Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
Pero nunca olvidó la hermosa casa cerca de Mandeville, con sus hermosos muebles, la madre que hablaba un inglés perfecto, el padre que tenía discos de grandes ejecutantes de laúd y había dejado que Toby los escuchara en una habitación que llamaba su estudio y estaba forrada por entero de libros.
Esta casa de campo se parecía a aquella casa de Mandeville.
Yo lo observaba. Observaba su rostro y sus ojos, y veía esas imágenes en su memoria y en su corazón.
Es verdad que los ángeles no comprendemos los corazones humanos. Es muy cierto. Lloramos a la vista del pecado, a la vista del sufrimiento. Pero no poseemos corazones humanos. Sin embargo, los teólogos que anotan observaciones como ésa no tienen en consideración el poder de nuestra inteligencia. Podemos poner en relación un número infinito de gestos, expresiones, cambios en la respiración y movimientos, y deducir de todo ello conclusiones profundamente conmovedoras. Somos capaces de conocer la pena.
Yo me formé mi concepto de Toby mientras lo hacía, y escuché la música que oía él en aquella remota casa de Mandeville, una antigua grabación de un tañedor de laúd judío que interpretaba temas de Dowland. Y observé a Toby de pie bajo los pinos hasta casi helarse de frío.
Toby regresó despacio a la casa. No podía dormir. La noche no tenía el menor significado para él.
Luego ocurrió una cosa extraña cuando se aproximó a las paredes de piedra cubiertas de hiedra, algo totalmente inesperado. Del interior de la casa le llegó una música sutil y estremecedora. Seguramente una ventana quedó abierta a pesar del frío y le permitió escuchar un fragmento de tanta ternura, de una belleza tan sutil. Supo que era un fagot o un clarinete. No estaba seguro. Pero venía de la ventana situada delante de él, alta, de cristales emplomados y abierta al frío exterior. De ahí venía la música: una larga nota grávida, y luego una melodía meditativa.
Se acercó más.
Era el sonido del despertar de algo, pero luego a la melodía de los vientos se unieron otras voces, ásperas como el sonido de una orquesta al afinar los instrumentos, pero unidas en una rígida disciplina. Luego la orquesta calló y emergieron de nuevo los vientos, y de nuevo una extraña urgencia volvió a henchir las voces de la orquesta mientras los vientos se remontaban con un tono más agudo y penetrante.
Se quedó quieto junto a la ventana.
De pronto la música enloqueció. Atacaron los violines, y la percusión resonó como una locomotora lanzada en la noche. Él casi se llevó las manos a los oídos, tan feroz era aquel sonido. Los instrumentos gimieron. Lloraron. Parecía la locura, el chillido de las trompetas, el vertiginoso torrente de las cuerdas, el batir de los timbales.
No pudo ya identificar lo que estaba oyendo. Por fin el trueno se apagó. Emergió de él una melodía más suave, apoyada en una sensación de paz, en transcripciones musicales de soledad y de despertares.
Él estaba ahora recostado en el pretil de la ventana, la cabeza inclinada, los dedos en las sienes, como para detener a cualquiera que se interpusiera entre la música y él.
Aunque empezaron a entrelazarse al azar melodías más suaves, por debajo de ellas palpitaba una urgencia oscura. De nuevo aumentó el volumen de la música. El volumen de los vientos creció hasta un punto casi insoportable. El tono se hizo inquietante.
De pronto toda la composición parecía preñada de amenazas, el preludio y reconocimiento de la vida que él había vivido. No puedes confiar en los repentinos remansos de ternura y quietud, porque la violencia volverá a irrumpir con un redoble de tambores y gritos de violines.
Una y otra vez la melodía se apagaba hasta una quietud casi perfecta y luego se producía una nueva erupción de violencia industrial tan fiera y oscura que lo paralizaba.
Entonces tuvo lugar la transformación más extraña. La música dejó de ser un asalto. Se convirtióen la sabia orquestación de su propia vida, de sus sufrimientos, de su sentimiento de culpa y su terror.
