Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
Pero de todos modos Jude sintió que su mirada volvía al fantasma, a la navaja, sin poder evitarlo.
– Georgia -dijo o trató de decir Jude. Sintió la palabra en sus labios, en su boca, en la forma de su respiración, pero no escuchó su propia voz, no oyó nada en aquel silencio horrible y envolvente. Nunca había escuchado un sonido tan fuerte como aquel particular silencio.
– Yo no la voy a matar. No, señor.
La voz nunca variaba el tono, era paciente, comprensiva, un murmullo bajo y retumbante que hacía pensar en el sonido de las abejas en una colmena.
– Lo vas a hacer. Lo harás. Quieres hacerlo.
Jude abrió la boca para decirle lo equivocado que estaba, poro asintió.
– Sí.
O supuso que era eso lo que había dicho. Era más bien un fuerte pensamiento.
– Muy bien, muchacho.
Georgia estaba empezando a llorar, aunque a la vez hacía un visible esfuerzo por mantenerse quieta, por no temblar. Jude no podía escucharla. La navaja de Craddock se movía de un lado a otro, cortando el aire.
«No quiero hacerle daño, no hagas que la hiera», pensó Jude.
– No va a ser como tú quieras. Será como yo desee. Coge el arma, ¿me oyes? Hazlo ahora.
Jude empezó a moverse. Se sentía sutilmente desconectado de su cuerpo, como si fuera un testigo, no un participante en la escena que se estaba desarrollando. Su cabeza se encontraba demasiado vacía como para tener miedo de lo que estaba a punto de hacer. Sólo sabía que tenía que hacerlo si quería despertarse.
Pero antes de que pudiera coger el arma, Georgia saltó de la silla y escapó hacia la puerta. Él no creía que ella fuera capaz de moverse, pensaba que Craddock la había inmovilizado allí de alguna manera. Pero sólo era el miedo lo que la paralizaba.
– Detenla.
Era la orden de la única voz que quedaba en el mundo, y cuando ella pasó junto a él, Jude se vio a sí mismo cogiéndola del pelo, haciéndole echar la cabeza hacia atrás de golpe. La joven se tambaleó. Jude giró sobre sí mismo y la derribó. El mobiliario saltó cuando la chica golpeó el suelo. Un montón de discos compactos que había sobre una mesilla auxiliar se deslizó, cayó y se estrelló contra el suelo sin provocar siquiera un leve sonido. El pie de Jude encontró el estómago de Georgia. Le propinó una gran patada y la chica se encogió y se quedó en posición fetal. No sabía por qué estaba actuando así.
– Eso es, muchacho.
La manera en que le llegó la voz del muerto desorientó a Jude. Le dejó estupefacto el modo en que salió del silencio; eran palabras que tenían una presencia casi física, como abejas que zumbaban y se perseguían unas a otras, dando vueltas dentro de su cabeza, que se había vuelto demasiado liviana, demasiado hueca. Iba a volverse loco si no recuperaba sus propios pensamientos, su propia voz.
Pero el muerto seguía hablando:
– Debes darle una lección a esa zorra, si no te molesta que lo diga. Ahora busca el arma. Apresúrate.
Jude se volvió en busca del revólver, moviéndose ahora con rapidez. Fue hasta el escritorio y se arrodilló para recoger el arma, que estaba a sus pies.
No oyó a los perros hasta que ya estaba a punto de empuñar el arma. Un ladrido tenso, luego otro. Quedó repentinamente paralizado por esos ruidos, como si se le hubiese enganchado la ropa a un clavo en plena carrera. Se sorprendió al escuchar, en el silencio sin fondo, algo distinto de la voz de Craddock. La ventana que estaba detrás del escritorio permanecía un poco abierta, como él mismo la había dejado antes. Otro ladrido, agudo, furioso, y otro más. Angus. Luego Bon.
– Vamos, muchacho. Adelante, hazlo.
La mirada de Jude revoloteó hacia el pequeño cesto de papeles que había junto al escritorio y hacia los trozos del disco de platino, que estaban allí desde que lo rompiera. Era como un haz de cuchillas cromadas que sobresalían apuntando al aire. Ambos perros ladraban a la vez en ese momento, en una enloquecedora ruptura del manto de silencio. Y el ruido que hacían llevó a su mente, sin que nadie lo llamara, el olor, el olor a pelo húmedo de perro, el hedor animal, cálido, de su aliento. Jude pudo ver su propio rostro reflejado en uno de los trozos del disco de platino y sintió un estremecimiento. Lo que se veía era su propia expresión rígida y dura, de desesperación, de horror. En el momento siguiente, mezclado con el implacable ladrido de los perros, tuvo la idea de que lo que sonaba era su propia voz. «El único poder que tiene sobre cualquiera de ustedes es el que ustedes mismos le dan».
