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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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Perez saltó como los muñecos de las cajas de sorpresas, apartó una silla e hizo un gesto con la cabeza a la importante miembro del consejo de administración del museo para que se sentase; se había movido tan rápido que había levantado una suave brisa en el estudio sin ventanas.

– Estaba paseando por la exposición -dijo Kate con desenfado-, y pensé en saludarte.

– Estupendo -dijo Perez-. Espero que la exposición te haya gustado. Es todo un comentario, ¿no crees?

– Diría… que más que un comentario parece un sanitario.

Perez se rió demasiado alto, demasiado rato, con demasiadas ganas.

Kate recogió la fotografía del suelo.

– ¿Es alguien solicitando trabajo para limpiar los aseos o sólo intenta demostrar que sabe usarlos?

– Artistas -dijo Perez con cierto desdén-. Hay tantos y todos quieren ser famosos. Quizá quieras usarlo en tu siguiente libro. -Arqueó las cejas oscuras.

– Supongo que podría dedicar un capítulo al arte de los baños, remontar sus orígenes al famoso Orinal de Duchamp. Pero preferiría dejar todo ese material apasionante a los conservadores, como tú. -Sonrió-. ¿Qué tal tu exposición?

– Retrasada. Estoy intentando ponerla al día.

– Apuesto a que te será mucho más fácil sin Bill Pruitt encima de ti todo el día. Oh, Dios, no puedo creerme que haya dicho algo de tan mal gusto. Discúlpame.

– No tienes por qué. -El joven conservador trató de contener una sonrisa.

– Sé que Bill tenía un gusto más bien conservador.

– No me digas.

– Bueno, Raphael, ahora que Bill Pruitt nos ha dejado y Amy Schwartz está a punto de marcharse, el museo necesitará un nuevo rumbo.

El conservador se irguió como un cachorro juguetón.

– Deberías hacerme un informe de todo cuanto has hecho el mes pasado -continuó Kate-; y todo quiere decir todo, el horario de trabajo, diurno y nocturno. El consejo de administración debe saber quién trabaja con dedicación y quién no, ya sabes a lo que me refiero.

Perez asintió como un títere.

– Lo sé -dijo Kate-. Basta con que me fotocopies la agenda de trabajo.

– Uso una agenda electrónica y, por desgracia, borra la semana anterior. Pero te lo pondré por escrito, todo lo que he hecho.

– Asegúrate de incluir las noches, cualquier cena con coleccionistas o artistas, cualquier noche trabajando aquí o en casa, incluso aunque sólo estuvieras pensando en el trabajo del museo.

– ¿Sólo el último mes?

– Creo que con eso el consejo se hará una idea, ¿no?

Perez asintió de nuevo y se pasó la mano por el pelo negro, en el que resaltaba un mechón blanco justo al lado del pico que tenía entre las entradas.

– Por cierto, espero que tuvieses la oportunidad de hablar con Elena, de verla la noche que actuó aquí. Es… -Kate respiró hondo y se esforzó para que la voz no se le quebrase- Era una persona extraordinaria.

– Me temo que tuve que marcharme de inmediato -dijo Perez-. Tenía una cena con un par de artistas que conozco. Fui a sus estudios y luego cenamos juntos en un pequeño antro en la 10 Este.

A cuatro manzanas del apartamento de Elena, pensó Kate.

– Por ahí hay varios restaurantes buenos. ¿Dónde cenasteis?

– Déjame pensar… -Inclinó la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro, y el mechón blanco se le movía como el signo de interrogación de los dibujos animados-. Ah, sí. Se llamaba Spaghettini.

Kate tomó nota de ello mentalmente. El hecho es que conocía el restaurante, recordaba el jardincito de la parte trasera y haber bebido vino barato con Elena, las dos atacando los cuencos de pasta.

– Bien, Raphael, ésa es la clase de información que tienes que escribir para que se la muestre al consejo del museo. Cena con artistas. Completamente relacionado con el trabajo. Así que apúntalo todo. La fecha, con quién estabas, dónde fuiste. Cosas así.

– Lo haré enseguida.

– Bien -dijo Kate.

