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Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:

“De la claridad de sus desiertos, del rumor de las aguas milenarias, de la hospitalidad de sus gentes, del descubrimiento de sus mundos recoletos, en una palabra, de lo que busqué, vi y encontré en Siria, trata este libro”, dice Rosa Regàs en el Preludio. En ese viaje de dos meses, la escritora reivindica la aventura que reside en una peculiar y personal forma de ver, de mirar y de descubrir que nada tiene que ver con el exotismo y el turismo cultural. Las calles de Damasco, los olores penetrantes de sus zocos, la forma de convivir con sus gentes, la extraña luminosidad de los atardeceres del Levante, los mágicos encuentros, se suceden e intercalan con los viajes por el país: el valle del Orontes, el vallle del Eúfrates, Palmira, Mari, Ugarit, Afamia, la otra cara del Mediterráneo, la blanca Alepo, los altos del Golán, los poblados drusos del sur, los desiertos y los míticos beduinos. En el texto se alterna la crónica de esos viajes con la reflexión sobre la situación en que se encuentra el país, su actitud frente a Occidente y frente al integrismo, el papel que desempeñan los fieles al régimen y sus opositores, la condición de las mujeres y de los niños en el mundo del trabajo, de la familia, de la religión, salpicados de pequeñas anécdotas de la vida cotidiana. Un texto rigurosamente fiel a esa mirada sugerente y sensual que recupera para el placer y la experiencia imágenes robadas al tiempo, a la distancia, a la banalización y a la manipulación. Un texto en que la autora se suma a la forma de narrar de los autores de libros de viaje que la precedieron y brinda su compañía al lector para que, paso a paso, se convierta a su vez en un viajero que avanza por ese mundo desconocido y revive y redescubre los lugares donde nació su propia civilización, morosamente descritos con sorpresa, ironía y ternura.
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– ¿Sin oposición?

– Hoy, la oposición al régimen de Al Assad viene de los miembros del Partido que defienden posiciones más extremas o que no están de acuerdo en que el gobierno, aun con la prudencia del actual presidente de tener ministros de todas las religiones, esté en manos de la minoría alauí, que no representa más del 11,5%· de la población.

Pero sobre todo de los hermanos musulmanes, los integristas. En 1981 la pertenencia a los hermanos musulmanes se castigaba con la pena de muerte, aunque ahora se ha moderado la posición oficial e incluso se ha permitido el regreso de algunos exiliados.

– Pero, ¿tiene Al Assad el apoyo de la mayoría?

– Al Assad -afirmó contundente Adnán eludiendo la respuesta- es uno de los hombres más cautos, más listos y más inteligentes de la política del mundo árabe y de todo el mundo en general, que ha sabido sacar a su país de la miseria y el subdesarrollo en que lo encontró.

Por la estabilidad y la tranquilidad que hoy gozamos, ha conseguido el apoyo de distintas fuerzas y segmentos de la sociedad. En política exterior ha sabido estar con quien le ha interesado a su país, y nunca ha aceptado la presión de las potencias extranjeras, fueran los soviéticos antes o los americanos ahora, sin enfrentarse jamás a ninguno de ellos ni ser represaliado por sus favoritismos en un momento determinado. Es cierto que ha reprimido con dureza la oposición fuera y dentro del Partido. Ha quedado como un hito de su determinación, la brutal represión de febrero de 1982 en Hamma sobre todo, en la que murieron entre uno y otro bando no menos de veinte mil personas, en una batalla que comenzó cuando un grupo de hermanos musulmanes tendió una emboscada a las fuerzas de seguridad sirias para iniciar una insurrección general, según la versión oficial.

– ¿Cuál es el poder que se arroga el presidente?

– Assad ostenta el poder real de la República, ya que es jefe del Partido Socialista Baaz Árabe y jefe del gobierno, con poder para nombrar ministros y personal militar, declarar la guerra y legislar. La democracia en el país tiene pues grandes limitaciones.

Pero Al Assad ha sabido dar a su pueblo un sentido de defensa de los valores árabes, aunque no ha logrado desprenderles de la pasión por los productos de Occidente -y por primera vez en todo el discurso le vi sonreír a través del espejo retrovisor. Pero añadió con pasión-: Occidente le acusa de no ser demócrata ahora que ya se fueron los colonialistas franceses. Sin embargo, cuando Francia, que según un mandato de la Sociedad de Naciones había de mostrar al país formado entonces por Siria y el Líbano la forma de gobernarse a sí mismo, vio amenazado su poder por las violentas manifestaciones de los nacionalistas sirios, que pedían la independencia y, con toda probabilidad, la democracia, asesinó sin juicio a cientos de insurrectos y los expuso para su escarnio en la plaza de Mezzè sin que el mundo civilizado protestara ni hablara entonces de democracia. Ni cuando en represalia incendió aldeas enteras del Guta. Y cuando sin saber qué más hacer bombardeó Damasco desde la colina de Mezzè frente al Casiún, donde ahora se levanta el palacio de recepciones de Kenzo Tangue, las tímidas protestas de China, Egipto y los Estados Unidos no lograron la retirada del suelo sirio de tan demócratas gobernantes.

