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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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Kate zigzagueó por entre el desfile de mujeres con bolsas de Bendel's y Saks, y pasó por delante de escaparates de joyerías selectas. La semana anterior todo eso le habría distraído, pero ya no.

Tenía que llevar el bolígrafo al laboratorio y examinar con detalle las agendas de trabajo de Mills y Perez. Aunque antes necesitaba despejarse. Pensar. Y conocía el lugar idóneo.

Rafael, Rubens, Delacroix.

Vermeer, Hals, Rembrandt.

Sala tras sala de cuadros maravillosos.

El Museo de Arte Metropolitano.

Kate saludó con la cabeza al guarda, sonrió, entró en una sala de cuadros barrocos, se fijó en El rapto de las Sabinas, de Poussin, las figuras captadas en pleno movimiento, como actores sobre un escenario. Sabía que Poussin trabajaba a partir de figuras de arcilla modeladas que movía por una especie de pequeño escenario que él mismo había diseñado.

En aquel momento le recordaba demasiado a otro artista, uno que poblaba sus recreaciones con los muertos.

«Mierda.» ¿Es que ya no podría disfrutar del arte sin pensar en aquellas reproducciones brutales y sádicas?

En una sala contigua, una pequeña exposición de grabados de Edvard Munch, aguafuertes de su obra más famosa, El grito, un grabado titulado Angustia -rostros pálidos sobre un fondo negro- y dos litografías que Kate conocía muy bien: Marcha fúnebre, que parecía una masa de cadáveres, y Cámara mortal, un grupo de dolientes vestidos de negro, sentados o de pie, callados y solemnes.

Recordó el año anterior: su padre luchando por morir, pero logró sobrevivir al derrame cerebral que le dejó medio cuerpo paralizado y el habla prácticamente incomprensible. El padre al que tanto había temido -y, sí, querido- sustituido durante los últimos meses por un desconocido frágil e incluso amable. ¿Quién diría que ese anciano enfermo -el hombre para quien cocinaba y limpiaba tras la muerte de su madre- había sido tan cruel y había propinado palizas a su joven hija? ¿Y por qué? Kate llevaba más de doce años en el diván de un psicoanalista y seguía sin estar segura. ¿La culpaba él por la pérdida de su mujer? ¿Es que no sabía que su mujer también era la madre de ella?

De todos modos, siempre supo que sería ella quien le daría las píldoras, le lavaría el cuerpo cada vez más deteriorado, le vaciaría el orinal, le aplicaría pomadas en las escaras y, finalmente, inyectaría la dosis letal de morfina en la vena de su brazo derecho.

La sala siguiente estaba llena de Tizianos y Veroneses, cuadros a gran escala, enormes y ornamentados. Kate recordó de inmediato la última obra maestra de Tiziano, Marsias desollado, y, acto seguido, el cuerpo de Ethan Stein.

«Mierda.» Kate se volvió y estuvo a punto de tropezar con un joven que llevaba una chaqueta de cuero gastada, pelo enmarañado y al que le hacía falta un afeitado. Él sonrió.

– Lo siento -dijo ella.

Kate lo observó durante unos instantes y se preguntó si ésa era la clase de tipos que le gustaban a Elena. Bohemios y guapos si se arreglaban. Resultaba gracioso, pero Kate no recordaba haber conocido a ningún novio serio de ella, ni tan siquiera haber oído hablar de ellos. Sí, claro, conocía a algunos de sus amigos, la mayoría artistas y poetas, y en una ocasión mencionó a un novio director de cine, pero nunca más. Curioso, pensar en ello ahora, una chica como Elena, guapa, lista y que no era lesbiana. Al menos eso creía Kate, aunque tal vez debería cerciorarse. ¿Habría matado a Elena una mujer? Hasta entonces no se le había ocurrido esa posibilidad. Sabía que, según las estadísticas, los hombres cometían nueve de cada diez crímenes violentos contra las mujeres. Al menos, así era antes. Tendría que preguntarle a Liz si eso había cambiado durante los últimos diez años.

Kate atravesó varias salas y se detuvo ante el cuadro más famoso de Daumier, Vagón de tercera clase, una obra oscura e inquietante, sin color; varias figuras en un vagón, juntas por pura casualidad, emocionalmente distanciadas, separadas entre sí, solitarias; la figura central, una anciana encapuchada, parece mirar a Kate con ojos de ciego. Recordó el Picasso de un solo ojo y la mejilla ensangrentada de Elena, y luego la espeluznante fotografía del día de la graduación.

«Eso es.» Eso era lo que tenía que hacer: repasar los álbumes fotográficos de Elena y comprobar si habían arrancado la foto de allí o no.

En St. Mark's Place podría ser 1965. Chicos con pantalones de pata de elefante -aunque con tatuajes en los brazos en lugar de flores pintadas en la cara-, apiñados en grupos, fumando, riéndose, muchos de ellos completamente colocados. Kate se preguntó si ese día no habría clase o si ya eran mayores para ir al colegio. No le parecía que ninguno tuviera más de quince años.

Vio a los dos uniformados en cuanto llegó a la 6 Este, uno en la esquina y el otro justo en la entrada del edificio de piedras rojizas de Elena. Kate le mostró la placa provisional. El hombre apenas parpadeó.

Bessie Smith sonaba de fondo. Elena daba vueltas sin cesar por la habitación con una falda bordada y multicolor. «Me encanta.» Más vueltas. La falda se le levantó por encima de las rodillas.

– Oh, deberías haberme visto -dijo Kate-. Seguramente la peor negociadora de la historia. Juro que la mujer debió de adivinar mis intenciones. Estaba tan distraída intentando impresionarla con mis conocimientos de español que creo que acabé pagando más del doble de lo que me había pedido en un principio. Estoy segura de que tienen mi foto colgada en todas las tiendas mexicanas con la palabra «incauta».

Elena se rió.

– Eh, prueba tu español conmigo… a lo mejor puedo sacarte más dinero aún.

El olor a muerte persistía en el pasillo. Kate miró hacia el techo como si pudiera atravesar las dos plantas con la vista. Sin embargo, sabía que el apartamento estaba vacío. No habría ninguna Elena dando vueltas con una falda mexicana.

Subió las escaleras lentamente. Ya había llegado allí, así que no tenía prisa por ver la escena del crimen.

La cinta de la policía cedió con facilidad, se deslizó hasta el suelo y se quedó allí como una serpiente amarilla flácida.

Kate se enfundó un par de guantes de látex y volvió a recorrer el apartamento de Elena. Quedaban restos de polvo gris para recoger huellas dactilares en las repisas de las ventanas. La tela de algodón estampada del sofá estaba arrugada y se veía la espuma del interior. ¿Era cosa de los técnicos o ya estaba así? Kate no lo recordaba.

En la minúscula kitchenette, el cajón de los cubiertos estaba medio abierto y vacío. En las paredes, las manchas de sangre se habían tornado de color marrón; en las grietas entre las baldosas del suelo, casi negras.

La mesa del ordenador estaba vacía y cubierta de polvo; Kate estaba mareada y se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración desde que había entrado en el apartamento.

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