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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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Y había un síntoma de tensión que Laura sólo había visto una vez. Una única vez. Y le había costado demasiado caro como para olvidarlo. Fue en Lisboa. Por un momento, el fantasma de Wilberth Santos cobró vida.

Habían bajado de noche hasta el barrio de Alcántara y caminaban por una zona de bares y discotecas en medio de una muchedumbre como de puerto asiático, rostros iluminados por ráfagas de luz azules y rosas, jóvenes que se movían como obedeciendo a los distintos ritmos que fluían a la puerta de cada local, cuyo nombre resplandecía sobre el asfalto en forma de letrero luminoso: Freetown, Yakarta, Bora-Bora, Tongoy…, como si los hubiera llevado hasta allí una turbia nostalgia de sus lugares de origen.

– Espérame aquí -le había dicho Wilberth, dejándola sentada en una esquina de la barra en el Tongoy, música latina, camareros chilenos-. No tardo ni cinco minutos.

Sólo habían pasado tres cuando Laura se volvió en medio de un estruendo de cristales, botellas rotas y sillas que volaban por los aires. Y allí estaba Wilberth, sostenido en vilo por dos guardias de seguridad de cien kilos cada uno, sangrando por la nariz con las gafas rotas y los botones de la camisa arrancados de cuajo. Cuando ella salió en su defensa, la levantaron por el aire sin el menor esfuerzo como quien levanta una pluma.

– Muy brava, tu mina, chileno -dijeron los dos matones mientras los conducían a un despacho en la parte trasera del local.

Y allí fue donde apareció el tipo. Laura le echó unos sesenta y algo, cuerpo atlético, por lo menos dos horas semanales jugando al tenis o al golf, piel bronceada y algo grasa, traje oscuro de Armani, camisa con dos iniciales bordadas y ostentosos gemelos de oro macizo en los puños. También era de oro el anillo que lucía en el dedo meñique. Estaba sentado a una mesa de nogal, con los codos apoyados en el tablero y las manos entrelazadas, jugando a envolver los pulgares con una expresión de infinita paciencia.

– Otra vez tú… -le dijo a Wilberth mirándolo de arriba abajo.

– Hijo de puta -le espetó él por todo saludo. Un pronto que, dada la situación en la que se encontraban, a Laura le pareció del todo inconveniente.

– Eh, eh -protestó el del anillo-. ¿Son ésos los modales que te han enseñado en casa? -Parecía divertido con la situación, y su actitud podría decirse que era casi cordial, de no haber sido por un ligero temblor de las aletas de la nariz que lo delataba.

Laura sintió el frío del recuerdo horadándole los huesos. El mismo gesto acababa de notarlo hacía apenas unos minutos en el rostro del profesor. No cuando mencionó el tema de su tesis, sino unos segundos después, exactamente cuando le explicó que debía acabar el trabajo empezado por alguien que no había podido terminarlo.

En ese momento Fidel Dalmau había tomado aire y las aletas de su nariz se habían dilatado, como si el aire no le llegara al fondo de los pulmones, un movimiento reflejo. Mientras la observaba con las manos cruzadas sobre la mesa y los pulgares girando, había respirado de ese modo. Una sola vez. Una inspiración. Luego dejó que el aire saliera lentamente entre los labios, controlándolo, sin hacer ruido.

«Bueno, joder. Puede que no signifique nada -pensó Márquez-. La gente respira, toma aire por la nariz y lo expulsa por la boca. Eso no convierte a nadie en un asesino», se dijo mientras dejaba a un lado el edificio de Económicas con las aulas iluminadas. El césped relucía brillante bajo el cielo encapotado, en completo silencio. Hacía frío y no tenía la menor idea de por dónde empezar su reportaje de investigación. De pronto la invadió una profunda sensación de desánimo. Sin darse cuenta, acababa de meter el pie en un charco.

XIII

– Te han dejado guapo de cojones -Arias miraba al comisario con ojos inquisitivos.

Lo cierto es que Castro no presentaba muy buen aspecto. Sin afeitar y con aquel pijama hospitalario de color verde, cualquiera podía parecer un moribundo.

El forense se sentó en un extremo de la cama sin quitarse el abrigo y leyó en voz alta el parte de ingreso. Según el informe médico, el paciente había ingresado a las 20.15 del día anterior con una herida en la sien de cuatro centímetros y síntomas de conmoción cerebraclass="underline" dolor de cabeza, somnolencia, estado de confusión general y lentitud de reflejos. Presentaba también una rotura del primer metatarsiano del pie izquierdo, afortunadamente sin desplazamiento, lo que significaba que no habría que operar. La resonancia magnética que se le había practicado para descartar daños cerebrales no había mostrado anomalías neurológicas de relevancia, pero el protocolo recomendaba permanecer al menos veinticuatro horas en observación.

– Lo que me faltaba -refunfuñó Castro incorporándose de golpe con cara de pocos amigos. Parecía realmente cabreado.

– Tranquilo. ¿A qué vienen tantas prisas? -le reconvino el forense tratando de que volviera a recostarse-. De aquí no sales hasta que te den el alta.

– ¡¿Estás de coña?! -respondió Castro con una expresión de perro apaleado al que todavía le quedan bastantes arrestos-. Me largo ahora mismo. ¿Dónde está mi ropa?

Arias atravesó la habitación hasta la ventana enarcando una ceja con un mohín sardónico, apartó el extremo de un visillo y se puso a mirar con resignación hacia el horizonte. La lluvia caía mansa e insondable.

– A veces se me olvida que eres de Corcubión -rezongó haciendo alusión a la fama de tercos como mulas que tienen los de esa comarca-. Te he traído ropa limpia -dijo señalando una bolsa de El Corte Inglés junto a la mesilla de noche.

Lo conocía lo suficiente como para saber que ni con una camisa de fuerza lograría que se quedase en el hospital.

Castro se rió entre dientes. Tenía una risa peculiar, juvenil y atravesada, y cuando reía mostraba los caninos como un perro flaco, que puede resultar a la vez tierno con sus crías o despiadado con los enemigos, según lo requieran las circunstancias. Una de esas risas de las que conviene protegerse por si acaso.

A las 9.30 entró una enfermera joven con la hoja del alta voluntaria, que Castro se apresuró a firmar. Necesitaba volver al trabajo tanto como un alcohólico anhela un trago. Era una chica simpática que miraba al comisario con evidente arrobamiento. Castro no era un tipo especialmente guapo, su rostro, sobre todo de perfil, resultaba tosco, de rasgos demasiado duros, pero había que reconocer que hasta en sus momentos más bajos tenía un gancho infalible con las mujeres.

– ¡Qué cabrón! -le soltó el forense con un guiño cómplice.

La ATS le puso un fuerte vendaje en el pie, le dio unas muletas y se despidió de él con su mejor sonrisa. Media hora más tarde salía del hospital cojeando de un pie y apoyándose en el otro, mientras Arias le abría la puerta del taxi que los llevaría de nuevo hasta la comisaría de policía en la plaza Rodrigo de Padrón en medio de un atasco infernal de viernes lluvioso en hora punta.

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