Viaje a la luz del Cham
- Автор: Reg Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:
Nadie habla de ello ni en Amnistía Internacional ni en las Naciones Unidas.
– ¿Cuántas personas calcula que hay en la cárcel?
– Unas cuatro mil personas de las que pertenecen o pertenecieron al Partido Baaz, además de los comunistas y los hermanos musulmanes.
Mi amigo se sirvió un vaso de agua, se levantó y se puso a buscar entre los libros. Yo no podía quitarme de la cabeza las palabras de Adnán de esta misma mañana:
“Claro que tienen razón los intelectuales, los patricios de Damasco, la gente del pueblo cuando piden democracia y libertad.
Por supuesto. Pero que los países occidentales se ocupen de sus menesteres y si no, que juzguen a todos por el mismo rasero. Se me dirá que soy un inocente porque ya se sabe que la guerra contra el Iraq se hizo por petróleo, y en cualquier conflicto subyacen los intereses de ambas partes. Ya lo sé. De esto los franceses saben un montón: acaban de abandonar un país al que dijeron acudir en ayuda de una población que ha llegado a los infiernos por un atentado cuyos únicos responsables son ellos. Pero Occidente siempre calla cuando le conviene.”
El líder se acercó a la puerta con un libro entre las manos y me regaló la historia del Partido Baaz publicada por él mismo en 1965 en una editorial de Londres.
Le di las gracias por el tiempo que me había dedicado y la sinceridad con que me había hablado y sin darle importancia él a su vez me agradeció la visita.
Salimos al jardín, era casi de noche pero todavía las ramas de los olivos y de las palmeras se recortaban en el cielo de un azul brillante y profundo como sólo se ve en el desierto o en sus proximidades. El patio olía a jazmín y los dos en silencio fuimos a sentarnos con los demás que seguían en el corro hablando y bebiendo zumos, refrescos y té, sin enterarse de que la noche iba cayendo lentamente sobre ellos. Alguien me dio un plato con ensalada de berenjenas que había traído un vecino, y aunque al principio me parecía demasiado fría la acabé con fruición intentando adivinar qué especia extraña le daba este sabor que suavizaba la boca y calmaba la sed.
El líder se había recostado en el respaldo del sillón de mimbre y tenía los ojos cerrados. Cuando alguien encendió la luz los abrió y miró a los asistentes como si no supiera lo que hacían allí. Un momento antes de volverlos a cerrar y sumirse en sus pensamientos topó con mi mirada y me sonrió fugazmente.
VII. el valle del Orontes.
Me despertó casi de madrugada el chirrido de las ruedas. Desde mi ventana las vi, una de ellas la noria Al Mohamadi de casi veintiún metros y la otra, retirada en el río, algo más pequeña. Son las famosas norias de madera de Hamma, la ciudad de la brutal represión de 1982 de la que la tarde anterior me había hablado el político.
Hamma.
Hamma es una hermosa ciudad llena de jardines por la que discurre en plácidos meandros el Orontes, interrumpido su curso por esas inmensas norias cuyo gemido llena el aire día y noche. Hamma es el bastión de los integristas, una ciudad estrictamente ortodoxa cuyos habitantes son los más conservadores del país. Todas, o casi todas, las mujeres llevan pañuelo y muchas de ellas van veladas, es decir, les cubre la cara un velo negro tan espeso y tan largo que si no fuera por la dirección de los pies no se sabría en qué dirección van a ponerse a caminar, tan hieráticas como si escondieran un paraíso de placeres que están vedados a todos los hombres. Es también una ciudad muy rica que vive del comercio y de las grandes extensiones de cultivos que sus habitantes tienen en el valle del Orontes.
Los restaurantes al borde del río, lujosos o populares, estaban llenos de familias que celebraban la fiesta comiendo toda clase de ensaladas, frutas, verduras y carnes suculentas esparcidas en fuentes sobre la mesa como en los banquetes orientales. La música de los altavoces competía con el chirriar de las ruedas y con los gritos de los niños que se encaramaban a ellas y se echaban al agua entre aplausos de la multitud. Las mujeres levantaban los velos para comer y sus hijos correteaban alrededor de las mesas vestidos de fiesta, lazos y cintas en las largas cabelleras de las niñas como si aprovecharan los años que les quedan de inocente ostentación y libertad.
