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El Metro de Madrid

Электронная книга - «El Metro de Madrid». Краткое содержание книги:

Madrid, mayo de 1977. El país se prepara para las primeras elecciones generales después de cuarenta años de dictadura. Como las calles, las paredes del Metro están repletas de propaganda electoral. Nadie repara en un extraño hombre barbudo que sostiene a otro, excesivamente abrigado para la época, hasta que, con el tren ya en movimiento, este último se desploma.
A los pocos días ocurre un caso similar y todo parece indicar que un psicópata anda suelto. El comisario Bernal, el Maigret español, decide intervenir desplegando a su gente por toda la red del subterráneo, husmeando literalmente por las entrañas de la ciudad.
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«Diez bombas contra la paz electoral», vociferaban los titulares y en el interior había un relato de las explosiones sucedidas a primeras horas de la madrugada en el País Vasco, Barcelona, Valencia, Las Palmas y Madrid. Evidentemente, un último intento de detener el proceso democrático por parte de uno u otro extremo del espectro político, pensó. Se preguntó qué sería votar en unas elecciones libres. En 1936 era un chico de diecisiete años, demasiado joven para votar. Y sospechaba que para la gran mayoría de votantes sería aquélla la primera experiencia. Suponía que la participación sería elevada, aunque sólo fuera por la costumbre heredada de la época de los referéndums de Franco, en que los funcionarios tomaban nota de los que no votaban. Quizá Suárez se llevara una sorpresa y el país entero votara a los socialistas. En realidad, en su jurisdicción, que entraba en la competencia del Ministerio del Interior, había una gran diligencia por dar una impresión de democratización de puertas para afuera.

Al salir del bar, vio que un taxi dejaba a un pasajero en la calle de Alcalá misma, de modo que lo tomó para recorrer el corto trayecto hasta la oficina y eludir al tiempo las apreturas del Metro. Por consiguiente, no pudo presenciar la última barbaridad del asesino.

SOL

Tras reunir a su grupo y hacer entrar a Prieto y a Varga, Bernal preguntó por los resultados de las investigaciones del fin de semana.

– ¿Has encontrado huellas, Prieto?

– Analicé las ropas del transexual, sobre todo la falda, confeccionada con un cuero muy blando y sensible a las impresiones secundarias, y encontré algunas borrosas y otras dos claras, pero éstas de la misma víctima, Naturalmente, hubo varias personas que levantaron y transportaron el cadáver y que le dejaron encima alguna que otra pequeña huella, que tuve que eliminar -pasó a otro documento-. Por lo que respecta al papel de envolver de los miembros humanos, tuve que conseguir las huellas de los empleados del Metro y los policías que cogieron y desenvolvieron los paquetes. No he encontrado ninguna impresión clara de la que pueda dar cuenta. Creo que debemos partir de que el asesino se puso guantes en todas las ocasiones en que ha tocado posible material comprometedor. Tal vez convenga añadir a esto que nos ha costado treinta horas largas analizar todas las evidencias.

– Y te lo agradecemos, Prieto -dijo Bernal-, y lamentamos que no hayas tenido suerte. ¿Qué hay del análisis técnico, Varga?

– En las ropas del transexual no hay rastros del moho fungoso que encontramos en las restantes víctimas y en los maniquíes. Por lo demás, hemos encontrado las típicas muestras de polvo doméstico y de la calle. Hay dos puntos interesantes: en el empeine de los zapatos hay polvo de cemento de composición semejante al encontrado en la indumentaria externa de las dos primeras víctimas, pero es bastante corriente y no se pega a los objetos por sí solo. Lo que nos lleva a la conclusión de que el transexual estuvo en cierto momento en el mismo lugar que las otras víctimas es el rastro de polen de la chaqueta. Esta mañana me llegó un informe del Instituto Botánico. Según éste, el polen procede de una planta llamada schizanthus -Varga consultó sus notas-. Es una planta de la familia de las solanáceas, con hojas divididas y flores vistosas de varios colores pastel. Dicen también que suele cultivarse en macetas para decorar casas y también en invernaderos. Han enviado fotos en color.

– Por favor, clávalas en la pared -dijo Bernal-. Sería conveniente que todos les echaseis un vistazo por si las localizáis en el curso de las investigaciones, aunque esto es aventurar mucho. ¿Algo más, Varga?

