslizó y se detuvo en un extremo de la terraza—. ¿Así está mejor? —preguntó Seena, ahora desnuda, brillante de sudor y con los labios húmedos.
La tosquedad de su acercamiento le sorprendió. Ninguno de los dos se había preocupado demasiado por la desnudez, pero ese tipo de exhibicionismo contenía una deliberada agresividad sexual que parecía incongruente con lo que él consideraba la personalidad de ella. Es verdad que eran viejos amigos, antaño habían sido amantes durante varios años y durante muchos meses de esa época estuvieron casados en todos los aspectos excepto el documental, pero incluso así la ambigüedad de su separación debió destruir toda intimidad compartida. Al margen de la cuestión de su matrimonio con Kurtz, el hecho de que no se habían visto desde hacía ocho años parecía dictar la necesidad de un retorno más gradual a la intimidad física. Gundersen sintió que al mostrarse jadeantemente disponible a los pocos minutos de su inesperada llegada, ella cometía una violación que no correspondía a la esfera moral sino a la estética.
—Ponte algo —pidió Gundersen suavemente—, pero que no sea el resbalador. No puedo sostener una conversación seria contigo mientras agitas de un lado a otro esas tentaciones.
—¡El pobre y convencional Edmund! ¡De acuerdo! ¿Has cenado?
—No.
—Haré que nos sirvan la cena aquí fuera. Beberemos algo. Enseguida regreso.
Seena entró en el edificio. El resbalador quedó en la terraza; se deslizó inseguro hacia Gundersen, como si se ofreciera a trepar y a ser usado un rato por él, pero el terráqueo lo miró fijamente y le transmitió sentimientos suficientes para lograr que el animal mesetario se apartara a toda velocidad. Un minuto después apareció un robot con una bandeja que contenía dos cócteles dorados. Ofreció un trago a Gundersen, dejó la otra copa sobre la barandilla y se retiró silenciosamente. Después apareció Seena, púdicamente cubierta por una suave camisa de color gris que le caía desde los hombros hasta los tobillos.
—¿Te gusta más así?
—Provisionalmente. —Entrechocaron las copas; ella sonrió; se llevaron la bebida a los labios. Gundersen agregó—: Has recordado que no me gustan las jeringas sónicas.
—Edmund, olvido muy pocas cosas.
—¿Cómo es la vida aquí?
—Serena. Jamás imaginé que mi vida pudiera ser tan tranquila. Leo mucho, ayudo a los robots a cuidar el jardín, ocasionalmente tengo huéspedes, a veces viajo. A menudo transcurren varias semanas sin que vea a otro ser humano.
—¿Y tu marido?
—A menudo transcurren varias semanas sin que vea a otro ser humano —repitió.
—¿Estás sola aquí? ¿Los robots y tú?
—Totalmente sola.
—Pero seguramente las demás personas de la Compañía vienen aquí con bastante frecuencia.
—Algunas. Ya no quedamos muchos —explicó Seena—. Creo que menos de cien. Unos seis de ellos residen en el Mar de Polvo. Van Beneker está en el hotel. Cuatro o cinco en la vieja estación de la hendidura. Y así sucesivamente… Pequeñas islas de terráqueos muy esparcidas. Existe una especie de circuito social, pero está disperso.
—¿Era esto lo que querías cuantió elegiste quedarte aquí? —preguntó Gundersen.
—No sabía lo que quería, salvo que deseaba quedarme. Y volvería a hacerlo. Aun sabiendo todo lo que sé, haría todo del mismo modo.
—En la estación situada al sur de aquí —agregó Gundersen—, bajo las cataratas, vi a Harold Dykstra…
—Henry Dykstra.
—A Henry y a una mujer que no conocía.
—Pauleen Mazor. Era una de las muchachas de la aduana en tiempos de la Compañía. Supongo que Henry y Pauleen son mis vecinos más próximos, pero hace años que no los veo. Ya no voy al sur de las cataratas y ellos no han venido aquí.
—Estaban muertos, Seena.
—¿Cómo?
—Fue como internarse en una pesadilla. Un sulidor me condujo hasta ellos. La estación estaba hecha una ruina, verdín y fungoides por todas partes, y algo incubaba en el interior de ellos, las larvas de una especie de esponja en forma de cesta que colgaba de una pared y goteaba un aceite negro…
—Ocurren cosas así —comentó Seena, que no parecía perturbada—. Tarde o temprano, este planeta se apodera de todo, aunque siempre de un modo distinto.
—Dykstra estaba inconsciente y la mujer suplicaba que la libraran de su desdicha y…
—Dijiste que estaban muertos.
—No cuando llegué. Le pedí al sulidor que los matara. No había posibilidad de salvarlos. Él los abrió y después yo les pasé la antorcha.
—Tuvimos que hacer lo mismo por Gio' Salamone —agregó Seena—. Estaba en Punta de Fuego, fue al Mar de Polvo y un tipo de parásito cristalino se le metió en una herida. Cuando Kurtz y Ced Cullen lo encontraron, era todo cubos y prismas, y salientes de los más maravillosos minerales iridiscentes asomaban por todos los poros de su piel. Aún siguió con vida durante un tiempo. ¿Otro trago?
—Sí, por favor.
Seena llamó al robot. Ya era noche plena. Apareció una tercera luna.
Seena dijo en voz queda:
—¡Soy tan dichosa de que hayas venido esta noche! Fue una sorpresa maravillosa.
—¿Kurtz no está aquí?
—No —replicó—. Se ha ido y no sé cuándo regresará.
—¿Cómo ha sido la vida aquí para él?
—Creo que, en términos generales, ha sido muy feliz. Naturalmente, es un hombre muy raro.
—Sí, lo es —coincidió Gundersen.
—Sospecho que tiene alguna cualidad de santo.
—Seena, habría sido un santo sombrío y escalofriante.
—Algunos santos son así. No todos han de parecerse a san Francisco de Asís.
—¿Acaso la crueldad es una de las características deseables en un santo? —Kurtz veía la crueldad como una fuerza dinámica. Se convirtió en un artista de la crueldad.
—Lo mismo hizo el Marqués de Sade y nadie le canonizó.
—Tú sabes a qué me refiero —insistió Seena—. En una ocasión me hablaste de Kurtz y le llamaste ángel caído. Se trata exactamente de eso. Le vi en medio de los nildores, danzando con cientos de ellos y vi cómo se le acercaron y prácticamente lo reverenciaron. Allí estaba, hablando con ellos, acariciándolos. Pero también les procuraba las cosas más destructivas y a ellos les encantaba.
—¿Qué tipo de cosas destructivas?
—No tienen importancia. Supongo que no las aprobarías. A veces. … les daba drogas.
—¿El veneno de las serpientes?
—A veces.