En ese momento, Jude extendió la mano más allá del arma y la puso sobre la papelera. Plantó la palma de su mano izquierda sobre la astilla de plata más afilada, la más larga, y se apoyó sobre ella. Con todo su peso. La hoja se hundió en la carne, y sintió un lanzazo de dolor que le atravesó la mano y llegó hasta la muñeca. Jude gritó, y sus ojos se nublaron, llenos de lágrimas. De inmediato, separó la mano, liberándola de la hoja; luego se la apretó con la otra. La sangre manó a chorros entre ellas.
– ¿Qué demonios te estás haciendo, muchacho?
Pero Jude ya no escuchaba al muerto. No podía prestarle atención mientras sufría aquella terrible sensación en la mano, después de haberse herido profundamente, casi hasta el hueso.
– No he terminado contigo.
Craddock se equivocaba. Sí había terminado, aunque no lo sabía. La mente de Jude trataba de aferrarse a los ladridos de los perros, como el náufrago intenta agarrarse a un salvavidas que acaba de encontrar. Estaba en pie, y empezó a moverse.
Debía llegar hasta los perros. Su vida -y la de Georgia- dependía de eso. Era una idea que no tenía sentido, carente de explicación racional, pero a Jude no le importaba lo racional. Sólo le interesaba lo que era verdadero.
El dolor era una cinta roja que sostenía entre sus manos, un rastro salvador, y al seguirlo se alejaba de la voz del muerto para regresar a sus propios pensamientos. Tenía una gran tolerancia al dolor, siempre la había tenido, y en otros momentos y circunstancias de su vida hasta lo había buscado deliberadamente. Sentía un dolor profundo en la muñeca, en la articulación, una señal de lo grande que era la herida. En parte agradecía ese dolor, se maravillaba ante él. Al levantarse, vio su reflejo en la ventana. Sonreía entre la maraña de su barba. Era una visión todavía peor que la expresión de terror que vislumbrara en su propia cara unos momentos antes.
– Vuelve aquí.
La orden de Craddock pareció surtir efecto y Jude disminuyó la velocidad por un instante, pero luego recuperó el paso y siguió adelante.
Al salir observó a Georgia -no podía correr el riesgo de mirar hacia atrás para ver qué hacía Craddock-. Todavía estaba acurrucada en el suelo, con los brazos sobre el estómago y el pelo cubriéndole la cara. La chica le devolvió la mirada entre los desordenados mechones. Tenía las mejillas húmedas por el sudor. Parpadeó. Los ojos suplicaban, preguntaban, empañados por el dolor.
Deseó haber tenido tiempo para decirle que no quería herirla. Necesitaba explicarle que no se trataba de una huida, que no la estaba abandonando, que sólo procuraba que el muerto se alejara; pero el dolor que sentía en la mano era demasiado intenso. No le dejaba pensar, no le permitía colocar las palabras formando oraciones claras. Además, no sabía cuánto tiempo más podría pensar por sí mismo, antes de que Craddock volviera a apoderarse de él. Debía controlar lo que iba a ocurrir, y tenía que hacerlo inmediatamente. Eso estaba bien. Era mejor de ese modo. Siempre se sentía más cómodo funcionando a un ritmo rápido, por no decir enloquecido. Así era su música y así era su carácter.
Hizo el esfuerzo de recorrer el pasillo y bajó las escaleras con rapidez, tal vez demasiada, cuatro escalones de una tacada, de modo que casi era como estar cayéndose por ellas. Saltó sobre los últimos peldaños y aterrizó en las baldosas de arcilla roja de la cocina. Se torció un tobillo. Tropezó con la tabla de madera para cortar carne, con sus patas esbeltas y la superficie manchada de sangre vieja. Había un cuchillo de carnicero clavado en la madera blanda del borde y la hoja plana brillaba como el mercurio líquido en la oscuridad. Vio las escaleras que quedaban detrás reflejadas en ella, y a Craddock también, con sus facciones borrosas, las manos levantadas sobre la cabeza, las palmas hacia fuera, como un ambulante predicador del resurgimiento religioso dando testimonio ante sus feligreses.