– No mucho, jefe. El papel de envolver y la cuerda de los paquetes podrían haberse comprado en cualquier tienda. Los nudos son de tipo corriente.

Elena Fernández y Juan Lista informaron que habían visitado a todos los vendedores de ropa usada que habían podido encontrar en la ciudad y que ninguno recordaba haber vendido la ropa correspondiente a la descripción de la encontrada en los maniquíes y las dos primeras víctimas, como tampoco haber visto al individuo de las fotos robot.

– Lo curioso -comentó Varga- es que las ropas parecen muy antiguas, de antes de la guerra, incluso, por el corte. No es la clase de ropa que se compraría hoy, ni siquiera de segunda mano.

Bernal les comunicó que él había pasado la noche anterior repasando los archivos del Metro acerca de accidentes y siniestros, por si había algún nexo psicológico con el asesino.

– Todavía voy por 1964, pero he localizado dos hechos de posible interés. Uno afecta a una mujer que se arrojó bajo las ruedas de un tren en Goya, en 1973, y el otro se refiere a una serie de rasgaduras de la ropa de las usuarias, en 1967. He separado los informes, así que podemos indagar a propósito de las personas implicadas. Es apabullante la cantidad de historias que ocurren en el Metro, aunque la mayor parte es de poca monta y relacionada con objetos robados o perdidos.

– ¿Han identificado los del DNI las huellas del transexual, jefe? -preguntó Ángel.

– Aún no -dijo Bernal-, pero advierte que han tenido sólo dos días y hay millones de huellas en los ficheros nacionales. ¿Sacaste alguna información de los clubs anoche?

– Un testigo afirmó categóricamente que se trataba de su amiga «Carol». Dice que no sabe su verdadero nombre. Me he citado con él esta mañana para llevarle a Santa Isabel para que vea el cadáver. Pero, aun así, ignora dónde vivía Carol. Cree que en un piso en alguna parte de San Bernardo, aunque él nunca estuvo allí. Dice que Carol hablaba de que le habían regalado un gatito blanco en Navidad.

– Ya -dijo Bernal-. San Bernardo es una zona amplia y está llena de pensiones de estudiantes. Tendríamos que emplear muchos hombres para llevar a cabo una encuesta domiciliaria. Creo que sería mejor centrarnos en los dentistas, ya que hemos empezado con ellos. Acaso tengamos más rápidos resultados por ahí. Paco, ¿enviaste las huellas del transexual a la Brigada de Estupefacientes?

– Sí, jefe, y no han encontrado nada en sus archivos.

– Está claro que nos encontramos ante un caso asombrosamente difícil, como sin duda no se os escapará -prosiguió Bernal-. Y a ello contribuye la forma aleatoria, al parecer, en que el asesino elige a sus víctimas, así como la falta de motivos. Sugiero que vayáis a investigar a los dentistas que quedan y que les enseñéis el molde de la dentadura del travestí. Recordad que acaso se hiciera un empaste reciente y que la víctima tal vez tuvo problemas con la muela del juicio.

BANCO

Sólo cuando el tren de la Línea 2, dirección Ventas, salió de la estación de Banco, en que se había bajado la mayor parte de los usuarios, advirtieron los dos chavales el gran paquete apoyado contra las puertas cerradas del otro extremo del vagón.

– Oye, macho, mira lo que se han dejado ahí -murmuró Miguelín a Joselito-. Y en aquella punta no están más que aquellas dos tías. Vamos a ver qué hay.

Tras mirar de soslayo a las dos señoras que se entretenían parloteando, se pusieron en pie lentamente y se acercaron a la puerta.

– Parece un jamón -murmuró Joselito-, tiene una funda de plástico debajo del papel. Y pesa mucho.

– Pues lo trincamos y se lo vendemos a mi tío, que tiene una tienda en Ventas -dijo Miguelín.

– ¿Y los monos de los andenes? Nos junarían enseguida.

– Eres un rajao -se burló Miguelín-. Yo voy a hacerlo.

– Vale, vale -dijo Joselito de mala gana-. Pero tendremos que llevarlo entre los dos. Yo solo no puedo.

VENTAS

Cuando el tren llegó a la terminal, los dos chicos bajaron jadeando con el bulto y se encaminaron a la salida.

– Eh, vosotros, ¿qué lleváis ahí? -preguntó el policía de gris con suspicacia.

– Es un jamón que tenemos que entregar, señor -dijo Miguelín con aplomo-. En la tienda de mi tío.

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