Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
«Según diversas fuentes, no hay ningún superviviente. Les daremos toda la información a medida que los hechos vayan conociéndose -dijo Beutel. Volvió la cabeza ligeramente, y el reflejo de la pantalla azul del teleapuntador rebotó por un momento en los cristales de sus gafas bifocales antes de pasar a otro suceso-. A última hora de esta tarde, el departamento del sheriff del condado de Dutchess ha confirmado que Judas Coyne, el popular cantante del grupo Jude's Hammer, presuntamente ha disparado a su novia, Marybeth Stacy Kimball, que ha resultado muerta, antes de volver el arma contra sí mismo y quitarse la vida».
En la pantalla se vio luego la granja de Jude, recortada contra un cielo blancuzco, neutro, sin rasgos característicos. Los vehículos de la policía estaban aparcados de manera desordenada en la rotonda de entrada, y una ambulancia había retrocedido casi hasta la puerta de la oficina de Danny.
Beutel continuó hablando sobre las imágenes: «La policía ha comenzado a reconstruir los pasos dados en los últimos días por Coyne. Algunas declaraciones de quienes lo conocían sugieren que estaba dando muestras de estar perturbado y preocupado por su propia salud mental».
Las imágenes mostraban ahora a los perros en su caseta. Estaban echados de lado sobre el césped corto y duro. Ninguno de los dos se movía y tenían las patas y los cuerpos rígidos. Parecían muertos. Jude se puso tenso al verlos. Le resultaba un espectáculo horrible, insoportable. Quiso apartar la mirada, pero parecía que no podía desviar los ojos.
«Los agentes de policía también creen que Coyne ha tenido algo que ver en la muerte de su asistente personal, Daniel Wooten, de treinta años, quien ha sido hallado muerto en su residencia de Woodstock esta mañana temprano. Aparentemente, también se trata de un suicidio».
Tras mostrar a los perros, la cámara pasó a enfocar a dos enfermeros, uno a cada lado de una pesada bolsa de plástico azul, para cadáveres. Georgia hizo un ruido suave y triste con la garganta cuando vio que uno de ellos subía a la ambulancia caminando hacia atrás y levantando un extremo de la bolsa.
Beutel empezó a hablar de la carrera de Jude, y las imágenes mostraron material de archivo en el que se veía al cantante en escena, en Houston, en un espectáculo de hacía seis o siete años. En aquella ocasión Jude llevaba vaqueros muy oscuros y botas negras con puntas de acero; tenía el pecho descubierto, el torso brillante de sudor, el abundante pelo pegado sobre la piel y el abdomen subía y bajaba por la respiración alterada. Un mar de cien mil personas semidesnudas apareció debajo de él. Era una desordenada marea de puños levantados, oleadas humanas que iban de un lado a otro, siguiendo el caótico ritmo del vientre del astro.
Dizzy ya estaba muñéndose en los días del concierto de Houston, aunque en aquel momento casi nadie, salvo Jude, lo sabía. Pobre Dizzy, con su adicción a la heroína y su sida. Tocaban espalda contra espalda, la cabellera rubia de Dizzy en su cara, con el viento empujándola contra su boca. Aquél había sido el último año que la banda había estado unida. Dizzy murió, luego falleció Jerome y todo terminó.
En las imágenes de archivo estaban tocando la canción que daba título al álbum, Putyou in yer place, un éxito postrero de su grupo, la última canción realmente buena que Jude había escrito. Al oír aquella batería, una furiosa explosión lo sacudió, liberándolo de la extraña fuerza que parecía mantenerlo atado a la televisión. Aquello había sido real. Lo de Houston había ocurrido, aquel concierto se había celebrado de verdad. La multitud envolvente y enloquecida abajo, la frenética corriente de música fluyendo a su alrededor. Era real, había ocurrido, y lo demás era…
– Tonterías -exclamó Jude, y con el pulgar apretó el botón rojo. El televisor se apagó otra vez.
– No es verdad -gimió Georgia. Su voz era apenas algo más que un susurro-. No es verdad, ¿a que no? ¿Nosotros…, tú…? ¿Va a pasarnos eso?
