Viaje a la luz del Cham
- Автор: Reg Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:
Detuvimos el coche frente a una puertecita de madera entornada, entramos en un gran patio y salió a recibirnos la madre de su amigo.
Era una mujer alegre, de piel blanca sin apenas arrugas, ojos verdes y un pañuelo echado sobre el cabello que llevaba recogido en una trenza. Aunque por encima de nuestras cabezas seguía aullando el viento del desierto, el patio era un reducto protegido donde crecían los limoneros y los laureles y se alineaban los tiestos de geranios y aspidistras, y sobre la ropa tendida una parra echaba las primeras hojas de un verde intenso. El patio albergaba dos pequeñas construcciones, en la primera se encontraban la cocina y una sala donde estudiaban los hijos, en la otra dos habitaciones donde dormía la familia. Nos hicieron entrar en la sala grande, destartalada, con colchones en el suelo adosados a las paredes a modo de sofás, cubiertos de telas de colores tejidas a mano.
Había fotografías ya muy antiguas colgadas en las paredes, de los padres y abuelos, del matrimonio en el día de su boda, una boda al parecer todo lo occidental que podía ser en este país en 1970. Apenas tuvimos tiempo de sentarnos cuando llegaron otras visitas. Salió entonces una de las hijas y nos ofreció peladillas, refrescos de frutas, dulces y té pero no café que se sirve en el momento de partir, me dijo Adnán.
Los árabes son muy amantes de sus pequeñas costumbres y sus relaciones son de extrema cortesía; antes de comenzar a hablar se preguntan mutuamente por la familia, por las cosechas o por los negocios, por la salud, uno tras otro sin perder la paciencia, sabiendo en cada momento a quién toca preguntar y sobre qué. Cada gesto, cada ceremonia, por pequeña que sea, tiene su rito correspondiente.
Al entrar en la casa, Adnán había entregado a la mujer una gran caja de galletas que compramos al salir de Damasco y ella le había dado escuetamente las gracias y la había dejado en un rincón apenas visible.
Nunca hay que mostrar interés por los regalos, me contó, porque podría dar la impresión de que nos alegramos de la visita por el regalo y no por la presencia del amigo.
Y las hijas sacaron sus propias galletas sin abrir las de Adnán, ni nos invitaron tampoco a comer las frutas o los chocolates que habían traído los demás visitantes, no fuera que pensáramos que no tenían otra cosa que ofrecernos.
En un claro entre dos visitas, una vez hubieron pasado revista a toda la familia y a los últimos acontecimientos de su entorno, la mujer me contó que tenía cinco hijos, el amigo de Adnán estaba en Moscú con una beca, el segundo había ganado otra del Consejo Superior Ismaelí en el Paquistán, y las tres hijas, una abogado, la otra médico y la tercera estudiante aún de ciencias químicas, trabajaban en Damasco y en Alepo, aunque habían venido a pasar la fiesta con ella. Pero del marido preso no dijo nada.
Cuando ya nos ofrecían el café de la despedida entraron dos hombres de unos cuarenta años que nos saludaron con timidez. Sólo entonces, cuando una de las hijas cerró la puerta, nos dijeron en voz baja que acababan de salir de la cárcel y venían a visitar a la mujer cuyo marido seguía preso. La mujer los había recibido sin la menor sorpresa. Yo le pregunté a Adnán si ella sabía que estos chicos habían salido de la cárcel.
– Todo se sabe -respondió-. La información corre de boca en boca, se sabe quién entra en la cárcel, quién sale de ella, a quién buscan.
Esas cosas nunca se ponen por escrito ni se hablan por teléfono.
Pero siempre se saben.
La mujer contó que desde 1982 su marido estaba detenido, no preso, aclaró, porque estaba en la cárcel sin juicio.
– Primero estuvo en Palmira, una cárcel en el desierto donde había tantos presos en cada celda que apenas podían darse la vuelta para dormir y donde las condiciones eran terribles y muy duras. En la de Damasco, donde está ahora, sólo hay doce detenidos por celda. No les hacen trabajar y les dejan estudiar, incluso les proporcionan los libros de la universidad. Los presos se dan clases unos a otros, porque todos son políticos, gente instruida, que quieren aprovechar el tiempo. La cárcel de Damasco está en un edificio en buenas condiciones, es la cárcel que enseñan a las comisiones de derechos humanos que visitan al país. Y además se admiten visitas de la familia una vez al mes durante unos quince minutos.
