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Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:

“De la claridad de sus desiertos, del rumor de las aguas milenarias, de la hospitalidad de sus gentes, del descubrimiento de sus mundos recoletos, en una palabra, de lo que busqué, vi y encontré en Siria, trata este libro”, dice Rosa Regàs en el Preludio. En ese viaje de dos meses, la escritora reivindica la aventura que reside en una peculiar y personal forma de ver, de mirar y de descubrir que nada tiene que ver con el exotismo y el turismo cultural. Las calles de Damasco, los olores penetrantes de sus zocos, la forma de convivir con sus gentes, la extraña luminosidad de los atardeceres del Levante, los mágicos encuentros, se suceden e intercalan con los viajes por el país: el valle del Orontes, el vallle del Eúfrates, Palmira, Mari, Ugarit, Afamia, la otra cara del Mediterráneo, la blanca Alepo, los altos del Golán, los poblados drusos del sur, los desiertos y los míticos beduinos. En el texto se alterna la crónica de esos viajes con la reflexión sobre la situación en que se encuentra el país, su actitud frente a Occidente y frente al integrismo, el papel que desempeñan los fieles al régimen y sus opositores, la condición de las mujeres y de los niños en el mundo del trabajo, de la familia, de la religión, salpicados de pequeñas anécdotas de la vida cotidiana. Un texto rigurosamente fiel a esa mirada sugerente y sensual que recupera para el placer y la experiencia imágenes robadas al tiempo, a la distancia, a la banalización y a la manipulación. Un texto en que la autora se suma a la forma de narrar de los autores de libros de viaje que la precedieron y brinda su compañía al lector para que, paso a paso, se convierta a su vez en un viajero que avanza por ese mundo desconocido y revive y redescubre los lugares donde nació su propia civilización, morosamente descritos con sorpresa, ironía y ternura.
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– También hay pequeñas muestras casi domésticas de oposición -añadió Teresa- que esconden mayores organizaciones, como por ejemplo, el pañuelo en la cabeza de las mujeres que muchas veces no significa tanto una vuelta al fundamentalismo como una mayor voluntad de defensa de lo árabe, amenazado por la invasión comercial de Occidente. En 1982, cuando yo fui a la Universidad de Damasco, ni una sola mujer llevaba pañuelo y ahora lo llevan por lo menos el veinticinco por ciento. Y lo mismo ocurre en las oficinas. En los años sesenta, en Siria las mujeres adoptaron la minifalda y en este momento ni una de ellas se atrevería a llevarla por la calle. Aumenta el integrismo como en Occidente aumentan el conservadurismo, el nazismo y las sectas religiosas.

– Pero Siria sigue siendo un país laico -retomó la palabra Adnán-. De todos modos no puede haber oposición al margen de los suníes que son la mayoría del país y que apoyan al presidente y buena parte de su gobierno aun siendo alauí, porque, según reconocen ellos mismos, nunca habían tenido tanto dinero ni tantas prebendas.

Los alauíes siempre fueron gentes de montaña y de hecho hasta ahora pertenecían a una clase social inferior sin apenas otra salida que el ejército. Muchos de ellos proceden aún de familias que militaron en el ejército de los franceses.

Los suníes en cambio siempre han sido comerciantes y por tanto ricos en todas las situaciones y ahora, que ya pasó la época de la reforma agraria y de las nacionalizaciones, defienden la situación creada por el presidente, que está abriendo las puertas al comercio mundial y les deja que sean ellos los que negocien, controlen y se enriquezcan. ¿No te has dado cuenta de la cantidad de ricos, riquísimos que se ven en Damasco? En los dos o tres últimos años han proliferado los restaurantes de lujo, las boutiques donde se venden trajes cuyo precio es diez veces superior al sueldo de un profesor de universidad, los grandes coches y limusinas que comienzan a aparecer mezclados con los descacharrados taxis. Estamos entrando en la civilización occidental y en la televisión nos bombardean con productos europeos y americanos que la gente del pueblo intenta adquirir o por lo menos imitar.

Y añadió:

– No es extraño que frente a esta nueva invasión que empieza por desnudarnos de nuestras costumbres y de nuestra identidad, para muchos árabes no haya más contención que el extremismo, el fundamentalismo, la vuelta a los orígenes.

– Ni tampoco parece extraño que los países que defienden este fundamentalismo sean cada vez más intransigentes y más radicales -dijo con tristeza Teresa.

Los cementerios.

Más allá de la carretera que corría paralela al desierto, el paisaje desolado estaba ciego por la reverberación del sol. De vez en cuando nos veíamos obligados a detenernos porque los coches y las motos se aglomeraban en las puertas de los cementerios y la multitud atravesaba la carretera con niños y ramos para hacer sus ofrendas a los muertos.

