El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
—Necesitará algún modo de medir la distancia para saber cuándo está en la zona del poblado. Entre la ciudad y la aldea hay treinta y cuatro antiguos emplazamientos de amortiguadores, que en el plano están marcados con líneas rectas que cruzan las vías. No tendrá mucha dificultad en ubicarlos. Aunque los rieles se tienden sobre los mismos sitios, dejan huellas visibles en el terreno. Siga el riel izquierdo exterior. Es decir, mirando al Sur, el de más a la derecha. El pueblo se halla en ese lado de la vía.
—Supongo que las mujeres reconocerán la región donde vivían —dijo Helward.
—Correcto. Bueno, vayamos al equipo que precisará. Está aquí, y le sugiero que lleve todo. No crea que puede prescindir de nada porque nosotros sabemos lo que hacemos. ¿Entendido?
Una vez más, Helward asintió. Clausewitz le fue explicando el instrumental. Un paquete contenía alimentos sintéticos deshidratados y dos bidones grandes con agua. En el otro bulto había una carpa y cuatro bolsas de dormir. Además, soga gruesa, ganchos, un par de botas... y una ballesta plegada.
—¿Alguna pregunta, Helward?
—Creo que no, señor.
—¿Está seguro?
Helward volvió a mirar el equipo. Un tremendo peso para acarrear, a menos que pudiese compartirlo con las mujeres. Y el ver toda esa comida desecada le había revuelto el estómago.
—¿No podría alimentarme con productos de la tierra, señor? —preguntó—, A la comida sintética no le siento mucho gusto.
—Yo le aconsejaría no comer nada que no lleve en estos bultos. Puede complementar la ración de agua si es necesario, pero que sea agua que corre. Si come algo que crezca en la zona, una vez que se aleje de la ciudad, probablemente se descompondrá. Y si no me cree, inténtelo. Yo lo hice cuando fui al pasado, y estuve enfermo dos días. Lo que le digo no es teoría, es una indicación basada en la dura experiencia.
—Sin embargo nosotros comemos alimentos de la zona en la ciudad.
—Pero la ciudad está cerca del óptimo. Usted se aleja mucho del óptimo.
—¿Eso adultera los alimentos?
—Sí. ¿Algo más?
—No, señor.
—Bien. Hay una persona que quiere saludarlo antes de partir.
Señaló en dirección a una puerta interior y Helward fue hacia allí. Al abrirla se encontró con su padre, que lo esperaba en una pequeña habitación.
Su primera reacción fue de sorpresa, seguida inmediatamente por la incredulidad. Había visto a su padre hacía no más de diez di as, cuando éste se dirigía al Norte. En tan breve lapso, le pareció que había envejecido repentina, espantosamente. Cuando entró, su padre se puso de pie, apoyando una mano en el asiento. Todo su aspecto denotaba ancianidad. Se paraba encorvado, las ropas le colgaban y la mano que le extendió se notaba temblorosa.
—¡Helward! ¿Cómo estás, hijo?
Su conducta también había cambiado. Ya no había rastros de la cortedad a que Helward se había acostumbrado tanto.
—Papá... ¿cómo estás tú?
—Estoy bien, hijo. Ahora tengo que descansar un poco, según dice el médico. He ido demasiadas veces al Norte —Volvió a sentarse. Instintivamente, Helward dio un paso adelante y lo ayudó—. Me contaron que te vas al pasado, ¿no?
—Sí, papá.
—Ten cuidado, hijo. Hay muchas cosas allí que te harán pensar. No es como el futuro... ése es mi lugar.
Clausewitz había seguido a Helward y esta ahora parado en la puerta.
—Helward, debo informarle que se le ha aplicado una inyección a su padre. Helward se dio vuelta.
—¿Qué me quiere decir?
—Anoche regresó a la ciudad y se quejaba de dolores en el pecho. Se le diagnosticó una angina y le dieron un calmante. Debería estar en cama.
—Bueno. No me demoraré.