Para llegar al auditorio del Museo de Arte Contemporáneo había que bajar un ancho tramo de escaleras que un artista había transformado al revestir hasta el último centímetro con papel de pan de oro. ¿Una crítica al consumismo al convertir lo ordinario -una escalera- en algo extraordinario? O tal vez sólo estaba rizando el rizo. Daba igual, a Kate le parecía espléndido.

Kate estaba de pie en el escenario, observando fila tras fila de asientos tapizados vacíos. La última actuación de Elena había sido allí. Intentó reconstruir los últimos minutos de esa noche. Richard, de vuelta al despacho para preparar un informe. Willie, en casa pintando. Recordaba que Elena no tenía ganas de salir. Un beso de buenas noches, y así acabó todo. Fin.

Aquello bastó para que comenzara a marearse. Entonces un ruido cerca de la última fila del auditorio la distrajo. Kate miró hacia allí, entornando los ojos.

Un joven recorrió el pasillo lentamente. Se detuvo al llegar a la primera fila y se inclinó sobre la escoba de mango largo.

– Lo siento. No quería asustarla.

Kate le observó: casi treinta años, patillas como las del general Custer, un bigote caído, pelo rubio rojizo, guapo.

– ¿Hace mucho que trabajas en el museo?

– Unos seis meses. Soy artista. Sólo hago esto para pagar el alquiler, hasta que llegue la gran exposición.

– Estoy segura de que llegará. -Kate le devolvió la sonrisa, no pudo evitarlo. Tenía los ojos del color de un cielo azul y despejado-. ¿Cómo te llamas?

– David Wesley. -Le tendió la mano-. Eh, la conozco. Es la mujer de la serie, Vida de artistas. Era una pasada. También tengo el libro. -Se avergonzó o fingió hacerlo-. Esto, me encantaría enseñarle mis cuadros algún día.

– Me gustaría verlos. Deberías enviarme diapositivas de tu obra.

El artista esbozó una sonrisa radiante.

– ¿Trabajas aquí los domingos? -preguntó Kate.

– Me temo que sí. -Suspiró y se apartó el pelo de la frente-. De domingo a jueves me encontrará aquí barriendo, sacando brillo a los suelos, cosas así. Apasionante, ¿eh?

– Entonces estás aquí durante las actuaciones del domingo, ¿no?

Se miró las pesadas botas de trabajo.

– Suelo irme antes de que empiecen. Acabo a las cinco.

– ¿Qué me dices del domingo pasado? ¿La de Elena Solana?

– Leí lo que pasó. Vaya putada.

– O sea, que no estabas aquí.

Se rascó la oreja.

– Bueno, la verdad es que sí estaba.

– Creía que habías dicho que te ibas antes de las actuaciones.

– Bueno, lo que pasa es que la conocí cuando llegó. Estaba buena, así que me quedé un rato.

– ¿Te quedaste hasta el final de la actuación?

– Sí, pensaba que tendría suerte.

– ¿La tuviste?

– No. -Negó con la cabeza-. Pasó de mí. Dijo que estaba cansada.

Kate esperó unos segundos, pero David no prosiguió.

– Estoy pensando en escribir otro libro sobre arte, incluso una serie televisiva. Debería ver tu obra.

– Cuando quiera.

Kate sacó un bloc y un bolígrafo y se los pasó.

– Escríbeme tu dirección y teléfono.

El joven artista estaba tan emocionado que apenas podía escribir. Kate lo vio sujetar el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Dejaría unas cuantas huellas claras. Pero ¿cómo guardarlo sin tocarlo? Sacó un pañuelo de papel del bolso y se sonó.

– Ya está. -El tipo le ofreció el bolígrafo, el bloc y una sonrisa deslumbrante.

Kate cogió el bolígrafo con el pañuelo antes de que se diera cuenta.

– Perfecto -dijo-. Te llamaré.

16

En el exterior, el sol se reflejaba en el cristal y en el acero de los edificios de la Cincuenta y siete, y el cielo azul y las nubes blancas eran una señal casi inequívoca de que la primavera estaba a la vuelta de la esquina.

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