– ¿Se sabe cuándo saldrá tu marido?
La mujer sonrió pero su mirada seguía siendo grave:
– Nadie lo sabe -dijo.
– ¿Cómo has sacado a la familia adelante? -le pregunté, porque aunque los hijos ya eran mayores tuvo que ser difícil educarlos sin el sueldo del marido ni la ayuda del gobierno.
– Soy bibliotecaria y no me ha faltado trabajo. Esto me ha salvado. Y la ayuda de todo el pueblo.
La gente aquí es muy solidaria.
– ¿Y a vosotros os encarcelaron también con él? -pregunté a los hombres.
– Un año más tarde.
– ¿Por la misma razón? -sin atreverme a preguntar por qué los habían detenido.
– Todos somos del grupo “Movimiento del 23 de febrero”, el ala izquierda del Partido -me dijo uno de ellos-, los mismos que tomaron el poder y que de alguna forma siguen en él.
Pero lo dijo como si en realidad pertenecieran a otro partido, como si el Baaz que gobernaba hubiera utilizado su nombre y su fama para acceder al poder traicionando después al verdadero.
– Y ¿vais a seguir luchando en la oposición ahora que habéis salido de la cárcel?
Aquí la conversación quedó truncada porque se abrió la puerta y entraron nuevas visitas. Los hombres me miraron excusándose y la mujer también, un segundo antes de extender las manos e ir a dar la bienvenida a los recién llegados.
Y de no haber estado esperándonos la madre de Adnán, les habría seguido hasta su casa para hacerles muchas más preguntas sobre la oposición, la clandestinidad y su vida en la cárcel. No sabía entonces que aquella misma tarde conocería a uno de los líderes del Movimiento del 23 de febrero, un hombre respetado por todos, incluso por el gobierno, cuyo hermano en una crisis de conciencia, o de desesperación, ¿quién puede saberlo?, se había suicidado hacía algunos años.
La fiesta.
La madre de Adnán, que nos dio la bienvenida en la puerta del patio de su casa, era una mujer ya mayor que desde la muerte de su marido se había refugiado en el trabajo y el silencio. Llevaba el pelo blanco recogido en un moño e iba vestida con una larga túnica negra y una pañoleta de punto. Era todavía muy hermosa y miraba a su alrededor con expresión de dulzura y cierto desentendimiento, como si para ella ya todo estuviera demasiado lejos. Me hizo entrar y me mostró la casa que acababan de comprar, dos habitaciones abiertas al patio lleno de frutales y otra habitación en otro extremo con el baño que habían construido sus propios hijos con ayuda de vecinos y amigos. En el suelo había aún material de construcción esparcido entre los parterres que, ajenos a las pisadas y el caos de sacos de cemento, maderas y ladrillos, albergaban adelfas en flor, retama olorosa, almendros y buganvillas, y un pozo con brocal de piedra amarillenta con el cubo de estaño colgado de la soga.
Habían llegado los hermanos de Adnán con sus mujeres y con los hijos y yo apenas sabía dónde meterme porque era un continuo entrar y salir de niños y hombres y mujeres de todas las edades que se besaban y se saludaban y reían contentos, y gente que iba desgranando la tarde con sus visitas: unos iban, otros comían, otros venían, la familia les despedía en el patio y volvían todos juntos a sentarse y volvían a irse, sacaban bebidas y ensaladas, y pimientos, y carne de cordero en pilas altísimas a cada momento, se sentaban en sillas o sobre las camas y se levantaban sin que parecieran tener ningún plan establecido hasta que llegaba la hora de irse. Me instalé en un rincón con un delicioso pan árabe caliente aún que acababan de sacar del horno en el patio y un tazón de olivas y nueces machacadas con cebolla picada, mejorana, pimiento rojo y jugo de limón, que así es la ensalada de ‘zeitún’, aceitunas.