En general los cementerios árabes se construyen sobre las lomas cercanas a las aldeas. Están ordenados con tal primor y los mantienen tan pulcros que transmiten una especial sensación de reposo, quizá porque las lápidas de las tumbas se levantan a los pies y en la cabecera como camas de piedra. Los muertos no se entierran en cajas de madera, sino envueltos en una sábana en contacto directo con la tierra, el cuerpo recostado de lado mirando a La Meca, los pies hacia oriente y la cabeza hacia poniente.

No hay inscripciones en las losas de las sepulturas porque, conocedores de que todo ha salido de la tierra y a ella ha de volver, no necesitan inscripciones para que el futuro les reconozca: la memoria del pasado la recogen las familias y los registros.

Algunas lápidas están pintadas de azul cobalto, como las piedras de lapislázuli que venden en el zoco para los collares, y ese día los familiares los cubrían con arrayán de un verde intenso y brillante que se destacaba sobre el ocre de la tierra.

Al salir del cementerio nos detuvimos en una casa contigua a él. La mujer que estaba en la puerta, al ver que yo era extranjera nos invitó a tomar una taza de té con menta. Teníamos poco tiempo pero aceptamos, porque caía el sol como en los campos de Maqueda en pleno mes de julio y bajo la parra de la entrada corría el airecillo y era agradable ver entrar y salir a los grupos de gente con sus ramos de arrayán.

Junto a la casa había unos grandes depósitos de obra vacíos cuya utilidad nos contó la mujer a grandes gritos, muy satisfecha de que la vieran con forasteros:

– Desde tiempo inmemorial -dijo-, los vecinos de la aldea reúnen aquí su trigo a partes iguales, y aquí lo hervimos. Un tercio se reserva para hacer harina, otro tercio se guarda para plantel y el tercero se hierve. Cuando está todavía caliente lo extendemos sobre sábanas en las azoteas durante tres días para que se seque, y después lo llevamos a moler, pero no como la harina sino tan sólo machacado. Lo llamamos ‘halé’ y con carne es uno de nuestros platos más comunes, una especie de arroz que guardamos durante todo el año en sacos o en barreños de madera.

Ya en el coche, cuando nos alejamos del cementerio y de la mujer que vino a despedirnos con un ramo de espliego, me contó Adnán que cuando el trigo se seca aprovechan los vecinos para celebrar una pequeña ceremonia que consiste en dárselo a probar unos a otros en prueba de buen entendimiento, como hacen los payeses del Ampurdán con los buñuelos de Pascua. En otras partes del país tienen una variante llamada ‘frique’ que consiste en abrasar someramente el trigo cuando aún no está maduro, para que el grano quede verde en el interior y quemado por fuera, tras lo cual se le quita la paja y se come también como si fuera arroz.

Salamiye, el pueblo ismaelí.

Salamiye es un pueblo polvoriento al borde del desierto, llano, sin montes cercanos ni lejanos, sin árboles, de espesos muros a lo largo de todas las calles sin aceras interrumpidos por pequeñas puertas que se abren a los patios y a las casas ocultas tras ellos. De no haber sido un día de fiesta habría dado la impresión de ser una aldea desierta del mismo color que la tierra y a punto de desvanecerse o diluirse en el incesante viento que viene de la estepa.

Me contaron que la ciudad, rica en los primeros siglos de nuestra era, se fue despoblando poco a poco en la época de los omeyas porque, lejos de Homs y de Hama y de Palmira, sus habitantes no sabían cómo protegerse de las incursiones y pillajes de los guerreros y poderosos beduinos. Los otomanos otorgaron una serie de privilegios y ventajas a quienes se asentaran de nuevo en ella, como la posesión de armas, la dispensa de servir en el ejército que suponía estar lejos de la familia durante años y la exención de impuestos. Fue poblándose poco a poco y durante generaciones sus habitantes siguieron luchando con los beduinos hasta que, dijo Adnán con un cierto orgullo que hasta más tarde no entendí, un ismaelí salvó la vida al hijo de un beduino y desde entonces, hace ya muchos, muchísimos años, sellaron un pacto de amistad que trajo consigo la paz. Ahora, añadió, buena parte de la población es ismaelí, yo entre ellos. Y además los beduinos han dejado de ser guerreros y ya no se permite a nadie el uso de armas. La amistad así es más fácil.

Antes de visitar a su madre, Adnán me llevó a la casa de un amigo cuyo padre estaba en la cárcel.

– ¿Podré hablar de ello?

– ¿A quién? -preguntó Adnán un poco inquieto.

– No sé, pregunto si puedo mencionar sus nombres en el libro que voy a escribir.

– Será mejor que no lo hagas.

Podría traernos problemas.

Y recordé la pregunta del director general el día que me llevaron a visitarlo: “¿No será un libro político, verdad?”.

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