– No -respondió Jude.
Y el televisor volvió a encenderse. Bill Beutel estaba otra vez allí sentado, detrás de la mesa del plato del informativo, con un montón de papeles en las manos, frente a la cámara. Seguía hablando: «Sí. Ambos estaréis muertos. Los muertos arrastran a los vivos. Tú cogerás el arma y ella tratará de escapar, pero la alcanzarás y la…».
Jude volvió a desconectar el aparato y luego arrojó el mando a distancia contra la pantalla del televisor. Se acercó, apoyó un pie sobre la pantalla y empujó con todas sus fuerzas, haciéndola caer por la parte posterior del mueble, que estaba separado de la pared. El aparato impactó contra el tabique y algo brilló. Fue una especie de luz blanca, como la producida por un flash. La pantalla plana desapareció en el espacio que quedaba tras el mueble y produjo un ruido de plástico aplastado, breve, eléctrico, rodeado de chispas. Duró apenas un momento. Otro día como ése y no iba a quedar nada sin romper en la casa.
Se volvió y comprobó que el muerto estaba detrás de la silla de Georgia. El fantasma de Craddock tenía las manos sobre el respaldo, como si fuera a sostenerle la cabeza. Los garabatos negros bailaban y brillaban delante de los ojos del anciano.
Georgia no intentó moverse ni mirar. Permanecía tan quieta como alguien que se enfrenta a una serpiente venenosa, sin decidirse a hacer ningún movimiento, ni siquiera respirar, por miedo a ser atacado.
– No has venido a por ella -dijo Jude. Mientras hablaba, iba caminando hacia la izquierda, rodeando la habitación en dirección a la puerta que daba al pasillo-. Ella no es tu objetivo.
En un momento las manos de Craddock sostenían delicadamente la cabeza de Georgia. En el instante siguiente, su brazo derecho se alzó y se estiró.
Alrededor del muerto, el tiempo saltaba como un DVD defectuoso, con la imagen pasando erráticamente de un momento a otro, sin transición alguna. La cadena de oro cayó de su mano derecha, que estaba levantada. La navaja, como una luna creciente, relució en su extremo. El filo de la hoja era un poco iridiscente. Recordaba a un arco iris reflejado en una mancha de aceite sobre el agua.
– Es hora de irse, Jude.
– Pues vete -respondió Jude.
– Si quieres que me vaya, sólo tienes que escuchar mi voz. Tienes que escuchar atentamente. Tienes que ser como una radio, y mi voz es la estación emisora. Después de anochecer es agradable oír la radio. Si quieres que esto termine, debes escuchar lo más atentamente que puedas. Has de anhelar que termine con todo tu corazón. ¿Quieres que termine?
Jude apretó la mandíbula hasta casi hacerse daño en los dientes. No iba a responder. Sin saber por qué, presentía que cometería un error si daba alguna respuesta. Pero de pronto se encontró asintiendo lentamente con la cabeza.
– ¿No quieres escuchar atentamente? Sé que sí lo deseas. Lo sé. Escucha. Puedes silenciar a todo el mundo y oír nada más que mi voz. Porque estás escuchando atentamente.
Jude continuó asintiendo con la cabeza, moviéndola lentamente arriba y abajo, mientras a su alrededor todos los demás ruidos de la habitación iban desapareciendo. Jude ni siquiera se había dado cuenta de la existencia de esos otros ruidos hasta que desaparecieron. El sordo rugido del motor en marcha, el delicado resoplar de Georgia, cuyos gemidos acompañaban la fuerte respiración de Jude. Sus oídos zumbaron ante la completa y repentina ausencia de ruidos, como si los tímpanos hubieran sido neutralizados de pronto por una fuerte explosión.
La navaja desnuda se balanceaba en pequeños arcos, de un lado a otro, armónica, hipnóticamente. Jude tenía miedo de mirarla, y se esforzó por apartar los ojos de ella. Craddock seguía a lo suyo.
– No necesitas mirar. Estoy muerto. No necesito un péndulo para entrar en tu mente. Ya estoy allí.