Se arrodilló en el piso, junio a su padre.
—¿Te sientes bien, papá? —preguntó.
—Ya te dije... Estoy bien. No te preocupes por mí. ¿Cómo está Victoria?
—Muy bien.
—Es una buena chica.
—Le diré que te vaya a visitar. Era terrible ver a su padre en ese estado. No tenía idea de que estuviese envejeciendo tanto... pero no se lo veía así unos días atrás. ¿Qué le había ocurrido entre tanto? Hablaron unos minutos más, hasta que su padre ya no pudo prestarle atención. Eventualmente, cerró los ojos y Helward se paró.
—Voy a llamar al doctor —dijo Clausewitz, y salió rápidamente de la habitación. Volvió a los pocos minutos con un médico. Con mucha suavidad alzaron al anciano y lo transportaron a una camilla que esperaba en el corredor.
—¿Se repondrá? —dijo Helward.
—Lo único que puedo decirle es que se le está atendiendo.
—Parece tan viejo —comentó Helward, sin pensar. Clausewitz mismo era un hombre de edad, pero mucho mejor de salud que su padre.
—Es una contingencia de su trabajo.
Helward le clavó la mirada pero no le suministraron otra información. Clausewitz tomó el par de botas, y se lo entregó.
—Pruébeselas —dijo.
—¿Le dirá a Victoria que venga a visitar a mi padre?
—Quédese tranquilo. Yo me encargaré.
CAPÍTULO CUATRO
Helward fue con todo su equipo hasta el segundo nivel. Cuando el ascensor se detuvo, introdujo su llave en el botón sujetador de la puerta y se dirigió a la habitación que le había indicado Clausewitz. Allí lo esperaban cuatro mujeres y un hombre. Tan pronto como ingresó a la pieza advirtió que el hombre y una de las mujeres eran directores de la ciudad.
Primero le presentaron a las otras tres, pero éstas le echaron una breve mirada y desviaron la vista. En sus rostros se notaba una hostilidad reprimida, amortiguada por una indiferencia que hasta ese momento Helward mismo había sentido. Hasta que entró en la habitación no se había puesto a pensar quiénes eran sus compañeras de viaje, como tampoco había imaginado qué aspecto tendrían. De hecho no reconoció a ninguna, pero al oír hablar de ellas a Clausewitz, Helward las había asociado mentalmente con las mujeres de las aldeas que visitara con Collings, y que solían ser delgadas, pálidas, de ojos hundidos, pómulos prominentes, brazos esqueléticos y pechos chatos. A menudo vestidas con ropas sucias, harapientas, las caras cubiertas de moscas. Las mujeres de los poblados eran unas pobres diablas.
Estas tres no compartían ninguna de esas características. Llevaban ropas limpias de ciudad, el pelo aseado y bien cortado. Eran robustas y de mirada diáfana. No pudo disimular su sorpresa al ver que eran muy jóvenes, escasamente mayores que él. La gente de la ciudad hablaba de las mujeres que traían de afuera como si fuesen maduras... pero éstas no eran más que niñas.
Las miraba fijo. Ellas no le prestaban atención. Lo que más le impresionó fue pensar que alguna vez habían sido como las pobres mujeres que viera en los pueblos y que, trayéndolas a la ciudad, habían logrado temporalmente una cierta salud y belleza que podrían haber tenido de no haber nacido en la miseria.
La directora le hizo una breve descripción de sus antecedentes. Se llamaban Rosario, Caterina y Lucía. Hablaban muy poco inglés. Las tres habían residido en la ciudad durante más de cuarenta millas, y las tres habían dado a luz. Dos varones y una nena. Lucía tuvo un varón y no quiso llevárselo, de modo que lo dejó en la ciudad para que lo criaran en el internado. Rosario había elegido conservar a su niño, al que llevaría de vuelta al poblado. A Caterina no le dieron opción... pero de cualquier manera había manifestado indiferencia al tener que perder a su hijita.