Llevado de su pasión, Adnán no podía parar:

– Cuando Occidente era defensora de la democracia para sí pero imponía su yugo colonial a los países subdesarrollados, nadie se metió con Siria. Ahora que ya nadie tiene intereses directos en el país, se le exige que adopte la misma forma de gobierno que Occidente. Y cuando tras la independencia los sirios tuvieron unos pocos años de democracia nadie les ayudó a conservarla, sino todo lo contrario: los países occidentales, todos ellos contrarios a los nacionalistas, defendían cada uno su propio grupo de presión, como hacen ahora en Somalia, Ruanda, Mozambique o Yugoslavia, que alcanzaba el poder y lo perdía sumiendo al país en una sucesión de incertidumbre y luchas intestinas. En cambio, defendieron siempre a los fundamentalistas, al principio sólo por ser enemigos de los nacionalistas, como les ocurrió en el Irán.

Y añadió con la rabia del que sabe que va a perder pero le consuela que con él pierda el enemigo:

– No querían los nacionalistas y ahora tendrán los fundamentalistas. -Y continuó-: Es cierto que Al Assad es un dictador, lo es, y que hay presos políticos en las cárceles de Damasco, de Palmira, de HÖms y Hama. Pero no tan dictador como los jeques de Arabia Saudí, de los Emiratos Árabes y del resto de los países del Golfo, incluido Kuwait, donde continúan produciéndose formas solapadas de esclavitud, donde se persigue a los ciudadanos por sus modos de vida, donde las mujeres están reducidas a meros instrumentos domésticos, laborales y sexuales, y donde no hay libertad religiosa, ni política, ni social, y donde se cortan manos y pies para escarmiento de los ladrones.

– ¿Qué es lo que molesta de Assad a los países occidentales?

– le pregunté para que no se detuviera, porque el apasionamiento en un árabe es siempre un espectáculo: el ardor se concentra en el resplandor de la mirada, se le crispan levemente los labios al hablar y la dicción adquiere la soltura y la fluidez propia de un discurso o una arenga en la plaza, aun manteniendo el cuerpo y el cuello estáticos y un perfecto control de sus gestos y movimientos.

– Quizá lo que le molesta a Occidente en el caso de Al Assad -respondió sin apenas pensarlo- no sea tanto la falta de democracia cuanto que, aun siendo un dictador, no es en absoluto tan burdo ni manipulable como los dictadores aliados de las democracias occidentales. Me refiero a Pinochet, a Somoza y a tantos otros. Al Assad sabe lo que quiere y cómo lo quiere, y si no puede conseguirlo por lo menos no se deja amilanar ni por unos ni por otros, ni se deja comprar con los préstamos del Banco Mundial o del Fondo Monetario, meras imposiciones de la forma en que hay que transformar la economía para que sea beneficiosa a Occidente. Al Assad cambia de aliados en los momentos oportunos y siempre sabe sacarse de la manga la carta precisa que falta para seguir el camino que ha trazado para su pueblo. Esa especie de Maquiavelo oriental que trae a los países de Occidente por la calle de la amargura, tiene su forma de comportarse y de ser imprescindible para gobernar un país que no sólo tiene que estar alerta por Israel sino también por la Turquía de la OTAN, y vigilar a los países del Golfo y al gendarme de los árabes, Arabia Saudí, al Iraq y al Irán, sin contar con el jefe supremo de todas las alianzas, el poderoso Tío Sam.

Y ya en el punto álgido de su apasionamiento añadió:

– Lejos de mí defender las dictaduras, pero lejos de mí también alinearme con los enemigos de Siria que en cualquier momento, por conveniencias coyunturales que nada tienen que ver con la democracia o la ética, pueden convertirse en sus aliados. No hay que olvidar lo que ocurrió cuando el Iraq perpetró la horrible matanza de los kurdos con armas químicas: no hubo un solo país occidental que se levantara en las Naciones Unidas ni fuera de ellas para condenarlo, y en cambio antes de dos años se había convertido en el demonio de los infiernos, sólo por haber invadido un país que Occidente le había desmembrado cuando dividió la zona en su propio beneficio y en el que de un modo u otro, clara o solapadamente, sigue existiendo la esclavitud, y de democracia ni se habla.

– Pero ¿hay oposición organizada?

– No hay oposición, sólo lucha por el poder. La única oposición muy clandestina es invisible, es la de los integristas apoyados por Arabia Saudí y el Irán. Pero hay 519.821 afiliados a los sindicatos, lo que en un país de casi veinte millones de habitantes no es poco, aunque los sindicatos sean en su mayoría gubernamentales.

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