Una de las mujeres al irse a llevar un pedazo de carne a la boca me miró con extrañeza. Pues si supieras lo rara que me pareces tú a mí, dije para mis adentros manteniendo su mirada hasta que se recluyó de nuevo bajo el velo, tras un telón, como un chasco. Ella me ve a mí, pensé entonces, y yo no puedo verla a ella. E inquieta no supe a dónde mirar.
Aquella mañana, antes de que Adnán y Teresa se levantaran, había dado vueltas por la ciudad antigua, cuya historia comenzó, como la de todas las ciudades de este país, hace tantos cientos de años que apenas alcanzo a imaginarlo si no es en los parámetros de mis elementales conocimientos.
Hamma, que se llamó Hamate, fue ocupada hace cuatro o cinco mil años por los sumerios y más tarde por los arameos, fue destruida por los hititas en el 720 a.C., dominada más tarde por Babel, Persia, los seléucidas, los romanos y los bizantinos, hasta que fue conquistada por el Islam en el 639.
El guía que aquella mañana en el bar del hotel esperaba un poco aburrido a que los turistas acabaran de desayunar, me había contado, sin que yo se lo pidiera, que cuando después de los omeyas la ciudad se convirtió en capital del reino de los ayubíes, un geógrafo famoso llamado Abul Fida había sido su más preclaro monarca. Quizá, dijo, las norias romanas fueron recompuestas en aquella época, y por complicadas y primitivas que puedan parecer, siguen rodando y subiendo el agua a los acueductos tras tantos siglos de funcionamiento. Quedan aún más de cien norias, de las cuales dieciséis están en la ciudad y las demás en las afueras. Gracias a ellas hemos conservado nuestra riqueza a lo largo de los siglos, y los jardines y huertas se han extendido en las dos márgenes del río. No hay otra ciudad con más agua en toda Siria. Yo no sabría vivir sin el constante crujir de la madera de las norias.
Hablaba sin poder contenerse, pero cuando después del primer café, le pedí que me diera su versión de lo que había ocurrido en Hamma en febrero de 1982, todo atisbo de expresión se borró de su rostro, se levantó y sin apenas decirme adiós se dirigió al vestíbulo del hotel para desaparecer escaleras abajo.
Una somera visita a la ciudad que ardía en fiestas como todo el país me llevó al Museo, en el antiguo palacio Azem, donde se reproduce la estructura de la antigua casa siria. Consta de un patio central con limoneros, una magnolia y jazmín, y el ‘liwán’, la gran habitación para recibir, abierta sobre el patio, es amplio y tiene las paredes adornadas con azulejos.
Los colchones son de lana que se lava y se airea con varas al entrar la primavera, como se hace aún durante la limpieza anual en las azoteas de muchos otros países del Mediterráneo. Países, sobre todo los árabes, tan amantes de las limpiezas aunque tan poco dotados para conservar su patrimonio.
Un solo testimonio vivo de aquel mes cruento encontré en la ciudad, además de paredes machacadas aún por los tiros, alguna ruina abandonada y el barrio de Hadra en escombros. Nadie quiso contarme lo que había ocurrido, ni en el Palacio Azem, ni en el restaurante junto a las norias donde entré a tomar una cerveza, nadie parecía recordar o quería hacerlo. Nadie, excepto el viejecito que tomaba el sol en la plaza, que había visto la dominación de los franceses, y tantas, tantas cosas, decía moviendo la cabeza inclinada sobre el puño de su bastón, que para el tiempo que le quedaba por vivir se podía permitir no tener miedo. En vano esperé a que comenzara, no hacía más que mover la cabeza como si no pudiera creer lo que veían sus ojos al rememorar aquellas fechas. Entonces yo me senté junto a él a leer la guía inglesa de 1982, la única que daba alguna explicación de esa breve y cruenta batalla.