El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
Rappaport sacó un par de guantes de plástico de un dispensador y le indicó a Kate con la cabeza que hiciera otro tanto. Se desplazó hasta la mitad inferior de una de las paredes, repleta de compartimentos metálicos, todos ellos con un tirador de plástico grande y una ranura con una ficha con números escritos con rotulador negro. Una biblioteca de cadáveres gigantesca. La médico forense consultó su portapapeles, sujetó el tirador del compartimento S-17886P y tiró. El cajón se abrió con un chirrido.
El cadáver de Elena se asemejaba a los muchos cadáveres que Kate había visto; carne del color de unas teclas de piano viejas, indicios del corte torácico en Y de la autopsia, puntos donde le habían vuelto a coser la coronilla…; pero para ella no era cualquier cadáver. Kate apenas respiraba bajo la mascarilla. ¿Cómo lo haría? ¿Se había vuelto loca? No, quería hacerlo. Debía hacerlo. Una melodía, eso era lo que necesitaba. Un viejo truco -concentrarse en alguna letra banal- para poder afrontar y ver las peores escenas.
Baby Love.
Nefasta elección, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Diana Ross y las Supremes -con el pelo cardado, faldas enormes y señalando con el dedo- ya se habían instalado en su interior justo cuando Rappaport comenzaba a mostrarle los cortes violeta oscuro, casi negros, en el pecho de Elena.
– … dos, tres, cuatro… diez en el torácico superior. Uno, dos, tres… estos tres parecen uno porque se confunden entre sí, pero son tres cortes distintos. -Levantó la vista y miró a Kate-. ¿Lo ve? -dijo mientras los tocaba con un bisturí-. El informe original del forense decía que eran diecisiete heridas de arma blanca, pero en realidad son veintidós.
Kate oía una y otra vez el estribillo de Baby Love.
Rappaport pasó del bisturí a los rayos X, y señaló con la intensa luz fluorescente.
– Estos dos de aquí… -indicó- atravesaron los pulmones. Estos otros dos penetraron directamente en el corazón. Son los que la mataron.
– Lo que mata no es el arma -susurró Kate.
– Cierto -convino Rappaport. Desplazó los rayos X hasta el muslo grisáceo de Elena-. Estas otras heridas, en el abdomen, son más bien superficiales.
– ¿La violó? -logró preguntar Kate a pesar de que la canción continuaba sonando en su interior.
– No hay semen, pero sí varias heridas vaginales.
– ¿Es posible que se produjera un intento de violación y el agresor no eyaculara?
Rappaport estaba a unos quince centímetros de los muslos de Elena, rebuscando por entre el oscuro vello púbico con una sonda metálica.
– Es posible. Sí. Lástima que no haya semen para identificarlo por el ADN.
Kate levantó una de las manos de Elena con cuidado. Estaba helada y parecía gomosa.
– ¿Heridas defensivas?
La médico forense asintió.
– ¿Y debajo de las uñas? -preguntó Kate.
Rappaport observó el portapapeles, pasó una página.
– Nada. Sorprendentemente limpias.
Kate contempló la mano inerte entre las suyas. ¿Qué era lo que no encajaba? Las uñas. Exacto. Había leído el informe.
– ¿Cree que el agresor le limó las uñas una vez muerta?
– No sabría decirle. -Los ojos marrones cansados de la médico forense parecían aburrirse por encima de la mascarilla.
– Elena llevaba las uñas largas -dijo Kate-. Debió de hacerlo él.
– Bueno, pues lo hizo bien. No hay nada debajo de las uñas. Ni pelos, ni carne, nada de nada.
– ¿Hay partículas o pelos en alguna otra parte?
– De momento, sólo pelos de la chica. Tenemos los resultados preliminares del estómago, el hígado y los riñones. Los análisis tardarán una semana.
¿Una semana? Kate tuvo ganas de gritar, pero mantuvo el tipo. Quizá llamara a Tapell.
– ¿Podría hacérmelos llegar cuando estén listos?
– Los resultados del análisis se enviarán al despacho de Randy Mead. -Miró a Kate entornando los ojos-. El ayudante de Tapell dijo que está trabajando con él, con Mead. -Por el tono, parecía una pregunta.
Kate no se molestó en responder.
– Me llevaré esos resultados preliminares ahora, veré el resto después. -Se dispuso a coger el archivo y se dio cuenta de que todavía tenía la mano de Elena entre las suyas. Durante unos instantes, no quiso soltarla, como si así pudieran mantenerse unidas.
– Nos espera el otro cadáver. -Rappaport bostezó-. Será mejor que vayamos a verlo.
Kate soltó con suavidad la mano de Elena.
Rappaport empujó con fuerza el compartimento metálico, que se cerró con un ruido sordo.
La carne de Pruitt parecía cérea y gomosa. -¿Qué hay de la contusión del mentón? -inquirió Kate.
Rappaport se inclinó sobre el cadáver y tocó la mandíbula de Bill Pruitt con el dedo enguantado. En menos de tres segundos, la carne pasó del violeta al blanco, de ahí al amarillo pálido y luego al violeta de nuevo.
– A juzgar por la lividez, diría que ocurrió durante el asesinato o la misma tarde del asesinato como muy tarde.
O sea que había sido el artístico sujeto desconocido quien había golpeado a Pruitt. A Kate no le cuadraba.
– ¿Por qué pegar a alguien mientras lo estás ahogando? Un poco exagerado, ¿no?
Rappaport se encogió de hombros.
– ¿Qué hay de Ethan Stein?
– La autopsia todavía no ha acabado -dijo Rappaport-. Eso sí que es exagerado. -Negó con la cabeza-. Le enviaré esos informes en cuanto estén listos.
Kate guardó en el bolso los informes preliminares sobre Pruitt, junto a los de Elena. Estaba ansiosa por salir de allí y, en ese momento tenía ganas de disparar.
El olor a pólvora flotaba en la sala de techo bajo como una nube de lluvia ácida. Kate apretó el gatillo, y otra vez, y otra, y otra. El arma le saltaba en la mano y la vibración le recorría los brazos. Casi había olvidado lo emocionante que era disparar… todo ese poder concentrado en la mano. El blanco se deslizó hacia ella. Ninguna diana, pero todos los disparos habrían causado heridas graves. No estaba mal teniendo en cuenta los años que llevaba sin practicar. Volvió a cargar el arma y vació todas las balas. Se concentró en mantener el brazo inmóvil y la mente relajada. No pudo evitar preguntarse qué pensarían sus amigas, Blair y las otras, si la vieran en ese momento. ¿Ésas? Abrirían fuego antes de que tuvieras tiempo de decir «acuerdo prematrimonial».
Kate estaba acabando la cuarta tanda cuando vio a Maureen Slattery, varios puestos más allá. Revitalizada tras haber destrozado unos cuantos cartones, Kate recorrió tres puestos hasta llegar al de la joven policía.
Slattery se quitó los protectores de oídos y retrocedió para encontrarse con Kate.
– Buena puntería -dijo Kate al observar la tanda casi perfecta de Slattery mientras se deslizaba hacia ellas.
– Gracias. ¿Qué tal usted?
– Algo oxidada.
– No se tarda mucho en recuperarla. Es como nadar.
– O follar.
Slattery la miró.
– Vaya vocabulario el suyo, McKinnon.
– Me especialicé en insultos en Saint Anne's.
Maureen esbozó una sonrisa.
– Saint Mary's. Bayonne, Nueva Jersey.
Kate le dedicó una mirada de complicidad.