Era como si alguien hubiera arrojado una red envolvente sobre todo lo que él había llegado a ser, sobre cómo había destruido todas las cosas que tenía como sagradas.
Apretó la frente contra el cristal exterior helado de la ventana abierta.
El estruendo orquestado se le hizo insoportable, y cuando creyó que no podía resistirlo más, cuando casi se estaba ya tapando los oídos, cesó de pronto.
Abrió los ojos. En el interior de la habitación en penumbra, iluminada sólo por el fuego de la chimenea, había un hombre sentado en un gran sillón de piel, mirándolo. El reflejo del fuego centelleaba en el borde plateado de las gafas cuadradas de aquel hombre, y en su cabello blanco muy corto, y en la sonrisa de su boca.
Hizo a Toby una seña con un lánguido movimiento de su mano derecha, para que fuera hacia la puerta principal, y con la izquierda me hizo a mí el gesto de que entrara.
El hombre que estaba en la puerta principal dijo:
– El jefe quiere verte ahora, chico.
Toby recorrió una serie de habitaciones decoradas con dorados y terciopelos, con pesados cortinajes. Las cortinas estaban sujetas con cuerdas de flecos dorados. Dos fuegos estaban encendidos, uno en lo que parecía ser una gran biblioteca, y justo a continuación había una habitación con vidrios pintados de blanco y una pequeña piscina humeante en el centro, de aguas azules.
En la biblioteca, y no podía ser otra cosa con todos sus estantes abarrotados de libros, estaba sentado «el jefe» tal como Toby lo había visto desde la ventana, en su sillón de respaldo alto tapizado en cuero.
Todo lo que había en la habitación era exquisito. El escritorio era negro, de madera tallada. Había una vitrina de libros a la izquierda del hombre con figuras talladas a ambos lados de las puertas. Las figuras intrigaron a Toby.
Todo aquello parecía alemán, como si el mobiliario procediera directamente de Europa, del Renacimiento alemán.
La alfombra había sido tejida para aquella habitación, un mar inmenso de flores oscuras enmarcadas por el oro que relucía en las paredes y las altas repisas bruñidas. Toby nunca había visto una alfombra hecha a propósito para una habitación, recortada alrededor de las semicolumnas que flanqueaban las dobles puertas o de los bordes salientes de la base de las ventanas.
– Siéntate y hablemos, hijo -dijo el hombre.
Toby tomó asiento en el sillón de cuero situado enfrente, pero no dijo nada. Nada podía salir de su boca. La música sonaba aún en sus oídos.
– Voy a decirte exactamente lo que quiero que hagas -dijo el hombre. Y entonces lo explicó.
Muy estudiado, sí, pero un desafío casi imposible, aunque elegante.
– ¿Pistolas? Las pistolas son chapuceras -dijo el hombre-. Esto es más sencillo, pero sólo tienes una oportunidad. -Suspiró-. Clavas la aguja en la base del cuello, o en la mano, y sigues andando. Sabes cómo hacerlo, sigues andando con la mirada al frente como si no hubieras llegado a rozar siquiera a ese tipo. La gente estará comiendo y bebiendo, descuidada. Creen que los hombres de fuera impedirán la entrada de los pistoleros a los que temen. ¿Vacilas? Entonces tu oportunidad desaparece, y si te atrapan con esa aguja…
– No me atraparán -dijo Toby-. No parezco peligroso.
– ¡Es verdad! -dijo el hombre. Abrió las manos, como sorprendido-. Eres un chico guapo. No puedo localizar tu acento. Me parece que no eres de Boston. De Nueva York, tampoco. ¿De dónde vienes?
Aquello no sorprendió a Toby. Muchos descendientes de irlandeses y alemanes que vivían en Nueva Orleans tenían acentos que nadie podía adivinar. Y Toby había cultivado el acento de los ricos de la parte alta, cosa que aumentaba aún más la confusión.
– Pareces inglés, alemán, suizo, estadounidense -dijo el hombre-. Eres alto. Y eres joven, y tienes los ojos más fríos que jamás he visto.
– Quieres decir que me parezco a ti -dijo Toby.